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Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.- En México, la producción de cilantro enfrenta retos derivados de la profunda sequía, pero también de las granizadas ocasionales, por lo que su precio por kilo ya alcanza hasta los 141 pesos, mientras que un manojo se vende hasta en 9 pesos.
Sin embargo, los productores en el campo, quienes enfrentan el reto de lograr crecer este cultivo sin agua y resguardarlo de las tormentas, no ven ningún beneficio tras el aumento del precio.
De acuerdo con datos de Grupo Consultor de Mercados Agrícolas (GCMA), aunque el precio por kilo se vende al consumidor final en más de 140 pesos, el agricultor apenas recibe 12.5 pesos por kilo.
En el caso de la Ciudad de México, el precio a la venta en la Central de Abastos, donde pequeños vendedores compran el insumo para su reventa en manojos o para negocios de comida, el precio promedio es de 100 pesos por kilo.
Juan Carlos Anaya, director general del GCMA, explicó que al igual que en las frutas y hortalizas, la intermediación entre el productor y el consumidor final es donde se está quedando la mayor ganancia por este aumento de precio.
Entre los principales estados productores de cilantro están Puebla y Baja California, que concentran cerca del 68 por ciento de la producción nacional.
En opinión de Anaya, si bien los cultivos de cilantro presentan afectaciones climáticas como hojas quemadas, plagas y hierbas amarillentas, las afectaciones también son por temas económicos, por una falta de rentabilidad.
«A pesar de que la mayoría de los agricultores cuentan con sistemas de riego y agua de pozo profundo, las condiciones climáticas adversas y la escasez de agua están provocando una reducción en la producción.
«Ante la falta de agua y recursos, muchos agricultores del estado de Puebla, uno de los principales proveedores de cilantro ha optado por no sembrar, reduciendo así el área de cultivo debido a la falta de rentabilidad», explicó en un comunicado.
De acuerdo con el GCMA, el cilantro no es el único cultivo que enfrenta este escenario, pues casos como el brócoli y la lechuga, que si bien son de agricultura protegida, enfrentan el mismo reto de baja rentabilidad.