Carlos Reyes Sahagún / Cronista del Municipio de Aguascalientes

El joven aspirante a historiador Luis Arturo Sosa Barrón, ha rescatado la noticia de la muerte de Saturnino Herrán, publicada en esta ciudad por el Boletín Municipal, órgano informativo del Ayuntamiento de Aguascalientes, que replica la nota publicada en “El Pueblo”, el 9 de octubre de 1918. Y dice: “Muy sensible defunción. “El Pueblo”, prestigiado colega capitalino, nos trae con fecha 9 del que cursa, la infausta siguiente noticia: “Anoche, poco antes de las diez y media falleció en un sanatorio de esta ciudad el conocido artista mexicano Saturnino Herrán, que perdió la vida a consecuencia de un viejo padecimiento que había minado hondamente su salud.

El ilustre desaparecido, según sabemos, venía padeciendo un estrechamiento en el esófago, que redundaba en perjuicio de la nutrición de todo su organismo. El miércoles de la semana pasada fue sujetado a una arriesgada operación quirúrgica, tanto para extirpar el mal, como para procurar alimentar al paciente. La curación estuvo bien hecha, pero la desnutrición había hecho tales estragos en el organismo del enfermo, que fue imposible prolongar por más tiempo la vida.

Anoche, como queda dicho, falleció rodeado de su esposa y demás familiares, que no se separaron del sanatorio, en vista de la gravedad de enfermo.

El señor Herrán fue muy conocido y apreciado en nuestros círculos artísticos, habiendo logrado alcanzar durante su carrera un puesto muy distinguido entre los pintores mexicanos. Sus producciones gozan de gran prestigio técnico y estético entre los artistas y conocedores, quienes tienen al señor Herrán en el más alto y honroso concepto.

Sabido es que el señor Herrán era hijo de nuestro estado, y la infausta nueva ha causado una profunda pena entre los moradores de esta ciudad. Enviamos a los deudos del ilustre desaparecido, los sentimientos de nuestra leal y franca condolencia, por la irreparable pérdida que han sufrido.”

A propósito de la amistad que ligara al poeta jerezano Ramón López Velarde con el pintor –relación que por cierto no nació en esta ciudad, sino en México–, y de la afirmación que encabeza estas líneas, me gusta pensar que este vínculo trajo como consecuencia un flujo de inspiración, de las letras a la pintura, y tal vez en sentido contrario. En su Novedad de la Patria, López Velarde escribió: “Las rectificaciones de la experiencia … nos han revelado una Patria, no histórica ni política, sino íntima.

La hemos descubierto a través de sensaciones y reflexiones diarias, sin tregua, como la oración continua inventada por San Silvino.

La miramos hecha para la vida de cada uno. Individual, sensual, resignada, llena de gestos, inmune a la afrenta, así como la cubren de sal. Casi la confundimos con la tierra.

No es que la despojemos de su ropaje moral y costumbrista. La amamos típica, como las damas hechas polvo –si su polvo existe que contaban el tiempo por cabañuelas”.

Leo estos párrafos y otros textos del zacatecano y me parece encontrar en ellos, entre líneas, la pintura de Herrán, sus temas, sus personajes, sus hombres y mujeres, este redescubrimiento de México que López Velarde realizó a través de las letras, que quizá también se inspiraron en la contemplación de la obra plástica del aguascalentense.

Elisa García Barragán y Luis Mario Schneider señalan en su texto “Álbum de Ramón López Velarde” (Instituto de Cultura del D.F. y otros), y en referencia a la Oración Fúnebre que el poeta escribió para honrar al pintor fallecido, que “las afinidades que los unieron en la vida y en la obra, el innegable parentesco entre su propio vocabulario estético y el de Herrán, hace que en ese homenaje profundice más en el espíritu del pintor y en el numen que nutrió su imaginación, que en el análisis formal o estético de su pintura”.

En fin, que sería válido afirmar que con su pintura Saturnino Herrán creó una imagen determinada de México, popular, religioso, humilde, festivo, apasionado, sensual, voluptuoso. Es una imagen que nosotros contemplamos y nos apropiamos, y quizá afirmemos, a partir de esta contemplación, que México es así, porque así lo pintó Herrán, y no porque en realidad así sea, pero independientemente de ello, terminamos por quedarnos con esta imagen de vida y muerte; inmersa en figuras de colores de trazos fuertes.

Quizá resulte obvio recordar, aunque no sea ocioso, que Saturnino Herrán nos muestra al México de sus ojos; el que vio. Es la Patria que la luz, el color y la forma, fijaron en sus ojos; en su mente y en sus manos, que a su vez se convirtió en la Patria que nos entregó en su pintura, por su corazón de artista, el que muestra a los amantes que viven un amor imposible; a la mujer que amamanta a su hijo, la que cubre su desnudez con un mantón y nos ofrece una fruta; aquella cuyo rostro se enmarca en un resplandor de tehuana; y en fin, al indio que lleva su ofrenda, el hombre que porta el estandarte de Cristo en la peregrinación, el que empuja una piedra, el que pide limosna y el que sostiene un gallo de pelea a punto del enfrentamiento.

En conclusión, Herrán es, fue, un artista plástico que tuvo en sus ojos, en sus manos; el poder de crear las cosas, darles forma y color; luz y movimiento. Religión, fiesta y trabajo constituyen la trinidad que gobierna la vida de este México plasmado por este genial artista.

Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).