Luis Muñoz Fernández

Calístenes, sobrino de Aristóteles, acompañó a Alejandro Magno en sus expediciones para hacer observaciones, recabar especímenes que le enviaba a su tío y escribir la crónica de las hazañas del monarca macedonio. A diferencia de Aristóteles, Calístenes comulgaba con el ideal globalizador de Alejandro, que soñaba encabezar un vasto imperio inspirado en la cultura griega.

Sin embargo, profundamente influido por las costumbres de los persas a los que había conquistado, Alejandro quiso adoptar para sí la llamada “proskynesis”: todo aquel que se le acercara debería postrarse y tocar la frente con el suelo. Calístenes se negó a acatar la disposición real. Fue apresado, encarcelado y murió en cautiverio.

Tenemos la tradición muy arraigada de rendirle pleitesía a quienes detentan la autoridad. Tal vez influya en ello nuestra propia historia. Los hombres fuertes con poder (rara vez mujeres) han dejado una profunda huella en nuestras costumbres, desde los emperadores aztecas, los conquistadores, encomenderos y virreyes, hasta los presidentes de la República, pasando por toda una gama de caciques y funcionarios civiles, religiosos yhasta académicos.

Existe la hipótesis de que ciertas costumbres pueden haberse heredado de nuestros antepasados por medios epigenéticos, simbólicos y conductuales. Así lo cree Leonardo Viniegra cuando afirma que “poblaciones víctimas de conquistas transmiten a sus descendientes (que no fueron víctimas de tales acontecimientos) lo que se designa como comportamiento inhibido”. ¿Explicará eso nuestra inveterada costumbre de venerar a los poderosos? Es pronto para saberlo.

Sin embargo, debe ser motivo de reflexión y enmienda el que alabemos y exaltemos públicamente los presumidos logros de quienes mandan, cuando lo que hacen es simplemente cumplir con su deber. Trabajo por el que les pagamos con largueza. Peor cuando alabamos lo que no se ha hecho o se ha hecho mal. Más que por admiración y agradecimiento genuinos, lo hacemos para obtener algún beneficio a cambio de la reverencia. O por el temor de que, si no nos arrodillamos, podemos invocar, como le ocurrió a Calístenes, la ira de los poderosos.

En el devenir de la vida de los individuos, como en la de los pueblos, deben someterse a examen los hábitos y rituales que llamamos tradiciones. Algunas no merecen conservarse.

Más que en la prosperidad económica, deberíamos fincar el progreso personal y colectivo en ser cada vez más libres, sin las ataduras a las que nos obliga el vasallaje. Basta de genuflexiones.

 

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