Reflexiones

Por J. Jesús López García

Nos acostumbramos muy rápido a ciertos cambios. Un escritor del romanticismo alemán comentó en algunos de sus textos que hasta el atardecer más hermoso nos cansaría si durara un día. Y ello, con la ciudad ocurre de manera constante pues hasta la edificación más espectacular, el edificio más inédito, más atractivo o hasta el más feo van constituyéndose como parte del paisaje urbano hasta fundirse con él, y a partir de ahí, asimilarse como un objeto cuya permanencia en el tiempo pareciese ser tan duradera como los cerros mismos.

Claro está que hay construcciones que han acompañado a la humanidad por siglos, incluso por milenios, pero la mayor parte de los edificios en el mundo tienen una vida inferior a los cien años y menos, en estos tiempos en que la utilidad y permanencia de un inmueble está sujeta a su potencial en materia de rentabilidad.

Aun así, existen ciertos lugares de Aguascalientes como sitios con sus construcciones originales, con la presencia de las más recientes, muchas de las cuales ya se remontan a varias décadas atrás. Como ejemplo, la calle Vicente Guerrero casi en su esquina con la calle Venustiano Carranza, a pocos metros del templo del Rosario -La Merced-, edificación del siglo XVIII cuya torre original derribada por un rayo fue reconstruida en estilo neogótico en el siglo XIX, lo mismo que el arco poli lobulado de su atrio: hasta los edificios vetustos no son como eran originalmente.

El templo del Rosario con su portada en estilo barroco churrigueresco de dos cuerpos y remate, con tres entrecalles formadas por columnas estípites, contrasta por jerarquía, forma y estilo con su entorno inmediato, incluido el templo del Sagrario -El Conventito-, realizado en el siglo XIX también en estilo neogótico y sin atrio. Por la calle Guerrero, vía estrecha que remata justo en la portada majestuosa del templo, se aprecian edificios del siglo XVIII y del siglo XX realizados en diferentes codificaciones estilísticas; los hay de vanos verticales, que aunque en ladrillo, todavía se asemejan a aquellos antecesores suyos realizados en adobe y piedra. También al extremo derecho de la vista hacia el norte de la calle, de estilo internacional con su forma recta, anchos ventanales y amplia marquesina y alguna licencia en sus elementos curvos sobre la fachada.

Haciendo memoria del estado original de algunos sitios de nuestra ciudad, de pronto aparecen en escena los edificios que han ido acompañando a las viejas fincas a través de los siglos, y nuestra ciudad, es como una urbe viva donde se sobreponen arquitectónicamente sus múltiples tiempos históricos.

Hay un libro muy interesante del ilustrador Richard McGuire (1957), donde diseña una serie de páginas donde parece captar en una sola toma fija un espacio determinado, y sobre el que idea una sobre posición de viñetas donde aparecen escenas que ocurrirían a lo largo de miles de años en el mismo espacio, desde el paleolítico hasta un futuro post apocalíptico. El libro es muy interesante pues las historias que capta en esas viñetas de ese mismo espacio, narran el transcurrir del tiempo en un mismo sitio, y eso lleva a reflexionar que lo mismo ocurre en las vías de las ciudades y con más intensidad en aquellas calles donde los edificios provienen de siglos diferentes pues añaden más diversidad al tipo de historias que la misma arteria podría contar.

Nos hemos habituado a observar la ciudad que tenemos como si siempre hubiese estado así, a pesar de que observamos que nueva construcción toma cuerpo ante nuestros ojos; incluso si los edificios más viejos desapareciesen, en pocos años nos familiarizaríamos a un paisaje urbano sin ellos. Y eso produce otra reflexión sobre la fragilidad de las obras arquitectónicas, que a pesar de resistir incluso cientos de años a la fuerza de gravedad, pueden ser destruidos por causas muy variadas y quedar en el olvido.

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