Carlos Reyes Sahagún
Cronista del Municipio de Aguascalientes

Disculpe que le haga a la ficción, científico lector, pero ahora estoy imaginándome al presidente electo de la República, licenciado Adolfo López Mateos, alejado de los reflectores de la prensa y el aplauso fácil, en la soledad de su estudio -preparándose para ser el “solitario de palacio”-, por ahí de octubre o noviembre de 1958.

Faltan pocos días para que asuma la responsabilidad de “dirigir los destinos de la Patria”, y el mexiquense dedica las mejores horas de su jornada a conformar su equipo de trabajo. Uno de esos días recibe al señor Benjamín Méndez, al que nombra gerente de los Ferrocarriles Nacionales de México. Discute con él la situación de la empresa, y lo instruye sobre los pasos a seguir en la ya próxima negociación contractual.

Méndez saldría del despacho presidencial… y observaría en las sombras, hasta hacerse público su nombramiento. No sé a qué se dedicaría este personaje, pero de seguro ya con el nombramiento en su mente, se dedicaría a tantear el terreno, estudiar a su contraparte, conocer su responsabilidad para luego, ya con nombramiento en la bolsa del saco, sentarse a negociar con la dirigencia ferrocarrilera, encabezada por Demetrio Vallejo.

En Aguascalientes, el superintendente de talleres, señor Rafael Rodríguez Familiar, permitiría a los trabajadores que lo desearan cumplir en la noche de San Silvestre con una tradición muy entrañable para ellos y para los habitantes de Aguascalientes: signar la agonía del año con los silbatos del taller y de las locomotoras.

Pero la tensión flotaba ya en el ambiente. Al día siguiente, uno de enero de 1959, El Heraldo de Aguascalientes publicó una nota en la que informaba de la intención de los trabajadores, de irse a la huelga si el contrato colectivo de trabajo no les era favorable.

Las principales demandas planteadas por los soñadores eran: 16.66% de aumento salarial, medicinas, gastos de viaje en el caso del personal removido, dotación de ropa de trabajo dos veces al año, jubilación a los 25 años de servicio, y no a los 30, como estaba establecido, y sin importar la edad, que en ese momento era de 60 años, etc.

El 16 de enero El Sol del Centro anunció en sus ocho columnas: En puerta la huelga ferroviaria, esto porque se habían roto las pláticas entre empresa y sindicato, y al día siguiente El Heraldo de Aguascalientes informó de la integración del comité de huelga de la Sección 2, conformado por Ignacio Ávila Márquez, Crescencio Rodríguez Izquierdo y Juan Hernández Romero por la rama de fuerza motriz; Pedro Ramírez Ventura, Bernabé Solís Rivera y Florencio Hernández Rodríguez por vías; J. Jesús Consuelo, Pedro Gómez y Antonio Pérez por oficinas; José Abundio Romo, Manuel Rodríguez Montoya y Albino Velásquez Ríos, por la rama de trenes, estos últimos, los trenistas, los más renuentes a la huelga.

Conforme se acercaba la fecha para el estallido del movimiento huelguístico, 25 de febrero, los ánimos fueron disponiéndose a favor de la suspensión de actividades. En el taller, en las asambleas que periódicamente se celebraban, en la ciudad, fue generalizándose la certidumbre de que finalmente los trabajadores llevarían adelante su insurgencia.

En esos días la palabra huelga adquirió connotaciones mágicas, música en los oídos de muchos, convirtiéndose en un término impregnado con la carga de lo que está prohibido pero que al mismo tiempo se desea intensamente, sinónimo de libertad y esperanza de mejoramiento. ¡Viva la huelga! se proclamaba en unas octavillas repartidas en esos días en el taller.

Pero también, cual moneda de dos caras, el término huelga sembró de calosfríos las espaldas de muchos, particularmente de los defensores de la “tierra buena de la gente buena”, y de los fieles creyentes del “aquí no pasa nada”.

La segunda quincena de enero y la primera de febrero fueron de preparativos, como cuando un velero navega de frente hacia la tormenta, y la tripulación última los preparativos para enfrentarla, cierra las escotillas, arrea las velas y sujeta todo aquello que puede perderse por los sacudimientos.

La dirigencia se dedicó a fomentar la unidad entre los obreros, a fin de que el movimiento no fuera a ser derrotado por divisiones internas y posibles quintas columnas, y en sus arengas se insinuaba que aquellos que no secundaran el movimiento no recibirían los beneficios de lo que se consiguiera.

Por su parte la empresa dejó de recibir carga que corriera el riesgo de echarse a perder rápidamente en caso de no ser movilizada de manera expedita, evidentemente perecederos; los comerciantes dejaron de fiarles a los trabajadores y, uno o dos días antes, los elementos de tropa de la XIV Zona Militar fueron acuartelados, por lo que pudiera ofrecerse…

Entonces llegó el 25 de febrero, y con él la huelga. Minutos antes del medio día fueron colocadas las banderas rojinegras en las puertas del taller. Justo a las 12, el aire se llenó con el ruido de pitos y silbatos, y los obreros abandonaron ordenadamente sus puestos de trabajo.

Según este diario, muchos de ellos sonreían, en tanto que en otros la reacción fue diferente: dice El Heraldo en su edición del día siguiente: “En esos momentos, con la marcial actitud del Ejército, armados con ametralladoras y patrullando todas las instalaciones con las armas preparadas, fue cuando se dieron cuenta de la tremenda significación de la huelga”. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).