Según el Diccionario del uso del español de María Moliner, “sambenito” significa:

            “1)Distintivo, consistente en una esclavina o un escapulario, que se ponía a los penitentes de la Inquisición; 2)Nota de descrédito que pesa sobre alguien. Imputación inmerecida en descrédito de alguien que se hace circular; 3)Letrero que se ponía en las iglesias con el nombre y castigo de los reos de la Inquisición”. Hoy los inquisidores (haters) se agazapan vigilantes en las redes sociales.

            Se nos puede colgar un sambenito cuando manifestamos públicamente nuestra opinión sobre algún asunto contradiciendo la que tiene la mayoría. También cuando nuestras acciones ofenden a los demás. En mi caso he tenido que cargar con varios sambenitos, algunos merecidos y otros no. Estos últimos son lo que se cosecha al sembrar verdades incómodas. Ya lo decía el sabio Cajal:

            “¿Alardeas de carecer de enemigos? Veo que te calumnias. ¿Es que jamás dijiste a nadie la verdad ni realizaste un acto de justicia?”.

            Si bien los sambenitos son difamatorios, creo que existen los laudatorios. Son aquellos que nos hacen ganar fama de algo considerado bueno o admirable. De estos también me han colgado varios, algunos merecidos y otros no. El tener un libro cerca y que a uno lo vean siempre leyendo llama la atención de los demás. Hoy, cuando muchos permanecen hipnotizados frente a las pantallas electrónicas, ponerse a leer un libro impreso es un gesto revolucionario, inquietante, una manifestación de resistencia a la corriente dominante. Los demás asocian la cercanía de los libros, sobre todo si son muchos, con la posesión de una culura refinada. No hay que caer en esa trampa. No es oro todo lo que reluce.

            Cuando me dicen que soy una persona culta, procuro no inmutarme, no traicionar con un gesto lo que estoy pensando en ese momento. Y lo que pasa por mi cabeza es que, aunque bienintencionada, esa persona se equivoca. Repaso las trayectorias académicas de quienes me parecen verdaderamente cultos, sus posgrados en prestigiosas universidades, la publicación de numerosos artículos y libros, el dominio de varios idiomas (vivos y muertos) y el conocimiento ancho y profundo de una o varias ramas del saber. Comparado con ellos, soy solamente un aprendiz y así habré de permanecer hasta el final. No me queda tiempo ni energía para más. En este sentido, la definición que mejor me cuadra es la que acuñó un buen y culto –él sí– amigo mío: “Soy un pepenador de la cultura”. Un quincallero subido a su carreta que toma de aquí y allá lo que otros consideran desechable. Claro que a veces encuentro verdaderos tesoros, como los que se descubrieron en el vertedero de Oxirrinco.

            Lo mismo sucede con mi fama de lector voraz, de alcances infinitos. Cuando me preguntan cuántos libros leo al mes, les contesto que no llevo una contabilidad precisa, que no es que lea un libro tras otro, sino que leo según la cambiante necesidad de lo que en ese momento me interesa. Por eso leo varios a la vez. Soy un lector desordenado. Basta que leyendo o conversando dé con un tema que llame mi atención, para que emprenda la lectura de un libro que hasta ese momento había esperado en los estantes de mi biblioteca o en una librería. ¡Qué amigos tan pacientes son los libros!

            Curioseando en la biblioteca de mi hija, me acabo de topar con un libro sorprendente titulado Cómo hablar de los libros que no se han leído, de Pierre Bayard. Su autor, un psicoanalista y profesor de literatura francés, sostiene que hay tres coerciones en torno a la lectura: la obligación de leer, la obligación de leerlo todo y la idea de que para hablar de un libro es indispensable haberlo leído por completo. Dice que son la causa de una hipocresía generalizada sobre los libros efectivamente leídos.

            Para Bayard, “no haber leído tal o cual libro carece de importancia para la persona cultivada, pues si bien no está informada con precisión acerca de su contenido, es a menudo capaz de conocer su situación, es decir, el modo en que este se dispone en relación con los otros libros. Esta distinción entre el contenido del libro y su situación se revela fundamental, pues es la que permite, a quienes la cultura no asusta, hablar sin dificultades sobre cualquier tema”.

            ¡Si lo hubiese sabido antes!