Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Retomo la reflexión cuya entrega más reciente tuvo lugar el 8 de marzo pasado, con motivo de la situación de sede vacante que vive la Diócesis de Aguascalientes, y hasta nuevo aviso, originada por la reciente muerte del Obispo José María de la Torre Martín… Hasta la entrega anterior le ofrecí información fácil de comprobar, si usted acude a las fuentes adecuadas, José Antonio Gutiérrez Gutiérrez, la página de la Internet sobre la jerarquía católica –pero en inglés-, y algún plan de pastoral diocesana… Y ahora, si me permite, antes de continuar recordaré un aforismo aplicable a la política que se le atribuye al profesor Enrique Olivares Santana. No me consta que sea suyo, pero en mi conciencia existe esa certidumbre, y si no lo es, de todos modos lo cito, dada su enorme sabiduría. Y dice: “el que sabe no dice, y el que dice no sabe”, o sea que todos los que andan metidos en los mentideros políticos con aromas cafeteros, y en las páginas de los diarios, andan en estos menesteres inmersos en la especulación, leyendo la borra del café; interpretando el aroma de la tinta de los diarios y/o tratados políticos, su color y textura, buscando siempre sacar algo en claro, por no saber con certeza qué cosas se juegan, qué fuerzas se contraponen, esto porque escrito está que invariablemente nos enfrentamos a hechos consumados, de tal manera que cuando algo sale a la luz, es porque ya en las sombras ocurrieron un montón de cosas, un ramillete de batallas, etc., y muchos terminan diciendo “odio decir te lo dije, pero te lo dije”, o “¡sabía que tenía razón!”, aunque por desgracia no dejan constancia de su “de mí te acuerdas”, así como para comprobar que en efecto tenían razón, o simplemente sorprendiéndose, porque creían que la bolita estaba en un lado, cuando terminó apareciendo en otro.

Mientras tanto los que saben… ¡Ah, los que saben! Esos circulan calladitos, calladitos, muy divertidos viendo cómo todos jugamos a ponerle la cola al burro y terminamos colocándosela en pleno vientre al pobre animalito, o peor aún, entre ceja y ceja, digo, por lo lejos y/o lo cerca de la realidad que intentamos explicar; la manera en que barajamos los elementos que suponemos están en juego, de esa realidad de la que hablamos. Entonces, lo que viene al caso para la política profana también aplica para la eclesiástica, nada más con la diferencia de que ésta se caracteriza por el hermetismo extremo. Ahí la política no es opaca, ¡es oscura; invisible!, y nomás no hay forma de sacar prenda. Supongo que entre la jerarquía circulan especies e incluso entre el clero, pero se trata de cosas que difícilmente trascienden estos ámbitos¿Qué sabré de estas cosas?, pero tengo la impresión de que, hombres al fin, la política eclesiástica puede ser tan despiadada como la profana; brutal –y si no que le pregunten a don Benedicto, el XVI, las razones de su abdicación del trono de San Pedro-, con un par de diferencias: No. 1: el Espíritu Santo ofrece la coartada perfecta, y, No. 2: es discreta, de tal manera que pareciera que a los tres votos tradicionales (pobreza, castidad, obediencia) se sumara otro: el de silencio.

Así que, con semejante aforismo a cuestas, y en vista de que los que saben no dicen, yo, que no sé, algo diré, aunque no me interesa tener razón, y por tanto, llegado el momento de conocer el nombre del que viene –ya viene; en verdad os digo que cada día falta menos-, no afirmaré haber tenido razón, todo esto porque no tengo nada… O sea que escribo a partir de la observación, sin información cierta. Entonces, haré mi propia lectura de los restos del café; conste y provecho.

Por principio de cuentas habría que señalar que la elección del obispo está normada por el Código de Derecho Canónico, libro 2, parte II, Sección II, Capítulo II, artículo 1. En el número 377 § 1 se afirma que dicha selección corresponde al Sumo Pontífice, que los nombra libremente. Ahora bien, resulta muy complicado, por no decir que imposible, que el Papa esté al pendiente de todas las diócesis del mundo, de todos los obispos y sacerdotes del mundo, así como para decidir sin más ni más.

Entonces supondré que para ello existe la Sagrada Congregación para los Obispos, que tiene a su cargo, según dicho del Derecho Canónico, “la elección de obispos, la erección de diócesis y capítulos de canónigos, la supervisión del gobierno de las diócesis, el régimen, la disciplina, la administración y estudios de seminarios, ya pertenecientes a otras Congregaciones (de Obispos y Regulares, Concilio y Santo Oficio) y Comisiones suprimidas; y le asignó la tarea de resolver dudas sobre la competencia de las Congregaciones”.

Pero tanto el Papa como la Congregación para los Obispos están en Roma, es decir, allá muy lejos, en ultramar; muy lontano de esta tierra de nopales, pirúes y mezquites… Esta circunstancia obliga al cuestionamiento: ¿cómo es que harán éstas entidades para informarse sobre lo que aquí ocurre, los posibles candidatos, etc.?

Por cierto, esta es la quinta entrega de la serie. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).