Carlos Reyes Sahagún /Cronista del municipio de Aguascalientes

Carlos Reyes Sahagún, Cronista del Municipio de Aguascalientes, a sus habitantes, sabed: que en ocasiones se me figura que el cronista es un personaje que lleva en sus manos una lámpara con la que ilumina a personas, historias, lugares, cosas, para que otras personas las vean, las valoren y se las apropien, si lo creen conveniente.

Se trata de la lámpara de su conocimiento y preparación, de su incursión en los archivos y el análisis de documentos y periódicos antiguos, aunado a sus lecturas y a la observación de todo lo que encuentra a su paso; una antorcha que brilla con poca o mucha intensidad, según sus capacidades y posibilidades.

Escribo lo anterior porque, también en ocasiones, abordo temas que considero relevantes, valiosos para mí, e incluso para la comunidad, pero que a final de cuentas me dejan la impresión de que no lo serán para el respetable. Conozco muy bien esta sensación, así como para sorprenderme ahora. Es la misma que tuve cuando mis hijos eran pequeños, que les ofrecía cosas que sabía que les iban a gustar, pero que se negaban a probar nomás porque sí; por decir que no a la primera. Esa misma sensación me invade ahora, quizá porque mi visión; mi cultura y educación, son las de un hombre de otro siglo, metido en este que, a pesar de su juventud, ya alcanzó la mayoría de edad, y que está poblado por gente que no había nacido cuando ocurrieron cosas que se me figura tuvieron lugar apenas ayer, o tan solo hace unos días…

Esta es una de esas ocasiones, con este tema de la sede vacante en nuestra diócesis, situación ocasionada por la muerte del titular, el obispo José María de la Torre Martín, pero contrariamente a lo que supuse, he tenido una atención que mucho agradezco. Así que, si me permite, dedicaré esta entrega a compartir algunas reflexiones que me han hecho llegar diversas personas, también interesadas en el tema.

De entrada el jurisconsulto Jesús Eduardo Martín Jáuregui, mi vecino de página en este rotativo, me hizo notar que cometí una omisión que ahora subsano.

Cuando el señor Quezada regresó del exilio para hacerse cargo de la diócesis, en el último tramo de su episcopado, a mediados fines de la década de los años setenta del siglo pasado, no vino solo: en apoyo de las tareas de gobierno, le asignaron un obispo auxiliar, que lo fue Ricardo Guizar Díaz, originario de la Ciudad de México, designado el 9 de diciembre de 1977, y que como tal, era obispo titular de Nona, en Croacia, otra demarcación eclesiástica inexistente. Permaneció aquí hasta la renuncia de Quezada, en 1984. El 3 de noviembre de aquel año fue nombrado obispo de Atlacomulco, Estado de México, y todavía después ser convirtió en arzobispo de Tlalnepantla, cargo que ejerció hasta su renuncia, en 2009. Guizar murió en 2015.

Un solo recuerdo tengo de él… Un día me lo encontré en la gasolinera de Héroe de Nacozari; la que está cerca de las oficinas de Hacienda. Conducía -él lo conducía, y además iba sin compañía- un Volkswagen sedán, el más humilde de los automóviles que había en aquella época, y había llegado a cargar gasolina. El gesto me impresionó, acostumbrado yo a la apariencia mayestática del señor Quezada -el padre Hope me contó en una ocasión que a Quezada le gustaba mucho la canción El rey, de José Alfredo Jiménez-.

Ahora debo hacer una precisión más: me escribieron Consuelo Vicencio Reyes y José Luis Plascencia, para aclararme que la congregación de las Maestras Católicas del Sagrado Corazón de Jesús fue fundada en 1926 por el entonces sacerdote José de Jesús López y González, en tanto la congregación de Misioneras Hijas de la Purísima Virgen María fue obra de la madre Julia Navarrete, hermana del sacerdote Juan Navarrete, al que me referí en la entrega anterior. Son ellas quienes tienen el Colegio de la Paz, pero además están presentes en otras ciudades mexicanas y en los Estados Unidos, y en este último país de una manera notable.

Finalmente, y a propósito de los pastores surgidos de esta grey, me escribió Librado Jiménez lo siguiente: “Tuve la enorme fortuna de tener de maestro de historia al padre Arturo Lona en un internado de Huejutla, Hgo. Esto fue en 1963. El padre Lona era el único sacerdote en Huejutla que hablaba náhuatl, idioma hablado por el 80% de los habitantes de esa Diócesis, después fue nombrado obispo de Tehuantepac, donde se distinguió por su lucha a favor de los más desprotegidos. Nunca lo hubieran aceptado ‘las buenas familias’ de Aguascalientes como obispo. Murió el año pasado y seguramente es recordado en el corazón de quienes lo conocimos con agradecimiento reconociendo la fuerza de su vocación de amor a los semejantes. Toda comparación es mala pero recordar el discurso de De la Torre, lleno de intolerancia y odio y conocer la labor del padre Lona es ir del infierno al cielo y no soy creyente”. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).