Por J. Jesús López García

En La vida instrucciones de uso (1978), de Georges Perec (1938-1982) produce una serie de viñetas protagonizadas por personajes que tienen como un escenario vital común, un viejo edificio de apartamentos en París. Toda la variedad de experiencias a través de tiempos diversos, la multiplicidad de apreciaciones de ellos y las relaciones que sostienen con más personajes fuera del edificio, tienen en éste el epicentro de esas experiencias y relaciones.

En esta novela el edificio es parcialmente descrito, pero siempre en el texto, se manifiesta como un actor principal que acompaña al resto de los personajes y en cierta medida, así son muchos de los inmuebles que nos van acompañando a lo largo de la existencia. Naturalmente hay edificios donde su capacidad mnemotécnica está fuera de duda, y es que aunque subjetiva, les asiste el poder de alguna circunstancia: en donde jugábamos de niños, donde nos casamos, en donde falleció un ser querido, esos son espacios que se vuelven gozosos o penosos, pero por lo mismo siempre entrañables. Hay ámbitos en donde se reconoce la comunidad como tal e impersonales como pueden parecer, son finalmente los edificios que les contienen, objetos en torno a los que se van hilvanando historias que propician una sola memoria colectiva.

En la urbe que habitamos hay sectores en que conviven tiempos arquitectónicos que se remontan al menos cuatro centurias; los hay también que reúnen inmuebles de los últimos 100, y existen también donde se dan cita fincas de los recientes 40 años. Para quienes viven o visitan el centro de la ciudad de Aguascalientes y además superan las cinco décadas de vida, se encuentran con una zona de la mancha urbana que ha cambiado radicalmente en el último siglo. Ciertamente hay vestigios de tiempos ya muy pasados, pero también están presentes los primeros modelos que dieron forma a una arquitectura contemporánea que aún se sigue produciendo, y también se manifiesta el cambio de modelo de asentamiento que partiendo de un estado semi-rural apenas hace 150 años, ha terminado por cambiar a plenamente urbano.

Es grato caminar por el centro de la capital aquicalidense y reconocer rincones y edificios que si bien no siempre fueron parte de nuestros recuerdos de vida, sí los reconocemos como parte de una “familia” urbana que nos remite a un Aguascalientes aún vivo y en pie -si bien no sabemos por cuánto tiempo, ante el empuje especulativo del mercado inmobiliario, situación que remata la novela de Perec-.

Por lo anterior, traemos a colación una finca ubicada en la calle Ayuntamiento donde remata la calle Mujer Mexicana llegando por Madero. El inmueble hace esquina con la privada Castorena en un trazo urbano orgánico que recuerda una zona que hace tiempo todavía contaba con huertas y establos pero que desde ese momento adquirió una densidad constructiva eminentemente urbana. La casa en sí es muy sencilla y obedece en sus rasgos modernos que en arquitectura se basa en una composición ortogonal cuya variedad se manifiesta en un juego de volúmenes situados de manera diversa en su paramento, con alturas variadas y construida con ladrillo y cerramientos de concreto que facilitan vanos más amplios y numerosos. Cuenta con “garaje” y tiene una disposición más cercana al chalet anglosajón que a la casa tradicional de patio. Por el avanzado estado de deterioro, es evidente que tiene muchas décadas de antigüedad, por lo que podemos tomarla por “vieja” y es por ello que despierta  recuerdos de tiempos pasados de una fracción de Aguascalientes que a fuerza de un crecimiento vigoroso termina reduciendo a dicha parte, en fragmento.

Al final se ha dado una descripción arquitectónica y urbana a partir de los recuerdos vagos y personales, seguramente que los vecinos inmediatos de ese zona, y sobre todo quienes han habitado esa casa, tendrán remembranzas más íntimas y por lo mismo, mucho más valiosas.

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