Biblioteca Especializada Emilio Alanís Patiño del INEGI.
Por J. Jesús López García

El XIX fue el siglo del Romanticismo, una concepción de la vida sujeta a lo “sublime”, lo que está al límite, lo intempestivo, lo nostálgico a fuerza de asumirse este mundo moderno y apasionado como en estado permanente de pérdida. Por ello, en esta centuria se dieron cita lo que en arquitectura y arte se da en llamar “revivalismo” o revival en inglés que es traer a la vida a viejas maneras de interactuar con nuestro tiempo y nuestro lugar.

Arquitectónica y artísticamente el Romanticismo fue la antítesis del Neoclasicismo. El primero emocional y desmesurado, contrasta con el segundo, abanderado de la racionalidad y la mesura. Sin embargo el Romanticismo, también se manifestaba interesado por aquello del pasado menos canónico, por las influencias exóticas que de alguna manera contrastaban con la idiosincrasia occidental. El Royal Pavilion en Brighton de John Nash (1752-1835) edificado en 1823 es buen ejemplo de ello. En Inglaterra un pabellón de caza fue convertido en un palacete con cúpulas de bulbo y minaretes al estilo de los mogoles de la India y en muchas partes de Europa se reprodujeron formas y composiciones bajo patrones orientales, lo mismo en escultura, arquitectura y pintura.

El gusto anticanónico por el pasado y por tradiciones fuera de los paradigmas occidentales regresó en la segunda mitad del siglo XX con el posmodernismo, estilo emparentado con el espíritu del Romanticismo. Cómo este estilo o espíritu decimonónicos frente al neoclasicismo, la posmodernidad arquitectónica reaccionaba a las tendencias predecesoras suyas sujetas al Movimiento Moderno. El pasado no solamente era aceptado nuevamente sino también vuelto a poner en escena.

Desde la primera mitad del siglo XX ya se traían a colación esas formas de la tradición nacional como las casas mediterráneas de la primera etapa de Luis Barragán (1902-1988) o el museo Anahuacalli de Diego Rivera (1886-1957) como resabios de esa búsqueda revolucionaria de un estilo “mexicano” a raíz de las arquitecturas prehispánica y española, pero fue ya en la etapa posmoderna a partir de los años 80 cuando se empieza a experimentar con esas formas ya libres de la ortodoxia del Movimiento Moderno, cuando se “inventa” una arquitectura al mismo tiempo contemporánea y nacional.

Las grandes masas de los edificios de Teodoro González de León (1926-2016) y Abraham Zabludovsky (1924-2003) son parte de ese acervo al mismo tiempo tardomoderno y posmoderno con sus taludes y tableros en una materialidad ciclópea de concreto. Al mismo tiempo se convive con volúmenes que imitan a las misiones virreinales como el museo Quinta Real a espaldas del teatro Aguascalientes, revivalismos a su manera, abstractos y contemporáneos como el teatro o copias libres como el hotel.

Vecino a éstos se encuentra el INEGI, gran pirámide de concreto y vidrio, exótica para nosotros habitantes de Aridoamérica, pero que al mismo tiempo posee sencillez de composición de la arquitectura contemporánea. Anexa, la Biblioteca Emilio Alanís Patiño, un sencillo cubo de vidrio, desplantado sobre un zócalo de concreto que forma cuatro escuadras en planta que reproducen en alzado unos discretos taludes de reminiscencias prehispánicas.

En el caso de esas referencias históricas, la posmodernidad cuenta con un repertorio que empata bien con la sencillez de las líneas de la arquitectura actual solucionando la confrontación entre lo moderno y lo posmoderno pues en casos como éste, las características de ambos poseen una expresión similar en sus líneas. La biblioteca así como el INEGI son dos edificios que ilustran muy bien a los revivalismos posmodernos, uniendo en estos dos conjuntos, a la contemporaneidad y a la tradición prehispánica de una manera discreta pero contundente, sin menoscabo del espíritu heterogéneo de nuestra época y marcando una línea sobria con su composición geométrica que nos remite a momentos remotos.

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