Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

La cinta inicia diez años atrás, cuando un abatido Norville “Shaggy” Rogers, siendo apenas un niño, deambula por un malecón playero solo y sin amigos, cuando repentinamente se topa con un cachorro Gran Danés que huye de la policía por hurtar un trompo de carne en un restaurant griego. El chico bautiza al can como “Scooby Dooby Doo” y comienzan una longeva amistad donde se verán involucrados otros pequeños -Vilma, Dafne y Fred- a quienes conocen el día de Halloween durante una incursión a una casa embrujada para recuperar algunos dulces. Con el paso del tiempo deciden formar una sociedad, “Misterios S.A.” dedicada a la resolución de eventos sobrenaturales que, al final, siempre termina siendo obra de algún individuo ambicioso que pudo salirse con la suya si no fuera por esos entrometidos chicos. Corte al presente y ahora los jóvenes encuentran sus caminos bifurcados cuando Vilma, Dafne y Fred, quienes ambicionan un crecimiento profesional y monetario, deben dejar ir a Scooby y Shaggy debido a que un benefactor (el reconocido juez de realities SimonCowell) no patrocinará “Misterios S.A.” si esos dos forman parte del equipo. Mas el desaliñado adolescente y su perro encontrarán compañía con un superhéroe llamado Fabulman, su compañero canino robótico Dinamita y la intrépida DiDi Sykes, quienes defenderán a Scooby de los múltiples intentos del villano Pierre Nodoyuna por raptarlo, ya que es el descendiente directo de Pieras, la mascota de Alejandro Magno, y el único que puede abrir el portal místico para liberar al fabulado Cancerbero…y recuperar a su añorado amigo peludo Patán, apresado en el inframundo por culpa del mismo Pierre.
Son siete las personas acreditadas con el guion de esta película, y es de suponer que lo hizo cada quien por sus fueros sin alguna fuerza cohesiva, pues sólo así se explica lo desarticulado y disperso de la trama que arroja al espectador a diversas veredas temáticas, ya que además de lo expuesto previamente, también tenemos la atribulada dinámica que existe entre Fabulman y Dinamita a raíz de los complejos del primero por emular a su exitoso padre superhéroe a la vez que posee un ego de aquellos, los conflictos que brotan entre Vilma, Dafne y Fred a causa de la inmadurez de éste último, una legión de pequeños robots secuaces donde uno en particular adquiere coprotagonismo y muchos guiños, referencias, cameos o breves apariciones de varios personajes o detalles concretos que conforman el mundo animado de Hanna Barbera (al parecer la idea era que esta cinta fuera la apertura de su universo cinematográfico, algo que el COVID-19 y las reseñas desfavorables ya han malogrado). La cinta arranca con soltura e incluso un dramatismo resultón durante la infancia de los protagonistas al plantearlos como entes desconocidos que van desarrollando una dinámica específica conforme se relacionan, pero todo se desbarranca durante el desarrollo y el atrabancado clímax, donde los múltiples componentes se mezclan y el resultado es un amorfo chilaquil narrativo que deja dos cosas claras: esta caricatura no hay por dónde tomarla sin que se perciba anacrónica salvo un competente manejo de su estructura dramática (lo que no hubo aquí) y el manejo facilón de los personajes femeninos quienes se muestran como los únicos realmente competentes y sagaces que resuelven prácticamente todos los conflictos de la película pero favoreciendo a sus contrapartes masculinas, lo que a su vez me parece un mensaje erróneo y descuidado para las niñas que vean este filme y crean que una mujer resoluta es aquella que le arregla la vida a un hombre.
“¡Scooby!” pudo ser algo muy entretenido, sobre todo para los espectadores de la vieja guardia como un servidor que disfrutaba sus aventuras por Canal 5 las tardes entre semana, pero el misterio del porqué la Warner Bros. y el equipo creativo decidieron irse por una ruta tan confusa y plana como ésta, será uno que quedará sin respuesta.

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