RODRIGO AVALOS ARIZMENDI

Esta es la última colaboración del año 2022. Durante todo este año he escrito sobre temas políticos de actualidad. Los últimos cuatro años el presidente López Obrador ha dado tema a diario. No hay día en que no haga declaraciones lo mismo que acciones del orden político siempre polémicas y la mayoría de las veces impositivas y a favor de sus intereses muy personales y de su movimiento, pasando casi siempre por encima de la ley. La constitución, lo mismo que los otros dos poderes de la Unión, los ha pisoteado a su conveniencia infinidad de veces. Dando tema cada semana de análisis y comentarios sobre los acontecimientos que él genera, siempre en perjuicio de la nación.

El día de hoy, para despedir el año, quiero hablar de otras cosas más amables. Y es por ello que le comentaré una anécdota de un hombre muy especial: Renato Leduc. Creo que es importante interesarse por las anécdotas. Lo menos que hacen es divertirnos. Nos ayudan a vivir, a olvidar por unos instantes. Se advierte además en los mexicanos una viva apetencia por el relato de anécdotas sobre todo picarescas o simplemente ingeniosas, relativas a personas y sucedidos del medio nacional. Ello es explicable, pues además de que el gusto por lo anecdótico es de por sí humano, debe tenerse en cuenta que las contingencias de nuestra vida en común suelen ser a tal grado difíciles y azarosas que nos hacen buscar placer compensatorio del chiste, la sátira y la ironía.

Antes de contar esta anécdota debo comentarle que la vida me dio el privilegio de ser compadre de uno de los cantantes más importantes de nuestro país: El Lujo de México, Marco Antonio Muñiz. Y hoy lo traigo a colación debido a que una de las canciones que él hizo famosa, junto con otro gran cantante, ya fallecido: José José, fue “Tiempo”, cuya letra fue tomada de un soneto escrito por una persona muy importante en la historia de nuestro país, pues fue periodista, poeta, gran aficionado a los toros, intelectual, amigo de varios presidentes de México, anduvo con las mujeres más bellas de México. En conclusión, fue todo un bohemio. Y hoy considero que es importante aclarar en dónde fue concebido este soneto, pues mucha gente dice que Leduc lo escribió aquí, en Aguascalientes, en una de sus visitas que hacía en el mes abril, ya que él venía cada año al serial taurino y se hospedaba en el Hotel Francia. Y ahí convivía cada que venía con un grupo de poetas hidrocálidos en el Fausto, que era el café del hotel. Y supuestamente ahí en el fausto escribió “Tiempo”. Pero la verdad es otra, la cual me fue platicada por Rubén Fuentes, músico, compositor, arreglista y representante artístico de Marco Antonio Muñiz, durante una reunión de amigos en la casa de Muñiz, en Coyoacán, hace ya muchos ayeres; recuerdo que esa noche estaban, entre otros, el inolvidable Pepe Jara y Gualberto Castro. Cuando salió el tema de “Tiempo”, Don Rubén aclaró el punto y nos platicó:

—Cuando Renato Leduc ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria, quiso cursar la materia de Literatura Castellana con el maestro Don Erasmo Castellanos Quinto, pero como ya tenía saturado su grupo, tuvo que cursarla con don Julio Torri.

El maestro Torri, quien también era profesor de raíces latinas y amigo de Leduc, era un hombre bajito, tartamudo y, como además hablaba muy quedito y en aquel entonces no había micrófonos, lo único que escuchaban los alumnos eran sus tartamudeces. Eso hacía su clase muy aburrida, así esta consistiera en leer trozosescogidos de poetas o literatos latinos, por lo que los alumnos buscaban la forma de no pasarla tan mal.

Entre los condiscípulos de Leduc estaba un gordo tabasqueño que se llamaba Adán Santana, el cual era como muy docto en retórica y todas esas cosas. Hacía versitos y, como los alumnos se aburrían mucho durante la clase de Torri, se ponían a echarse toritos donde se daban un pie de verso y hacían en tres minutos una cuarteta, so pena de perder un peso. Un día el gordo Adán le dijo a Leduc:

—A ver, hazme una cuarteta teniendo como pie de verso “hay que darle tiempo al tiempo”.

Como al cabo de tres minutos Leduc no la pudo hacer y tuvo que pagarle el peso, el gordo Santana le dijo en son de burla y delante de todos:

—¡Carajo! Yo creí que, porque haces versitos, sabías siquiera que tiempo no tiene consonante.

En vista de que todos se rieron por la revolcada que le dieron a Leduc, aquello le picó la cresta y acudió al diccionario de la rima en donde en efecto, constató la inconsonancia del vocablo tiempo.

Sin embargo, dolido aún por la maltratada, siguió pensando en el tema hasta que se le ocurrieron los siguientes versos:

Sabia virtud de conocer el tiempo;

A tiempo amar y desatarse a tiempo;

Como dice el refrán: dar tiempo al tiempo…

Que de amor y dolor alivia el tiempo.

Y así, cuando pudo escribir los catorce versos, los unió, con lo que tuvo ya el soneto. No obstante, como que le sonó muy monótono, decidió aconsonantar los segundos versos de cada terceto de la manera siguiente:

Amar queriendo como en otro tiempo

–IGNORABA YO AUN QUE EL TIEMPO ES ORO–

Cuánto tiempo perdí –ay– cuánto tiempo.

Y hoy que de amores ya no tengo tiempo

AMOR DE AQUELLOS TIEMPOS CUANTO AÑORO

La dicha inicua de perder el tiempo.

Y fue de ese modo como nació el soneto de Tiempo que ha llegado a ser tan famoso, gracias a que Rubén Fuentes la musicalizó, y marco Antonio Muñiz y José José la grabaron a dúo.

Sin embargo, en justicia, hay que decir, comentó Don Rubén, que aún antes de que ese soneto lo musicalizaran y lo grabaran, ya tenía cierta popularidad. Y es que en las fiestecitas caseras –las posadas principalmente–, nunca faltaba quién declamara Tierra Baja de Mediz Bolio, el Brindis del Bohemio, etc. Pero cuando supieron de Tiempo, casi de inmediato lo comenzaron a declamar hasta hacerlo indispensable en las mentadas fiestecitas.

Una vez Leduc le platicó a Don Rubén que a raíz de que lo convirtió en canción, haciéndolo aún más popular, tengo que aguantar que me lo canten o reciten a cada rato.

Y le dijo una anécdota:

—Una vez que regresaba de los toros en Querétaro, con mi mujer, me metí a un restorán donde cantaba un trío de yucatecos malos como la chin… Y como uno de ellos me dijo que ya habían puesto la canción, le imploré casi que no la cantaran. Sin embargo, sentados en otras mesas estaban unos peregrinos al parecer de Reynosa que al reconocerme me vinieron a felicitar, obligándome, de paso, a escuchar la canción como una docena de veces.

A Renato Leduc lo conocí ya en el ocaso de su vida. En la temporada de la feria de San Marcos estaba yo en el Fausto del Hotel Francia con unos amigos. Eran como las tres de la tarde. Y grande fue mi sorpresa al ver que dos hombres, ya maduros, llevaban cargando a don Renato colocando sus brazos sobre los hombros de cada uno. Me enteré que iban camino a la plaza de toros. La afición a los toros de Leduc era enorme. ¡De toda la vida! Don Renato ya se veía como un hombre muy mayor. Pero lo más bonito era que no perdía el gusto por la vida y por su afición a la tauromaquia. Sin duda fue un hombre que vivió la vida como quiso y con quien quiso. En su momento le llamaron el último bohemio de México. Aunque él decía que su vida había sido más bien de intensa labor.

Para terminar solo me queda, primero, agradecerle el favor de leer esta columna semana a semana, lo cual hago con gusto desde hace más de10 años en este su diario EL HERALDO. Enseguida me permito desearle que sean muy felices en el año que está por comenzar, tanto que no sepan si viven o sueñan. ¡Felicidades!