Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Ahí en la catedral, en la zona norponiente del espacio sacro desde donde se accede a la sacristía viniendo por la nave norte, existe entre ambos lugares un cuarto al que también se puede entrar desde la calle, y que podría considerarse como la antesacristía. Era este, o es, donde están las oficinas del custodio de la catedral, y de su auxiliar.

Ahí estaba colgada, o está, una preciosa reproducción de una de las obras culminantes del arte occidental, pintada a fines de la edad media. Es una pintura de exquisita factura y la expresividad de quienes aparecen en ella es tal, que casi dan ganas de llorar con la Virgen por el dolor que le causa la muerte de su Hijo… Me refiero a “El descendimiento de la cruz”, del pintor flamenco Rogier van der Weyden, que era flamenco, no porque le gustara hacerla de emoción; hacerse el chulo o portarse insolente, sino porque era originario de Flandes, región de la Europa occidental en donde vivió cuando el Renacimiento era, apenas, una palidez en el cielo oriental de Europa.

Pero me estoy desviando del tema, deslumbrado, también, por las regias vestimentas de los actores de este drama que conmocionó -y conmociona- al mundo, más bien propias de la aurora del Renacimiento, que del tiempo de Cristo.

Digo que en este espacio existe también una galería de obispos, con imágenes de tamaño natural de todos aquellos que han encabezado a los católicos aguascalentenses. Curiosamente las de los más antiguos son fotografías, en tanto las demás son pinturas -la del señor Quezada es buenísima-. Recuerdo esto ahora porque Yeimy Paola Huerta Solís me cuestionó a propósito de por qué no figura entre estos dignatarios el arzobispo de León José Guadalupe Martín Rábago, que en 2007-08 fungió como administrador apostólico en sede vacante, por la muerte del obispo Godínez.

En tanto hacía yo la averiguación correspondiente con un monseñor que conozco, Consuelo Vicencio Reyes comentó que probablemente fuera porque el de León no fue titular de esta porción del pueblo católico. Este monseñor cuyo nombre me reservo por elemental pudor, confirmó lo dicho por Vicencio.

Pensándolo bien, quizá nos queda en la memoria la imagen de Martín Rábago por lo reciente, pero en rigor en cada ocasión en que ha faltado el obispo por muerte o renuncia, ha habido un administrador apostólico, o tal vez ocurría que no había tal, y todo seguía su curso casi como si nada, hasta el nombramiento del nuevo pastor; no lo sé de cierto. Comento lo anterior porque a pesar de su aparente inmutabilidad, hay en la Iglesia cosas que cambian. Por ejemplo, en algún momento del siglo pasado se estableció la regla de que todo prelado debe renunciar al cargo al cumplir los 75 años. En este sentido, el tercer obispo, José de Jesús López y González, falleció a los 78 años, en el ejercicio del ministerio. En cambio su sucesor, Salvador Quezada Limón, renunció a los 75 años, por edad.

Finalmente, diré que no sé qué ha ocurrido con los administradores apostólicos a lo largo de la historia, aunque supongo que sería muy fácil de averiguar, pero por desgracia ahora no tengo tiempo de incursionar en este tema más allá de lo que lo he hecho, por lo que hasta aquí llego.

Ahora bien, el derecho canónico contempla las figuras jurídicas de obispo auxiliar y obispo coadjutor, en donde sólo el segundo tiene derecho a suceder a aquel que apoya con su labor. Más allá de esta diferencia me cuesta trabajo comprender las sutilezas jurídicas que hacen la diferencia entre uno y otro.

Termino; ya termino con esta serie, y lo hago con reflexión y una anécdota. Primero la reflexión, que concluiré en próxima entrega, y luego la anécdota: Excelentísimo… Reverendísimo… Excelencia… En el pasado estos eran términos de uso corriente al referirse al obispo, por lo menos hasta quien fuera el cuarto pastor diocesano, y que entraron en desuso, salvo honrosas excepciones, en la medida en que cambió también la percepción que se tiene sobre este personaje. En el pasado ocurría tal y como cantara José Alfredo Jiménez: su palabra era ley. Todo el mundo lo escuchaba con atento, o tal vez disimulado, silencio, y nadie en sus cinco sentidos se atrevía a cuestionarlo; por lo menos no en público.

A reserva de una investigación detallada, esta situación comenzó a cambiar durante el episcopado del obispo Muñoz Núñez (1984-1998), para manifestarse abiertamente durante el gobierno del señor Ramón Godínez Flores (1998-2007). La prueba de lo que digo se manifestó de manera brutal en septiembre de 2005, con aquel lastimoso escándalo de las limosnas del narcotráfico, que atravesó el Atlántico Océano, y llegó a España. El periódico madrileño El país, por ejemplo, publicó una nota con el siguiente título: “Las obras pías del narcotráfico” (https://elpais.com/diario/2005/09/22/ultima/1127340001_850215.html). En verdad os digo que no me interesa si dijo lo que dicen que dijo, porque luego ocurre que de la boca del declarante a la tinta sobre el papel del día siguiente pueden cambiar las palabras; los sentidos. No me interesa eso sino el hecho de que fue criticado por ello, y a partir de entonces no dejaron de ocurrir situaciones de este tipo. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).