Por J. Jesús López García

97. Horno de la Gran Fundición Central MexicanaTal vez lo más triste de un deceso es la posibilidad del olvido, de ahí que exista una pulsión muy humana a realizar un sinfín de actividades con mira a una pretendida trascendencia que conjure el casi imperceptible, pero a la vez implacable crecimiento del vacío en la memoria.

Los monumentos actúan como una especie de mojoneras en la cartografía virtual de la memoria. La palabra monumento, del latín monumentum, tiene como sufijo –mentum y la raíz men-/mon-, presente en el verbo monere (recordar), por lo que este tipo de construcción arquitectónica tiene como principal utilidad no tanto preservar la imagen o representación de una reliquia o de algún personaje -como los grandes sepulcros de las pirámides egipcias o el Taj Majal de los mogoles de la India-, sino el de la memoria; otros menos impactantes como las efigies, inscripciones y un vasto etcétera que permita la cultura que lo origine. Sin embargo en todas las civilizaciones humanas al margen de las dimensiones, materiales y formas posibles, buscan la evocación de alguien o algo que ya no existe más en este mundo o en proceso de desaparición.

Desde la óptica más radical del Movimiento Moderno, el monumento era un tema arquitectónico que debía abandonarse, cuando no destruirse, pues en su lógica progresista todo pasado era nocivo, por tanto no sujeto a admiración o recuerdo. Más eso se atemperó después de la Segunda Guerra Mundial, y los mismos maestros modernos que en la década de los veinte o treinta renegaban de los monumentos, empezaron a practicar de manera más consciente la monumentalidad en sus edificios, posterior a lo que ocurrió en ese episodio convulso de la Historia, por simple ética <<debía>> ser recordado, y con él muchos sucesos más.

Al igual que una lápida, el recuerdo aunque doloroso, es un ejercicio que en el caso de su referencia a episodios compartidos por una comunidad, sirve para componer la memoria de todo un grupo. Una sociedad sin memoria, parafraseando a Santayana, es proclive a repetir su historia. En la vieja práctica donde la construcción con materiales duraderos era reservada sólo para los edificios de importancia social, los monumentos -que se encuentran en ése nivel jerárquico-, se concebían y cuidaban. Su ubicación era primordial pues ella potenciaba el impacto de la obra, o bien por sí misma constituía el motivo del monumento, como el templo del Oráculo de Delfos, erigido en el sitio donde el mito colocó a Apolo matando al monstruo Python, o el Templete de San Pietro in Montorio, obra del arquitecto Bramante (Donato d’Angelo Bramante) en la ciudad de Roma, encargado al arquitecto renacentista por los Reyes Católicos, elaborándose en los primeros diez años del siglo XVI para conmemorar la Toma de Granada que tuvo lugar casi veinte años atrás.

En la actualidad encontramos por doquier vestigios de acontecimientos pretéritos y que debido a la sobrecarga de información que nos rodea, pueden -aunque no siempre se hace- catalogarse con una precisión histórica y material inédita. Si a lo anterior se agrega que por la naturaleza de la construcción contemporánea un edificio alzado para un uso temporal puede resistir muy bien el paso del tiempo, podemos disponer de viejas estructuras representativas de un suceso, de un instante o de un fenómeno del cual formó parte, para diseñar un monumento sin todos los cánones arquitectónicos de los casos citados, pero si con el espíritu de potenciar la memoria de una colectividad, enriquecer su identidad, señalar fortalezas o exponer áreas de oportunidad y ordenar los ejes de sus valores como sociedad.

En Europa, por ejemplo, los campos de concentración del nazismo son monumentos realizados a partir de una arquitectura fabril, que por las condiciones de sus fines últimos se presentan como monumentos, que más que conmemorar, confrontan al visitante. Las referencias del último son necesarias para la comprensión de un elemento arquitectónico que de otra manera no sería tan impactante.

Por su parte, en Aguascalientes, los monumentos además de los evidentes-como la columna de la Plaza de Armas, terminada en 1805 y que en su cúspide llegó a soportar la efigie de Fernando VII, a la sazón Rey de España y de sus colonias de ultramar-, se han constituido otros a partir del ejercicio moderno de apropiarse del objeto para establecer un diálogo con algún evento específico. Tal es el caso del horno que la antigua Gran Fundición Central Mexicana de la American Smelting and Refining Company (ASARCO) -en ese entonces propiedad de la familia Guggenheim-, dejó en pié al poniente de la ciudad. Su forma contundente obedecía a su funcionalidad industrial, sin embargo no deja de semejarse, en su fuerte expresividad, a los siniestros monumentos dedicados a los soldados alemanes muertos en combate del arquitecto hitleriano Paul Ludwig Troost, o a las oscuras estructuras que Piranesi ideó para las Cárceles de la Invención.

Es conveniente mencionar que un monumento se erige o se constituye para una comunidad, pero cada individuo encuentra en él los motivos para el recuerdo o el olvido, situación que se requiere considerar desde hace décadas en nuestra ciudad aguascalentense, pues día a día, la balanza se inclina más hacia el segundo.

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