Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

La nueva película de Alfonso Cuarón abre con una toma fija al embaldosado suelo de una cochera mientras se asea y termina con una mirada al cielo, punto final en un filme que apunta no a un colofón esperanzador sino a la infinita continuación de una historia que atañe a cualquier ser humano cuyo corazón y espíritu haya sobrevivido en cualquier urbe. En el caso de esta cinta, Cuarón emplea sus recuerdos como habitante de la defeña colonia Roma durante la década de los 70’s como argamasa emocional para una obra que aborda, desde una perspectiva femenina, una épica intimista que parte de ese cotidiano tan propio de cualquier mexicano como lo es la familia, rodeado de la cacofónica melodía orquestada por los silbidos de los “tamarindos”, la flauta de pan que anuncia al afilador y los estertores armónicos y simultáneos de los juegos infantiles callejeros pero con retumbes operísticos como temblores o la matanza callejera de Corpus Christi cortesía de los infames Halcones. Al llegar a esa toma final abierta que dispara la vista al firmamento entendemos que no se trata de una historia sobre un fragmento de ciudad, sino un fragmento de genuina humanidad que se desplaza por una intrincada, rica y universal historia.
La mirada central en esta cinta corresponderá a Cleo (la revelación Yalitza Aparicio), una joven humilde de origen mixteco que funge tanto de doméstica en una opulenta casa en dicha colonia, como de nana para los inquietos niños que ahí habitan. Sus padres, un médico investigador de nombre Antonio (Fernando Grediaga) que viaja constantemente y su esposa Sofía (Marina de Tavira) están en un punto tirante en su relación, metaforizado en la puntual escena de él lidiando con la estrechez de la cochera mientras aplasta con el auto el excremento del perro familiar. Cuarón canaliza a su Vittorio de Sica interno desarrollando un guión de su autoría heredero a la sensibilidad antropocéntrica del Neorrealismo Italiano con un soplo del lirismo crudo de Arturo Ripstein para narrar las vicisitudes a las que se enfrenta este microcosmos familiar pero con una postura diégetica muy personal que parte de la misma Cleo, quien con su presencia traduce las imágenes en vivencias para el aprecio del espectador, a la vez que nos aproximamos a ella con sus propias anécdotas, las cuales incluyen un embarazo no deseado producto de su amorío con Fermín (Jorge Antonio Guerrero), crédulo muchacho que entrega erróneamente su disciplina a las artes marciales motivado por las enseñanzas zen del Profesor Zovek (encarnado por el luchador Latin Lover) en lugar de su papel en la procreación del “encargo”. Paralelamente Antonio abandona a su familia y Sofía testifica cómo ahora esta historia serán los “Niños de la Mujer” mediante una escena reveladora de la imperativa catarsis que ella requiere a través de una borrachera cuando abraza demoledoramente a Cleo y le solloza que siempre estarán solas, condición relacionada a la cultura machista de esta nación. Así, entre convivios con parientes y amigos extranjeros, idas al cine y comunión casera, los personajes tejen su devenir sin debrayar el relato en vacuidades dramáticas que por poco lo acercan a la telenovela, pero así es la dialéctica construida por un director que de eso mamó y que sirve de referente dramático para cualquier mexicano.
Esta es una película construida meticulosamente a base de miradas, tanto la de los personajes quienes siempre tienen algo qué decir, qué expresar ya sea mediante palabras, miradas o un conmovedor y apremiante abrazo comunal en la playa como la de Cuarón, quien construye el lenguaje visual de su cinta mediante constantes paneos y tomas abiertas o master que van cincelando, al igual que su inspiración Andrei Tarkovsky, el tiempo y el espacio de este universo con una exquisita fotografía monocromática tan gris como cualquier recuerdo que sólo sus personajes apoyados en extraordinarias actuaciones aportarán los colores requeridos mediante sus humanas, apasionadas y viscerales acciones. El director de “Gravedad” y “Niños del Hombre” no requiere de dollys, zooms, close-ups o cualquier elemento técnico que acerque la lente a los doloridos y luminosos rostros de esta familia pluriétnica, pues basta con verlos interactuar, reaccionar y crear sus emociones para percibirlos cerca. Y a través de todo esto, Cuarón ha logrado su filme más maduro hasta la fecha, pues el grado de honestidad y pureza con que hila su historia y presenta a sus personajes es tan cinematográfico e íntimo que es lo más cercano al trabajo de los directores europeos que tanto admira sin perder un ápice de identidad en su narratología.
“Roma” no es su mejor película, pero sí su mejor labor como autor y un punto brillante para el cine mexicano como un magnífico cierre en términos de discurso y contenidos en este año que culmina.

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