Ricardo Israel Sánchez Becerra 
Agencia Reforma

CDMX.- Si quiere prolongar la salud de su cerebro, ese órgano rector que prima desde su cabeza, agarre confianza y éntrele al albur.

Así lo plantea el psicólogo y terapeuta Juan Antonio Barrera, quien en Albur y Neurociencia (Ediciones Obelisco) ofrece una reivindicación científica de esta forma de expresión tan propia de la identidad mexicana.

“Practicar el albur es conectarse con la cultura, la ideología, la memoria (individual y social), las experiencias personales, los códigos de pertenencia a una nación, la política, la vida social, el placer, el aprendizaje, el sexo, la inteligencia”, expone Barrera en un volumen dirigido tanto a académicos como a albureros y albureados inadvertidos, y que se lee en dos o tres sentadas.

El también profesor e investigador de la UAM explica que participar en este juego de palabras con connotación sexual, para el que se requiere de un cerebro bien lubricado, puede ayudar a prevenir enfermedades degenerativas.

Esto es así porque el proceso de descifrar un albur, un chiste o cualquier juego de palabras implica la participación de diferentes zonas del cerebro, lo cual ofrece una estimulación constante.

“El cerebro, cuando es estimulado, genera dopamina -la dopamina es la hormona del placer-, y un cerebro que es juguetón, un cerebro que se vuelve creativo, es un cerebro que es como cualquier otro órgano que, si tú lo estimulas, es más difícil que se atrofie”, cuenta en entrevista.

Contrario al estigma que tacha de vulgar, inculto y ofensivo este duelo de ingenio cuya arma es el lenguaje, Barrera insta a tomarlo como un ejercicio lúdico que fomenta la convivencia, algo en lo que coincide el alburólogo y licenciado en arte y patrimonio cultural Rusbel Navarro.

“La televisión y los medios lo han hecho objeto de burla y nos han dado la visión de que solamente el analfabeta y el naco pueden alburear.

“Lamentablemente, si lo vemos del lado de ‘son insultos, son groserías’, pues lo que haces es hacerte a un lado”, precisa Navarro, uno de los ponentes del Diplomado en Albures Finos -esos que no requieren decir groserías ni ser prosaicos-, impartido desde hace varios años en la Galería José María Velasco.

Bajo el lema de “A más complejos, menos reflejos para entender o responder un albur fino”, este breve curso de antropología y lingüística del albur congrega a todo tipo de interesados en el ajedrez mental de la picardía: estudiantes, profesionistas, amas de casa, locales, foráneos y extranjeros; desde el más chico, molesto de ser albureado, hasta el más grande encajoso alburero.

A los beneficios del albur, expresión que incluye figuras retóricas como la metáfora, la metonimia, la paronomasia y la sinécdoque, Alfonso Hernández, director del Centro de Estudios Tepiteños y también ponente del diplomado, añade el desarrollo de la inteligencia emocional y del nivel cultural.

“A partir de un diplomado de éstos, la gente entiende la gran literatura y lo que está escrito entre líneas”, enfatiza el también cronista del Barrio Bravo.

Hernández considera que, a través de encontrar el sexo de las palabras -o el “eros pedagógico”- el albur puede derrumbar la prisión lógica de un pensamiento sometido desde la infancia para evitar llamarle a las cosas como son. “Es transgresor, pero con salivita”.

“Sí tiene su grado de malicia, pero es creativa, es lúdica, es generosa en ese sentido, porque por lo menos te permite el desarrollo personal”, exalta.

Así que, la próxima vez que en el trabajo, la casa o hasta en los tacos lo quieran agarrar mal parado -su motivo han de tener-, no deje que le entre por un lado y le salga por el otro: métase al juego, presuma su creatividad y afloje su albur más elegante. Su cerebro lo agradecerá.