Tarde ha llegado a mis manos el libro del Dr. Alberto Lifshitz, y digo tarde, porque la Academia Nacional de Medicina como parte de sus festejos de aniversario en el año 2014, decidió la publicación de una serie de libros entre los que está “La nueva clínica”, libro que me resultó extraordinario y además vigente, pues consigue un análisis amplio, profundo, seguramente muy meditado no sólo de la clínica sino del ejercicio de la medicina.

Y es que hoy día la responsabilidad médica se ha convertido en un tema muy preocupante en función de la multiplicación del número de reclamaciones, pero también por las consecuencias que provocan y que acaban afectando la relación médico-paciente. En términos generales, podemos decir que la responsabilidad profesional médica es la obligación que tienen los médicos de reparar y satisfacer las consecuencias de los actos, omisiones y errores voluntarios e incluso involuntarios dentro de ciertos límites cometidos en el ejercicio de la medicina; pero este ejercicio ha sufrido una trasformación considerable, de tal manera que se ha dejado de ejercer una medicina descriptiva y contemplativa para ejercerse una medicina activa y de toma de decisiones. Y el médico, dice Lifshitz, es un tomador de decisiones en condiciones de certeza, de riesgo, de incertidumbre. Sepa usted que una decisión médica no es poca cosa, siempre tendrá una connotación técnica y una ética, ésta revestida de complejidad y variables, porque en cada decisión el médico se juega parte de la vida, la profesional sobre todo. Bien vale la pena detenerse a reflexionar y pasar por el tamiz de la razón todo el conjunto de alternativas para acceder a las decisiones que el médico debe asumir en relación con el paciente y no solo guiarse por el ojo clínico y la intuición, minimizar los riesgos médico legales.

Así como resulta socialmente imposible concebir a un médico carente de vocación altruista, respeto profundo a lo humano, sentido solidario o inclinación benevolente, así mismo en la actualidad resulta ingenuo por parte del médico no reconocer el empoderamiento del paciente para preservar su salud y atender sus enfermedades, lo que supone un tipo de paciente diferente al tradicionalmente obediente procesador de las órdenes del médico: aunque en esencia siga siendo sufriente o padeciente, es consciente de sus derechos; no obstante, su responsabilidad no se puede soslayar. Derechos que van en relación con los cambios de nuestra sociedad, la que demanda, la que organiza, la que presiona, la que denuncia y la que reclama.

La evolución de la práctica médica ha recorrido opuestos y drásticos caminos, el médico actualmente se debate entre la tradición y la modernidad, entre lo que aprendió en la escuela y lo que le enseña la vida, la pericia, el ensayo y el error, entre sus propias necesidades y la de sus pacientes, entre su enfoque y el del propio enfermo y su familia, entre las recomendaciones frías y las necesidades afectivas de los pacientes, en el dilema siempre de haber tomado las mejores decisiones en el momento oportuno. Y es que el fundamento de la práctica clínica siempre ha sido la relación médico-paciente, que supone principios y valores que comparten ambos actores, no de una confianza frente a una conciencia sino de la confianza y de la conciencia, ya que de manera explícita o implícita cada uno tiene derechos y obligaciones.

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