Jorge Ricardo
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.-Más de 200 centroamericanos, hondureños, haitianos, guatemaltecos, nicaragüenses e incluso algunos cubanos, atravesaron la Avenida Homero desde el Metro, arrastrando sus chancletas, cargando a sus niños en los hombros, algunos con el rostro cubierto con pasamontañas y todos con el cansancio de haber caminado miles de kilómetros con la muerte pisándoles los talones. Polanco, la colonia del dinero y del comercio internacional de México, se volvió más cosmopolita.
«¿Por qué, por qué nos asesinan, si somos la esperanza de América Latina?» coreaban. El grito colectivo recordaba la muerte de 55 migrantes el jueves en Chiapas, cuando un tráiler en el que viajaban para escapar de la migra mexicana se volteó y dejó además 105 heridos. El grito, además, resultaba exacto: ninguno de los países de la región, incluido México, han podido sobrevivir sin las remesas que mandan los que han podido cruzar a Estados Unidos. «Héroes», los llama López Obrador, que a pesar de todo ha enviado a la Guardia Nacional a detener a los héroes centroamericanos.
«Anoche fue la primera vez en dos meses que dormí en un colchón», dijo una guatemalteca que salió con su hermano desde Quetzaltenango el 12 de octubre pasado. «De todos modos, soñé que me perseguían», añadió.
El grupo salió en Metro desde La Villa, a donde llegaron por fin el domingo, e iban a las oficinas del Instituto Nacional de Migración (INM), casi en la esquina de Periférico. Tan concentrados o temerosos que apenas reparaban en el lujo de las boutiques de ropa, las luces encendidas del Palacio de Hierro o los ventanales de las tiendas sobre la Avenida Homero. Casi sin reparar en el lujo, como si estuvieran acostumbrados a cruzar fronteras.
«Llevamos días caminando, 50 días, y hemos recorrido mil 500 kilómetros desde Tapachula, y eso sin contar que en unos pueblos caminamos otros 3 kilómetros para buscar qué comer, pero México es hermoso, totalmente hermoso, es bello, lo único malo es que tiene un gobierno represivo y la migra que se portan como gringos», dijo Erwin Acosta, un hondureño, ex guardia de seguridad que salió el 10 de agosto de Tegucigalpa. «Peor que gringos, rezongó su esposa», que caminaba junto a él, envuelta su cabeza con una pañoleta sudada.
Frente a las oficinas de Migración los esperaba un grupo de jóvenes activistas mexicanos con una batucada y flores blancas, que le pidió perdón por la política migratoria del Gobierno. La irrupción del grupo centroamericano desató aplausos en el edificio del otro lado de la calle, donde se veían las sombras que los miraban desde los grandes ventanales. El grupo de migrantes corearon hacia las oficinas de Migración: «¡Asesinos! ¡Asesinos».
«Hemos tenido en esta caravana mujeres asesinadas por policías municipales, personas lesionadas por la Guardia Nacional, personas lesionadas por agentes de migración; esta contención ha creado una forma de migrar tan brutal y es llevada a cabo por el Instituto Nacional de Migración, que es el principal corrupto de la zona sur», declaró el director de la organización Pueblos Sin Fronteras, Irineo Mujica, sin alcanzar a entender cómo el tráiler accidentado recorrió 160 kilómetros con casi 200 migrantes y no fue detectado en tres garitas de la carretera.
«Queremos pedir que cambien al delegado de Migración. Ya corrieron a los corruptos que estaban que supuestamente eran del PRI o del PAN o de gobiernos anteriores, ahora tiene a los corruptos de la 4T, que también los corran», exigió.
Los migrantes caminaron otra vez, ahora hacia las oficinas de migración sobre Avenida Ejército Nacional. Se sentaron sobre el camellón, se quitaron los zapatos, algunos se secaron la sangre de las ampollas. «Queremos que nos dejen pasar, porque nada más vamos de paso, por querer vivir mejor», dijo una mujer nicaragüense que cargaba a una niña de cinco años con una flor seca en la mano. Todos juntos contaron hasta el 55 y acabaron con un grito de justicia.
Camino hacia el Metro, algunos jóvenes se apresuraron a comprar chicharrones en los puestos ambulantes y en el cruce con Anatole France, otros se metieron a orinar en las jardineras hasta que el guardia salió a correrlos. Fue el único incidente de la noche cosmopolita.
Lamartine, Lizandro Ortega, un guatemalteco que perdió un amigo cuando la Guardia Nacional los quiso contener en Pijiajiapan, reparó apenas en que Migración esté en un barrio tan lujoso: «Desde aquí nosotros nos damos cuenta del tipo de corrupción que hay, porque para sobrevivir en un lugar de estos hay que ser importante y la importancia de la compra de dinero», dijo.

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