Ruinas

Por J. Jesús López García

El Teatro de la Ópera de Sídney es un gran icono de la arquitectura, además de proporcionar a Australia una de sus mejores y más perdurables estampas. El edificio concebido por el arquitecto danés Jørn Utzon (1918-2008) para un concurso internacional, ni siquiera había estado inicialmente entre las propuestas finalistas del certamen, y fue el olfato del arquitecto Eero Saarinen (1910-1961), parte del jurado, lo que definió a la propuesta de Utzon como la ganadora.

Lo que poco se cuenta de la Ópera, es que el edificio, visionario y avanzado, resultó en una serie de problemas y dificultades desde su construcción pues sus formas innovadoras eran inéditas para los sistemas constructivos conocidos, gracias a la Sociedad Arup, firma inglesa de ingeniería se pudo resolver, pero ello involucró mucho más tiempo del contemplado y el costo de la obra que se disparó, hizo que Utzon renunciase a su rectoría constructiva, inaugurándose la obra en 1973, dieciséis años desde su diseño, después de haberse iniciado con su autor y las autoridades australianas como antagonistas, una pelea amarga.

Al inaugurarse el edificio Utzon ya no estaba en Australia y de hecho no regresó jamás, disgustado, al preguntársele sobre su creación magistral sólo respondió que en el futuro lejano sería un conjunto de ruinas magníficas.

La referencia a las ruinas obviamente fue por su falta de satisfacción ante un trabajo que se volvió ríspido y desagradable, pero lo cierto es que era el arquitecto consciente que al final, no obstante la magnificencia de un edificio o una ciudad, todo termina tarde o temprano en ruinas y ahí los inmuebles, o lo que queda de ellos, adquieren una vida diferente hasta desaparecer.

Pensamos en los edificios como objetos muy grandes que son difíciles de abatir, lo que realmente no es cierto, lo vemos con terror actual en la destrucción de grandes obras en pocos segundos en la ciudad de Kiev, ahora sufriendo una guerra con Rusia y en imágenes de guerras pasadas; pero también en fotografías de las antiguas Gracia y Roma, y como ellas, en tantas otras partes. Pero si observamos a nuestro alrededor, todo al final serán ruinas, que a nuestra sociedad de consumo puede resultar muy agresivo, pues vivimos en la fantasía de un tiempo sin fin y en la búsqueda de la eterna juventud.

Por lo anterior, se trata de ocultar en nuestras ciudades lo viejo y ruinoso de maneras diferentes, sea con tapias, con carteles o con demoliciones llanas, pero las ruinas proliferan y de vez en cuando nos recuerdan como en la concepción del memento mori –recuerda que morirás-, que todo se acaba y que esas fincas fantasmales que nos salen al encuentro como aquella en la calle Juan de Montoro No. 312, fueron lugares donde transcurrió la vida de alguien, donde sucedieron cosas cotidianas y algunas trascendentes para muchas personas que a través del tiempo, probablemente no se conocieron entre sí en su mayoría y la finca, como escenario de parte de sus vidas, convertido en testigo mudo, está a punto de guardar silencio para siempre, pues de hecho el edificio ya no existe.

Las ciudades como Aguascalientes son lugares que se van reinventando de manera constante, no son como Venecia o Florencia, congeladas como patrimonio de la Humanidad sin esa posibilidad de emprender nuevas soluciones urbanas o arquitectónicas pues lo que resulte podría dañar al carácter patrimonial. La nuestra es una urbe que se ha concebido varias veces y una de esas ocasiones, a fines del siglo XIX, fue un ejercicio radical que ha devenido en lo que ahora es. Pero de cuando en cuando, como espectros anteriores a nuestra última gran reinvención como metrópoli, aparecen las ruinas de lo que fue, y que invariablemente tarde o temprano, será el destino de toda construcción humana, sea arquitectónica o antropológica en general, lo único que esperamos para ese futuro, es que lo que construyamos hoy, sean “ruinas magnificas”.

¡Participa con tu opinión!