Para determinar si algo es bueno o malo, los descendientes del mono lo percibimos materialmente, lo clasificamos en razón de su contenido ético y lo enjuiciamos según el valor moral que le demos. La pesquisa en contra de Mamá Rosa y su estancia en Zamora, Michoacán, ha polarizado las posturas, unos la catalogaron de buena y otros de mala.

Por si faltara alguna opinión, hoy en Sin Jiribilla daremos la nuestra a partir de tres ópticas: la jurídica, desde el interés público y los derechos fundamentales; la filosófica, haciendo una reflexión ética del comportamiento; y la sociológica, observando las distintas reacciones que se han detonado.

La cosa no es menor, según reportes periodísticos, en el lugar, los “hijos mayores” pagaban diez pesos a los menores para que les practicaran sexo oral; la propia mujer de casi ochenta años manifestó en una entrevista a Leon Krauze, que los padres no podían regresar por sus hijos, que éstos no podían salir libremente del lugar, que existía trabajo infantil al interno, que la alimentación y la higiene era repugnante, que la humillación en público era una medida de represión establecida y en cuanto a la violencia física, señaló: “…¿Tú has oído el dicho “si no pegas no quieres”? No porque los corrigiera los iba a dañar…”. De acreditarse, (porque incluso la confesión no hace prueba plena) más de cinco mil niños pasaron por ese infierno de la vida real desde su fundación en 1947.

Jurídicamente, es evidente en la luz del estado de derecho, que la actuación pública donde la PGR aseguró las instalaciones de “La Gran Familia” estuvo acorde al mandato constitucional de velar por el interés superior de la protección de los menores, lo lamentable fue la lentitud con la que reaccionó. Por otro lado, igual de evidente resulta la presunción de inocencia que tienen todos los involucrados, ahora el estado a través de su función jurisdiccional habrá de investigar y en su caso condenar. Serenos morenos, habrá que esperar.

En cuanto a la valoración de las conductas de Mamá Rosa, habrá que advertir que produce el mismo daño aquel que intencionalmente perjudica y aquel que queriendo ayudar, lo hace mal.

Es bastante posible que esta ex niña rica, yendo en contra de la indiferencia social e inundada por el sentimiento de la caridad, se armó de valor, recogió a ese niño olvidado por un circo, lo convirtió en su primer “hijo” y así se siguió durante cincuenta años; sin embargo, tal expresión de compasión indiscutiblemente loable debemos de entender que también trae aparejada una responsabilidad, que bajo mi opinión, es la médula del debate.

Si su fin era proteger a aquellos niños olvidados pero al hacerlo, irónicamente los dañó, tendrá que rendir cuentas. El fin no justifica los medios.

Ni muy muy, ni tan tan, tanto en este caso como en todo, nuestra obstinación de pensamiento simplista que no admite claro oscuros sino que solo quiere ver víctimas y victimarios, a veces nubla la opinión razonada y encona las posturas.

Dudo que no haya habido casos de menores que recibieron una vida digna gracias a ella y al igual, dudo que no haya habido casos donde rebasada por la situación, menores sufrieron violaciones graves a sus derechos. Comete el mismo error el que la quiere llevar a la hoguera como el que la quiere santificar.

Que se le reconozca por su loable labor en los casos que así fue y que se le castigue en aquellos que provocaron afectaciones insuperables. Pero desde luego sus posibles conductas buenas del pasado no sirven para exonerarla de sus posibles conductas malas del presente. Toda la marabunta de intelectuales que sale en su defensa narrando sus experiencias de hace treinta años en el albergue, tropiezan ante una verdad innegable: lo que fue ayer, no necesariamente será lo que es hoy.

Aparte de todo lo anterior, encuentro como lo más escabroso de esta historia, una vez más, a la indiferencia del individuo contemporáneo. Enclavado en una zona rodeada por restaurantes italianos y japoneses en Zamora, Michoacán, durante más de medio siglo nadie abrió los ojos para saber que pasaba dentro de esos muros pero eso sí, los donativos no dejaban de llegar y las fotos pal recuerdo jamás podían faltar.

Escalofriantes comportamientos de la sociedad que conformamos.

@licpepemacias