RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

El fallecimiento de José Luis Cuevas, si bien fue sorpresivo fue quizás consecuencia de una serie de padecimientos que él ya había venido arrastrando desde hace bastantes meses. Y por consecuencia de los cuales se pudo conocer un distanciamiento muy fuerte entre su esposa y las hijas del primer matrimonio de José Luis, que por desgracia empañaron mucho la imagen de éste notabilísimo artista, cuya obra podríamos dividir en tres grandes partes: Primero su obra de artista muy adelantado a su época, en la que demostró sus dotes indudablemente de excepcional dibujante. Yo no conozco a nadie que haya tenido un manejo de la línea y del volumen solamente con pocos elementos como logró hacerlo José Luis Cuevas, que durante algún tiempo fue considerado el mejor dibujante del mundo. Así de rotunda fue su gran obra y esa obra la pondríamos hasta su primera etapa de su vida en París. Después se pondría toda la obra que le dio sustento ya con mucha incursión importante en el grabado, en donde también se desempeñaba con una impresionante maestría para el metal, el agua fuerte y todas esas cosas que se proponía. Era un trabajador incansable. Trabajaba muchísimo, horas y horas y horas, y en esa parte de su trabajo fue realmente un artista que tenía con qué desafiar a la corriente tradicional de la pintura mexicana que venía en línea directa del muralismo y por eso se le llama la generación de la ruptura, porque él y otros artistas de los que ahora no tiene mucho caso hacer el relato de todos porque no hay espacio, pero la ruptura fue exactamente con un modelo político del arte mexicano. La generación de la ruptura lo que hizo fue desideologizar el arte nacional, cosa que ya había empezado a hacer Rufino Tamayo, que en su momento también incurrió en el muralismo con figuras de obreros y cosas así, pero después encontró su propio sendero. Y era la época en la que Siqueiros mandaba con el dogma marxista del arte; decía: “No hay más ruta que la nuestra”. Y José Luis Cuevas y un grupo de jóvenes dijeron: “¡Sí. La nuestra! Vamos a romper con ese pasado”, y rompieron con lo que llamaba Cuevas la cortina del nopal, que fue un hallazgo conjunto con Fernando Benítez, y entonces tiraron la cortina del nopal, que era el nacionalismo pictórico mexicano y en su lugar pusieron lo que hoy conocemos con estas maravillosas obras que hizo José Luis Cuevas y otras no tan importantes pero que forman parte del mismo paquete de expresión pictórica y hasta política. Después Cuevas tiene una etapa ya un poco en donde su creatividad se ve estorbada por su fama; es el momento en el que el personaje opaca la obra y él se convierte en el personaje central de sus cosas y en ese momento llega al punto de su maravillosa megalomanía y crea su propio museo, ubicándolo en el Claustro de Santa Inés, en el centro de la ciudad de México, construyendo su gran obra escultórica que es por un lado “El Gigante” y por otro lado “La Giganta”. Por la parte de atrás es El Gigante y por el frente es La Giganta.

José Luis Cuevas era un hombre ocurrente, escribía muy bien. Tuvo durante mucho tiempo una incursión periodística notable con su columna “Cuevario”, que aparecía en el suplemento cultural de Excélsior, “El Búho”. En ese momento José Luis ya se había convertido en una referencia del arte mexicano, en un símbolo del mal comportamiento, de la rebeldía; ya había aportado a la nomenclatura de la Ciudad de México el término inmortal de la “Zona Rosa”. Le puso Rosa porque había una exposición en la Galería de las hermanas Pecanins y él había hecho dibujos del Marqués de Sade y de Shanton, el manicomio francés, y entonces dijo: “Vine a traer estos grabados de zona roja a donde se pasea la gente burguesa por la zona rosa”. Porque la colonia Juárez de esa parte: Hamburgo, Génova, etc. era un lugar de grandes restaurantes, era un lugar elegante; entonces él metió la zona roja a la zona rosa de la gente bonita. Después ya no quedó nada bonito, ni los dibujos de Cuevas actuales que son lamentables, absolutamente horrorosos, porque seguramente no los hacía él, él firmaba las hojas y había una bola de vividores en su alrededor haciendo unos monigotes espantosos y los hacían pasar por obra propia, porque sus dibujos actuales son una cosa vergonzosa. Incomparable con la maravillosa calidad de sus dibujos de antes.

Y finalmente el espectáculo familiar del cual ojalá no tengamos que ver segundos y terceros capítulos; el pleito con sus hijas, aquella conferencia de prensa en la que públicamente repudia a una de ellas y le dice: “¡No te me acerques, no te quiero ver, no me beses, quítate, vete de aquí!” Y las hijas diciendo que lo habían encontrado tirado en un baño de su casa, desatendido, abandonado. Y él viviendo con su esposa, la señora Beatriz del Carmen Bazán, que era la única que ya tenía en las últimas fechas trato cercano con él, lo tenía bajo su custodia y no se sabe si era la custodia de una persona con piedad o de una persona con envidia. No quería que nadie lo viera, no quería que nadie se acercara.

Finalmente creo que debemos guardar para el recuerdo y para la historia del arte mexicano la maravillosa obra inicial de José Luis Cuevas, que es verdaderamente de una creatividad y de una originalidad absoluta. Ya después sus posiciones personales, su exhibicionismo, su capacidad publicitaria, todo eso deja de tener importancia si se le compara con el peso sustantivo de la buena obra que hizo Cuevas, incluso en la parte escultórica tiene obras muy importantes, tiene unos bronces maravillosos.

La revista Chilango menciona cosas muy interesantes de Cuevas, como que él nació en los altos de una fábrica de lápices. Lápices “El Águila”, en la colonia Roma, y vivió con sus abuelos hasta los 8 años de edad. Tuvo desde los once años un problema de fiebre reumática. Con Beatriz del Carmen Bazán, con quién no tuvo la anulación de su primer matrimonio, se casó 12 veces, por el rito nacional masónico, por distintas culturas como la maya, la huichola, la tarahumara, la inca, la tibetana. Él quería aparecer en el libro de Guiness. Desde los años setenta todos los días dibujaba auto retratos y se tomaba fotografías. Con los auto retratos fijaba momentos de su vida y con las fotografías dejaba constancia del paso del tiempo sobre su persona. Una vez declaró que lo que amaba de las mujeres, si la mujer es propia, amaba ante todo la manera en que se entrega y expresa su amor; “si la mujer es ajena odio ante todo su fidelidad”.

Conocí a José Luis Cuevas en ocasión de un viaje de estudios a la Ciudad de México. Fue en el Museo Rufino Tamayo, localizado dentro del Bosque de Chapultepec. Esto en el año 1983. Era una tarde lluviosa, como casi todas las tardes en la Ciudad de México. Estaba yo observando las pinturas del Maestro Tamayo en los diferentes salones. Y también había una exposición de José Luis Cuevas en una de las salas del museo. Y de pronto me doy cuenta que Cuevas llegaba al museo acompañado de una mujer rubia muy guapa. Cuevas la llevaba del brazo. Y en la mano que le quedaba libre llevaba su paraguas. En esos años no era común cargar una cámara fotográfica, por eso no conseguí una foto con él. Cuando lo vi, sin pensarlo lo abordé para saludarlo y pedirle un autógrafo, el cual me lo dio firmando el boleto de entrada al museo. Me di cuenta que le moví un poco el ego al darme el autógrafo, pues la dama que lo acompañaba se veía orgullosa de ir del brazo del artista y que éste generara admiración. Ese boleto lo tengo enmarcado y colgado en el lugar en que semana a semana escribo Diálogo Privado. Hoy que falleció el Maestro Cuevas recordé con mucha emoción esa tarde lluviosa del D.F. y para mi esa firma la aprecio aún más. Es un pequeño tesoro.

Sin duda que al morir José Luis Cuevas se hizo inmortal y hoy nos quedamos con la maravilla de su obra inicial que todavía no ha sido superada.