Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

Termino ahora esta serie dedicada al cuarto obispo de Aguascalientes, en el trigésimo aniversario de su muerte, ocurrida el 20 de noviembre de 1882. Escribí en entregas anteriores que el señor Quezada enfrentó el principal conflicto clerical del siglo anterior. Una fase de este culminó con la decisión de la Santa Sede, de retirarlo del cargo, cosa que ocurrió en octubre de 1975. Sin embargo, algo sucedió, vaya usted a saber qué, porque después de todo la Iglesia está en la vanguardia de la opacidad (el Espíritu Santo ofrece la coartada perfecta para cualquier decisión). Celebra la luz, siempre y cuando no la ilumine a ella. Algo ocurrió, digo, el hecho es que tiempo después, en una decisión insólita, en verdad sorprendente, la Sede Apostólica dio marcha atrás y restituyó a Quezada en el cargo episcopal de Aguascalientes.

Si se observa la dinámica de la toma de decisiones en la cúpula eclesiástica, se advierte un trío de cosas. En primer lugar, las decisiones se toman siempre en las sombras. Solo los que están involucrados conocen los procedimientos, y los votos de silencio se cumplen a cabalidad. En segundo lugar, emparentado con el anterior, está el hecho de que generalmente se mantiene una actitud impermeable a cualquier tipo de presión y/o influencia, venga de donde venga. Pasarán tormentas, huracanes, rayos y centellas, la jerarquía se mantiene incólume: «20 siglos la respaldan». En tercer lugar, se verá que difícilmente se da marcha atrás en una decisión, una vez anunciada. Además, frecuentemente, por no decir siempre, los criterios de la Iglesia no son los de la gente, o lo que es lo mismo: palo dado ni Dios lo quita. Entonces, lo ocurrido debió haber sido muy grave; muy gordo. En una ocasión mi amigo el padre Gustavo Elizalde Mora me contó qué había sido, pero ya se me olvidó.

El hecho es que el 6 de diciembre de 1976 se apersonó en esta ciudad el delegado apostólico, Monseñor Mario Pío Gaspari, para anunciar el regreso de quien en rigor nunca se fue. De hecho, el periódico Momento, en su edición de ese día, dio cuenta de un homenaje que se le brindó en el templo de Guadalupe, con motivo de sus bodas de plata episcopales, en el contexto de una peregrinación de obreros a este templo como parte del novenario de la Señora del Tepeyac.

Todavía permaneció el de Yahualica nueve años al frente de los católicos aguascalentenses, hasta que finalmente el tiempo puso ante sus ojos la carta de renuncia al cargo. En su lugar llegó el señor Rafael Muñoz Núñez, que realizó una impecable labor de cauterización de heridas en la que más o menos todo el mundo quedó conforme, más o menos -en la política le llaman operación cicatriz a los actos tendientes a atraer a los lastimados u ofendidos-. Por cierto, que en su labor pacificadora reivindicó a más de alguno de los que fueron señalados como disidentes del anterior pastor, y les otorgó cargos de responsabilidad.

Por mi parte afirmaré que conocí al señor Quezada. Incluso durante una época fui parroquiano de la catedral y le ayudé en la misa de 11, en el tiempo previo al conflicto. En verdad era un hombre imponente, de un gran carisma, o quizá fuera también mi percepción adolescente, no sé, pero independientemente de lo anterior, era un hombre muy dado al boato, al esplendor de las capas pluviales, a la experiencia del poder que le venía de su dignidad episcopal. En alguna ocasión, conversando sobre otras cosas con el padre Jorge Hope Macías, quien fuera señalado como cabeza de los opositores, y en referencia al gusto que Quezada tenía por el poder, decía que le gustaba mucho la canción de José Alfredo Jiménez “El rey”. También recuerdo una conversación con el ya mencionado padre Elizalde, sobre un dicho del arzobispo de Guadalajara, el cardenal José Salazar López, que se refería al celo de Quezada; su resistencia a dejar el cargo.

El aniversario de su consagración episcopal, por ejemplo, y sobre todo su cumpleaños, eran celebrados en todo lo alto, con el desfile de organizaciones y personas que pasaban lista en sus oficinas; a rendirle pleitesía. Me acuerdo de haber visto una fotografía, tomada en Pabellón, probablemente en los primeros años sesenta. En segundo plano se observa al padre Gertrudis Ramos, que fue todo un personaje en esa demarcación, y en primer plano al señor Quezada. Ambos eclesiásticos traspasan el umbral de una puerta, y en el lado izquierdo hay una mujer de rodillas. El obispo, que viste una sotana y encima un abrigo, le ofrece a la mujer su mano para que la bese, y la observa desde su altura, la cabeza gacha. En verdad que la imagen era elocuente: el rey y su súbdito.

En fin. Terminado su episcopado, desconozco qué ocurrió con su persona, pero sí sé que terminó sus días en el Asilo de Ancianos de la avenida que hoy lleva su nombre. Alejado del bullicio y de la falsa sociedad y, sobre todo, de su amada silla, despojado de la parafernalia y el boato que acompañan al poder. Todavía tuvo alguna relevancia hasta que se impuso la lógica, pasó a segundo término y poco a poco fue olvidado. Tengo otra imagen de él, esta vez personal y contrastante con la que describí de la fotografía; algo lamentable. No sé por qué fui al asilo, a visitar a alguien, no sé, no recuerdo, pero sí me acuerdo haber visto al señor Quezada, sentado en la puerta de su cuarto, que era uno de los que limitaba el vestíbulo en el lado poniente. Vestía una sotana que a la distancia se veía ajada, y su figura lucía desaliñada, derrotada. Nada que ver con su apariencia majestuosa del pasado. Ahí vivió hasta su muerte, ocurrida el 20 de noviembre de 1993, hace poquito más de 30 años.

(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).