65 años después, y los padres aún siguen ausentes.

Escribía el cineasta y ensayista Eric Rohmer en los indispensables Cahiers Du Cinéma hace varios años: “Consideramos a Nicholas Ray como uno de los más grandiosos -Jacques Rivette diría que el más grandioso, y yo gustosamente lo respaldaría- directores de la nueva generación de creadores cinematográficos norteamericanos de la posguerra…A pesar de su falta de pretensiones, él es uno de los pocos en poseer su propio estilo, su propia visión del mundo, su propia poesía, pues es un autor, un gran autor”.
Tal elogio se desprende por los apasionados relatos que Ray lucubró como guionista y director donde sus protagonistas sucumben a sí mismos, seres de barro que van moldeando su figura en las manos del destino que se labran según las acciones que detonan y sus decisiones tomadas, para bien o para mal, y ninguna ejemplifica esta postura antropocéntrica con tal gravedad dramática que “Rebelde Sin Causa”, obra puntual e iconoclasta de un cineasta que, al igual que el emblemático personaje retratado por el ahora mítico James Dean, llevaba un cúmulo de demonios a cuestas que solo podían purgarse expresándose sin tapujos. Ahora, en el espejo retrovisor de la historia, podemos apreciar el influjo que esta cinta ha tenido sobre el retrato de la adolescencia a posteriori hasta nuestros días después que el cine estadounidense previo a la Segunda Guerra Mundial sólo decodificaba a la juventud en celuloide mediante iteraciones naif como el atarantado y enamoradizo Andy Hardy interpretado por Mickey Rooney o esa arrabalería bobalicona e inocente que detentaban los East Side Kids o los Bowery Boys.
“Rebelde Sin Causa” teje complejas y ricas capas de lectura que atañen al psicodrama y lo Shakesperiano, pues todos sus personajes jóvenes padecen de algún magullamiento emocional rastreable hasta sus progenitores que hacen de esta producción, más que un seguimiento al torturado y reacio protagonista, una historia de padres ausentes e ineptos incapaces de aceptar el ingreso de sus hijos al mundo adulto. El hilo conductor lo provee Jim Stark (Dean), un adolescente con una madre despótica (Ann Doran) y un padre emasculado (Jim Backus) que se mudan constantemente ante la actitud problemática del muchacho. La tríada de familias emocionalmente dislocadas se complementa con Judy (Natalie Wood), una joven chispeante e inteligente que al asociarse con una banda de rufianes liderada por el ambivalente Buzz Gunderson (Corey Allen) pretende suplir el menosprecio sufrido por un padre que zozobra por la subyacente atracción sexual hacia su hija -elemento subrayado en una escena donde ella besa cariñosamente la mejilla de su progenitor recibiendo una bofetada a cambio y siendo amonestada argumentando conducta inapropiada- y un chico llamado John “Platón” Crawford (Sal Mineo) completamente desamparado que ve tanto en Jim como en Judy una familia sustituta, tal cual se muestra con fervor en el último acto de la cinta.
Nicholas Ray logra capturar todo el sentir de una generación en esta cinta, dotando al adolescente de una identidad cultural, lenguaje y rituales sociales que reflejaban los conflictos y los grados de confusión existencial, sexual y formativos padecidos por los herederos de una nación victoriosa y efervescente pero infectada por el virus de la insurgencia, una que se creaba ante la negación del legado paterno asumido heroico y perfecto. Lo que Ray logra en esta producción es mostrar dicho caldo de cultivo para revelarnos mediante carreras mortales de autos, tiernos besos acompañados de inseguridad sexual, tensión homoerótica tácita entre Jim y “Platón” y confrontaciones muy físicas entre padres e hijos que la nación estaba cambiando hacia rumbos oscuros y moralmente ambiguos, donde el pay de manzana sabía amargo y los líderes mostraron sus Talones de Aquiles (en un momento de la cinta, Jim camina plácidamente junto a Judy hasta llegar a su hogar y éste le pregunta si ahí vive, a lo que ella tajantemente responde “¿Quién vive?”, sentenciando una condición a la vez propia y simbólica de quien en ese momento veía la película).
“Rebelde Sin Causa” justifica su estatus de clásico debido a su discurso atemporal y universal, por lo que conmino al lector a verla no en una sala de cine como parte de un ritual romántico cinéfilo, sino en su hogar, donde la encontrará por diversas vías legales. El legado de Nicholas Ray permanece y esta cinta lo demuestra, incitando a formularnos una pregunta que permanece a 65 años de ser enunciada: “¿Dónde se encuentran los padres?”

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

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