Luis Muñoz Fernández

Tal como Porter pudo ver de cerca (quizá desde tan cerca como cualquier otro miembro del personal, excepto Hope Hicks), la elección de Trump había reavivado la división del país […].

Porter se preguntó si intentar reparar alguna de estas divisiones después de Charlottesville no era casi una causa perdida. Ya no había vuelta atrás. Trump había cruzado un punto de no retorno. Para los opositores y enemigos de Trump, era un antiamericano, un racista. Ya había mucha leña en ese fuego, y Trump había echado mucha más. El fuego iba a arder, e iba a arder con fuerza.

 

Bob Woodward. Miedo. Trump en la Casa Blanca, 2018.

 

Hoy vivimos un apogeo del racismo y del odio a lo diferente en varias partes del mundo, espoleados por la crisis económica y las migraciones de miles de seres humanos que huyen del horror de sus propios países y que buscan un mejor futuro más allá de sus fronteras.

Ante esta situación, cobra especial relevancia lo que dice el filósofo español Emilio Lledó en las primeras páginas de Memoria de la ética (Taurus, 2015):

Fue como el privilegio de la mirada. El descubrimiento de que el instinto de protección para el propio cuerpo, para la propia vida, tenía que completarse en el aprendizaje de las formas de relación hacia los otros.  Una superación, en el espacio de lo colectivo, de los límites marcados por el egoísmo de la naturaleza. […] Y que ver es, sustancialmente, aceptación e incluso sumisión a la alteridad. Una alteridad que, sin embargo, no nos transforma en otros sino que nos conforma, más intensamente, con nosotros mismos. Ver, pues, como una forma de saber. Y saber, como una forma de existir, de ser.

El pasado viernes 18 de enero de 2018 coincidieron sin haberlo planeado tres grupos humanos disímbolos junto al monumento a Abraham Lincoln en Washington: un grupo de jóvenes blancos alumnos del Covington Catholic High School que se manifestaban en contra del aborto y que portaban cachuchas rojas con la leyenda Make America Great Again, el eslogan de Trump durante la campaña presidencial; otro grupo formado por nativos americanos que protestaban por las injusticias que sufren los indígenas, y miembros del grupo denominado Israelíes Negros Hebreos (un movimiento de odio, supremacista y polígamo, según lo tiene registrado el Southern Poverty Law Center) que protestaban por varias cosas.

Una filmación de lo ocurrido ha circulado profusamente en los medios de comunicación y las redes sociales. Como se dice ahora, ese video se hizo viral. En estas imágenes se observa cómo Nathan Phillips, un anciano de la tribu Omaha y veterano marine, toca el tambor mientras baila y entona los cantos rituales de su pueblo, rodeado por los jóvenes que se burlan de él y uno de ellos, a escasos centímetros de su cara, lo mira sonriendo con lo que parece ser un gesto de suficiencia.

Según el periódico El País, en una nota firmada por Amanda Mars este miércoles 23 de enero (https://elpais.com/internacional/2019/01/22/estados_unidos/1548194354_888574.html), “el anciano cuenta que los chicos habían estado gritando previamente consignas como Construye el muro–el gran lema de Trump contra la inmigración irregular– y Vuelve a tu reserva, algo que también mencionan unos testigos citados en un artículo de The Washington Post pero que los vídeos no recogen”.

No es todo lo que ocurrió. El grupo de los Israelíes Negros Hebreos estuvo insultando a los jóvenes blancos y católicos con las palabras “racistas, maricones, ratas blancas”. El joven de la fotografía publicada por El País, de apellido Sandmann, asegura que desde entonces ha recibido amenazas de muerte y su escuela decidió cerrar ante las manifestaciones de protesta que se convocaron frente a sus instalaciones. Como colofón, en una de sus características incontinencias verbales, el presidente Trump publicó en Twitter: “Nick Sandmann y los estudiantes de Covington se han convertido en símbolos de los medios mentirosos y cuán ruines estos pueden ser. Han captado la atención del mundo y sé que aun así lo usarán para hacer el bien, quizá para unir a la gente. Empezó como algo desagradable, pero puede acabar como un sueño”.

Todo ello muestra el ambiente de polarización y crispación social que hoy se vive en los Estados Unidos. Convulsión alimentada por los explosivos tweets presidenciales.

Ese educar “el privilegio de la mirada” para reconocer a los otros del que habla Emilio Lledó y que Josep Maria Esquirol, otro filósofo español, llama “la mirada atenta” (que es un ejercicio de respeto), no es tarea fácil. Y mucho menos cuando los otros provienen de una cultura distinta. Cuanto más diferente, más difícil es aprender a reconocerla. Hablando de los nativos americanos como Nathan Phillips, el abismo que nos separa de sus tradiciones y visión del mundo es amplia y profunda. Tampoco sorprende que el joven Sandmann no entienda al que tiene enfrente: fiel su admirado presidente, se regodea en su ignorancia.

Debería ser un deber acercarnos y tratar de entender a los pueblos aborígenes. Nos son relativamente familiares los mesoamericanos, pero quienes poblaron originalmente lo que hoy son los Estados Unidos de Norteamérica nos resultan profundamente enigmáticos. “¿Qué son los indios?”, se pregunta Thomas Merton en Ishi (Pomaire, 1979). “Todo el mundo –y nadie– sabe lo que son”. Merton, monje cisterciense que experimentó el budismo zen, describe las fotografías que tomó Leroy Lucas a los indios shoshonis para ilustrar el libro del poeta Edward Dorn The Shoshoeans (1967): “Lucas descubre imágenes extrañamente diferentes de las que podríamos encontrar en National Geographic. No son fotografías en las cuales, de algún modo, se las arreglen para ignorar a los indios y tratarlos como si no estuvieran allí, haciéndolos desaparecer en un paisaje de tarjeta postal burdamente coloreado y en una vestimenta incomprensible. El señor aborigen tiene un rostro marcado por el sufrimiento, la ironía, el valor y a veces la desesperación: siempre con una belleza humana que triunfa en ocasiones de la degradación evidente”.

No pasó desapercibido para Merton un hecho que explica la visión del fotógrafo: “Tal vez la claridad de visión se explique por el hecho de que Lucas es negro y sabe lo que ve cuando se encuentra ante la gente a la que se ha excluido sistemáticamente de la vida y que sin embargo consigue mantenerse enteramente viva: al mismo tiempo presente y distante, acusadoramente separada y marginada y que, sin embargo, está ahí, y mucho”.

Varios decenios antes, John G. Neihardt, otro poeta norteamericano –tal parece que la única forma de acercarse a la realidad de los indios es la poesía–, publicó las palabras de Alce Negro (1863-1850), famoso curandero de los oglalas Iakotas al que había conocido en 1930 en la reserva de Pine Ridge (Dakota del Sur). Black Elk Speaks, publicado originalmente en 1932, ha sido traducido recientemente al español como Alce Negro habla. Historia de un sioux (Capitán Swing, 2018). Es una oportunidad para escuchar de viva voz lo que piensa y siente un indio americano. Dispongámonos a conocer en la segunda parte de este escrito lo que Alce Negro tiene que decirnos.

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