Luis Muñoz Fernández

Vacaciones de Navidad. Es tiempo de reordenar la biblioteca. A los libros que fueron sacados de su estante para consultarlos y disfrutarlos sin regresarlos a su lugar, se agregan libros nuevos y todos forman pilas sobre las sillas, los sillones y la mesa del estudio-biblioteca. La saturación y el desorden nos alejan de ese espacio para reflexionar, leer y escribir que ahora se ha vuelto un almacén de libros.

Mi madre, lectora ávida (también lo fue mi padre), me decía con cierta frecuencia: “Hijo, el saber no ocupa lugar”, animándome a emprender algún curso o a estudiar cierta materia. Lo que no me aclaró es que los libros sí llenan un espacio que llega a competir con el nuestro. Además, uno adquiere publicaciones, sobre todo revistas, que, con el tiempo, pierden vigencia e interés, amontonándose silenciosamente.

Reordenar la biblioteca, si se hace con calma, es un buen ejercicio de introspección. Con las revistas (y algunos libros) que ya no volveremos a leer, pero que ocupan un espacio precioso y necesario –la vida sigue y se adquieren nuevos volúmenes–, se impone la necesidad de deshacerse de ese lastre. La decisión no es fácil pero debe llevarse a cabo para volver a tomar impulso: para renacer.

De esta manera le vamos dando una nueva forma a nuestra biblioteca para ir configurando el legado que dejaremos a nuestros hijos. Ellos la llamaron alguna vez “la biblioteca mágica”, porque de ella emergían como por encanto los libros que les ayudaban a realizar sus tareas escolares. Hoy son consumados lectores y seguramente seguirán la tradición familiar de mantener una biblioteca viva como parte esencial de sus hogares presentes y futuros.

Al reordenar la biblioteca nos reinventamos. Abandonamos viejas y queridas certezas, abrazamos ideas nuevas y, de esta manera, también le damos un nuevo sentido a nuestras vidas. Esa flexibilidad nos mantiene abiertos al mundo. Cada lectura puede ser la oportunidad de roturar nuevos surcos en nuestro propio ser para que, sin importar la edad, sigamos cultivándonos.

El verdadero significado de “culto” debería ser “el que siempre se cultiva”. Con frecuencia pensamos que cultura es sinónimo de erudición, de posesión codiciosa y presumida de dogmas, conocimientos, visiones preconcebidas y destinos turísticos. Contra esa idea cerrada y autocomplaciente de la cultura (“cultura de escaparate”), propongo la de una curiosidad siempre insatisfecha, en constante evolución.

Comentarios a : cartujo81@gmail.com