Por J. Jesús López García

En el siglo XVI, Michelangelo Buonarroti (1475-1564), gran arquitecto, escultor y pintor plenamente reconocido, y ya entrando en la última etapa de su vida comentaba que los arquitectos jóvenes de ese momento se interesaban más en crear formas extrañas y originales que en hacer buena arquitectura. Estaba ganando terreno ese lapso tardío del Renacimiento que se conoce como “manierismo” que era la manera -“maniera”- personal de interpretar aquellos cánones y composición equilibrada que caracterizó al periodo renacentista.

Curiosamente la “maniera” personal de hacer las cosas tuvo en el mismo Miguel Ángel a uno de sus primeros promotores pues la manera de hacer arquitectura y arte del maestro se convirtió en un hecho que los más jóvenes querían emular. Desde el manierismo se sentaron las bases del aún más libre y exuberante estilo barroco durante el siglo XVII que luego fue sometido en el XVIII por el nuevamente equilibrado Neoclásico.

Esos episodios no fueron novedad, si bien iniciando el Renacimiento se repitieron cada vez con más frecuencia hasta llegar a nuestros días; es decir, la modernidad trae consigo ese afán de cambio que conlleva el deseo de progreso que no es otra cosa más que la manifestación objetiva de la etérea modernidad.

La arquitectura, disciplina milenaria, que fue decantándose a través de siglos probando y modificando técnicas constructivas y empleo de materiales, que fue consolidándose en su práctica a través de la repetición de modelos. Forjó tradiciones cuyas alteraciones no son tan perceptibles como ejemplo, en muchas de las formas de los templos que aún poseen un aire sacro como los frontones usados desde la Antigüedad y que vemos repetirse incluso en edificios laicos de fuerte carga representativa.

Después de cientos de años, al tenerse nuevas necesidades urbanas y de ocupación arquitectónica, en el siglo XVIII y sobre todo en el XIX, los arquitectos se encontraron de pronto “liberados” de convenciones formales derivadas de elementos y procedimientos de construcción tradicionales. Ello comenzó a generar nuevos tipos de edificios para actuales maneras de habitarlos, a ellos y a la ciudad.

No es fácil desprenderse de las convenciones y menos las que atañen a objetos que tienden a permanecer por mucho tiempo en existencia, y que además representan en buena medida a quien propulsa su construcción, la planea y lleva a cabo. Por ello, habrá habitantes que quieran mostrar su pertenencia a lo que considera novedoso y de vanguardia, pero también habrá otros que consideren las convenciones del pasado son ligas hacia tiempos que habiéndose ido, aún poseen buenos motivos para estar presentes.

En México tras la definición de un “espíritu nacional”, se abrevó de formas arquitectónicas pretéritas para buscar en ellas ese espíritu que en el cuerpo intelectual de José Vasconcelos se manifestaba o bien en formas de origen virreinal o bien, en las referentes al pasado prehispánico. En ocasiones se confundieron con las del eclecticismo del siglo XIX y en muchas otras se unieron pragmáticamente con las de la modernidad, manifestándose éstas en el uso de materiales contemporáneos como el acero o el concreto, disimulados ambos materiales en aplanados o tras marcos adornados a la usanza tradicional.

Un testimonio de lo anterior es la finca ubicada en las calles de la Alameda en su esquina norte con 28 de Agosto. Edificación de tabique con una volumetría atrayente articulada en una composición en escuadra con formas rectas y alabeadas y rematada en una cornisa almenada; no se alinea al paramento de la calle como en la casa tradicional, y aunque se adivina el uso del concreto, no se aviene a los estilos de la modernidad que ya se estaban aplicando en su momento. Es pues un edificio nostálgico que sirve de testimonio a un episodio de cambio en la primera mitad del siglo pasado.