Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Después de seis años de promesas, luego de infructuosas gestiones para repatriar a Tomás Cerón, años de mantener detenido ilegalmente sometido a una prisión preventiva inconstitucional a Jesús Murillo Karam, después de haber apoyado y luego revocado los trabajos del Grupo de Expertos Independientes, a pesar de la creación de una comisión ex-profeso que presidió Alejandro Encinas y habiendo sido bandera política del régimen de la Cuarta Transformación, ayer se agotó la paciencia y estalló la ira de los padres de los cuarenta y tres, luego de no haberles permitido el ingreso a Palacio Nacional a la homilía matinal del presidente y no haberles recibido un comunicado que pretendían entregar.

La grabación que en vivo realizaron algunos medios de comunicación del evento y que han repetido las redes sociales, muestra que duró muchos minutos, en que primero intentaron abrir la puerta de Palacio Nacional de la calle Moneda y finalmente la tiraron con una camioneta de CFE, que alguien abandonó, muestra también la incapacidad de diálogo del presidente, su sordera incurable, su intocable egolatría y su autovisión como infalible, inmaculado, inmarcesible. ¿Se acuerdan que entre algunas de las muchas ocurrencias incumplidas del presidente estaba la de designar a un gobernador de Palacio? ¿Quizás podría haber servido para atender crisis como ésta? Porque ni la encargada de atención a invitados, ni la secretaría particular, ni la no primera dama, por cierto ¿seguirán casados?, ni la secretaria de Gobernación y ahora, que ya dejó de ser su representante ante el Poder Judicial, el ministro Lelo, no hubo nadie, literalmente nadie que los atendiera. La recepción fue una oleada de gas pimienta y una inesperada puerta metálica que no pudieron franquear. Desconsolados se retiraron a planear nuevas estrategias para ser recibidos por el presidente.

En la mañanera, una reportera preguntó al presidente si recibiría a los padres de los 43, y cuándo los recibiría. «Claro, claro, los voy a recibir, en unos quince días cuando tenga más información». Sí, sí, como al presidente le gusta, sin ponerle ni quitarle una coma. El presidente hizo una promesa antes de su elección, ya como presidente declaró que los «desaparecidos» serían objeto de una investigación de estado, que él presidiría y se haría acompañar por el fantasma Gertz Manero y por el ministro venal Lelo. ¿Qué más información podrá juntar en quince días que no haya recopilado en sus cinco años al frente del gobierno?, ¿Pensará integrar otra comisión como la de Encinas, que tras años de trabajo repitió la verdad legal de Murillo Karam?, ¿Estará tramando reintegrar la ilustre comisión de expertos extranjeros que a nadie convencieron y a nadie dejaron contentos?

En una vieja película «Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha» se plantea el escabroso tema de la «razón de estado», un alto funcionario del ministerio del interior de Italia comete un crimen que, finalmente, confiesa ante su jefe. Éste le ordena: Por la seguridad del país tú no pudiste haberlo hecho, grábatelo bien y sal a buscar un responsable. En rigor no creo que obre la razón de estado, pero sí la «sinrazón» presidencial, de la cual nos ha dado muestras repetidas, cada vez más seguido y más graves. Realizar una investigación de la magnitud de la de Ayotzinapa de por sí implicaba una serie de condicionantes graves, pero cuando la investigación implicó la actuación de los compadres de López Obrador (presidente municipal y su esposa), de las policías estatales, municipales y del Ejército, con la presencia adicional de García Harfush, favorito de García Luna y ahora paje de la Shiquitibaum, se convirtió en un auténtico nudo gordiano. De pilón la investigación de la PGR de Murillo Karam, que dejaba abiertas líneas de investigación hacia el ejército, hacia grupos políticos untados con narcos, y hacia corporaciones policíacas corruptas, resultó una piedra en el zapato que López Obrador se sacudió metiéndolo en prisión preventiva, con la colaboración, sin duda, de los supuestamente autónomos fiscal y presidente de la Corte.

Chucho Murillo sigue en prisión con una endeble acusación, con violación de sus derechos humanos en la aprehensión, conservándolo en un centro reclusorio dada su edad y condiciones de salud. Si a López Obrador ya se le había hecho bolas el engrudo, pese a algunas notas trazadoras para desviar la atención, como aquella de haber encontrado restos que no estaban en el basurero, es cierto, pero se encontraron a 80 metros del lugar. Enredado también por no haberse recurrido en todos los casos al laboratorio de Innsbruck. Maniobrado o pialado él mismo por haber exculpado al Ejército de posibles responsabilidades y de pilón con las recientes matanzas en Guerrero en que se volvieron a deshacer de los cadáveres en lo que dijeron era una forma imposible. Ahora, todos a través de los noticieros y en las redes sociales vimos el asesinato y la consunción de los restos en una «imposible» pira, que como decía el Vate Aguirre y Fierro «eso no es cierto, pero sucede». Hoy mismo se anunció que un subsecretario de la, de hecho, sub-secretaría de gobernación con su florerito al frente, atenderá a los quejosos, pero no el presidente.

¿Cuántas más puertas rotas habrá que presenciar para que les atiendan? ¿A las madres buscadoras de sus hijos desaparecidos?

¿A los padres de los niños con cáncer?

¿A las mujeres que se manifestarán otra vez este 8 de marzo?

¿A los burlados trabajadores de Mexicana que se encontraron con que no se rescató una empresa sino se inventó otra?

¿A los 30 millones de usuarios del seguro popular que se quedaron sin atención médica?

¿A los millones de adultos y de niños que carecemos del mínimo de vacunas reglamentarias?

Y, etc., etc.. No habrá bastantes puertas que derribar ante la tozudez, el despotismo, la satrapía de este aprendiz de dictador, que juega con las necesidades, las carencias y lo que es peor con los derechos del pueblo. Recordando a Cicerón: ¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia?