74. Edificio en 5 de MayoUna conseja popular dice que el abandono acaba con cualquier objeto de una manera más implacable que su uso intenso. Ello en el caso de la ciudad es tristemente aplicable, probable y demostrable. Del edificio a la ruina y de la ruina al terreno estéril hay dos pasos. Naturalmente la velocidad de los dos pasos depende de la magnitud de la finca, ya que a más grande inmueble corresponde una importante cantidad de tiempo para su degradación en ruina y baldío; pero también puede apreciarse que a una obra grande le sigue en su desgaste unos vestigios enormes y de ahí un gran baldío.

Se agrega a lo anterior la situación espacial para amplificar los efectos de ese deterioro, pues al igual que la implosión de una estrella, el edificio en proceso del daño extiende sobre su entorno como un agujero negro, la descomposición urbana del lugar. Los límites de lo público y lo privado empiezan a difuminarse primero con la invasión de la fachada con pintas, acumulación de carteles y mugre, luego vidrios rotos y secciones de muros colapsadas que atraen a nuevos usuarios que inician una ocupación irregular del sitio a la penumbra de la clandestinidad.

A menudo transitamos frente a fincas que en su desocupación muestran los estragos del desgaste inicial; ventanas tapiadas de por medio para dilatar un fenómeno que de seguir la inercia termina por absorber de manera destructiva el tejido urbano. Estos ejemplares se manifiestan de forma ambigua con perfiles vagos, usos indefinidos y una ostensible indolencia de mantenimiento, sin embargo, a su potencial como agentes de descomposición urbana, se une su opuesto: el potencial para recomponer un tejido urbano dañado por el paso del tiempo, la especulación inmobiliaria, la falta de imaginación para idear nuevos usos para los inmuebles y otros muchos accidentes que de manera natural van presentándose sobre la constitución física de toda ciudad.

Reutilización, reciclaje y restauración son algunas de las acciones de conservación arquitectónica que pueden acometerse sobre esas fincas, pero lo primero es fomentar su consideración. Aprecio que inicia con el interés, quitar la cáscara postiza que esconde de la vista tantos edificios, haciéndolos invisibles y propensos por tanto a su paulatina desaparición física, no sólo visual. El mirar con buenos ojos a las obras en esta situación se complementa luego con el conocimiento.

Todo edificio tiene la fuerza de un testimonio. Manifiesta su época, “habla” de sus dueños, de sus ocupantes, de su momento y cambios sociales, económicos y políticos que han acompañado su existencia, y ello, por no hablar de sus características espaciales y arquitectónicas, que por sí solas, les hermana con muchos otros casos contemporáneos de diversas dimensiones, calidades y jerarquías.

Fomentando el conocimiento inicial por lo que nos es propio, en desuso, los inmuebles pueden ser sometidos a tareas creativas que no sólo atañen a los arquitectos. La arquitectura debe ser avalada por la experiencia colectiva para así certificar su función; teniendo ello en cuenta, la ocupación de viejos inmuebles antes deshabitados incentiva un entorno dinámico alejado de la indolencia gradual que erosiona grandes zonas de la ciudad. Dueños, usuarios, autoridades o simples transeúntes, somos actores que participamos en el mismo bando.

La inversión que apoya la creatividad en los procesos de reocupación de esas fincas debe ser promovida e incluso estimularla, de esa manera pueden adquirir vida porciones de ciudad actualmente ociosas y propensas, en su abandono, a contagiar de su mal a los inmuebles vecinos.

De acuerdo a las políticas de densificación de ciudades como la nuestra, que conlleva en términos coloquiales saturar los huecos que hay en la mancha urbana partiendo de su centro hacia la periferia. El rescate de la arquitectura en estado latente de abandono es una estrategia para frenar, paliar y prevenir el deterioro urbano, preservando a la par la memoria urbana de una sociedad que en sus edificios establece el soporte espacial sobre el que el transcurrir del tiempo va hilvanando su tejido.

De calidades diversas, los edificios que ya han soportado de manera probada los cambios del tiempo y que todavía en pie, pueden seguir alojando en sus espacios cualquier ápice de actividad humana que pueda reactivar una economía particular o la de una zona de la ciudad, y devolver algo de brillo a un semblante urbano cada vez más opaco para al mismo tiempo continuar generando evocaciones en la memoria de los habitantes acaliteños, ayudando a mantener sus múltiples significados. La finca ubicada en el paramento noroeste de la calle 5 de Mayo, un edificio antes de llegar a Larreategui, es un magnífico ejemplo de lo escrito; en días pasados fui testigo de la demolición de la marquesina al pasar frente a la finca.