Luis Muñoz Fernández

Una de las consecuencias del confinamiento al que nos ha obligado esta pandemia por el coronavirus, es la adopción de formas de trabajar y de relacionarnos que pertenecen a ese mundo, tan enigmático como atractivo para muchos, llamado realidad virtual.
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua la define como “representación de escenas o imágenes de objetos producidas por un sistema informático, que da la sensación de su existencia real”. La clave de la definición viene después de la coma.
Gracias al incesante bombardeo propagandístico de las virtudes, ventajas y beneficios de la realidad virtual, muchas personas no sólo la aceptan como un sucedáneo de la realidad actual, sino que se han convencido por completo de que es mucho mejor. Así, en la vida de una cantidad cada vez mayor de seres humanos, la realidad virtual está desplazando a la realidad actual. Incluso los hay que ya no saben distinguir una de la otra.
Desde luego que no podemos negar las ventajas que, en una situación de distanciamiento físico, tienen, por ejemplo, las reuniones virtuales mediante plataformas informáticas expresamente diseñadas para ello. Recientemente leíamos que el dueño de una de estas plataformas que usamos hoy con singular frecuencia, cuyo nombre empieza con la última letra de nuestro alfabeto, se está haciendo millonario.
No nos extraña: salvo algunas excepciones, como la de aquel santo anacoreta llamado Simón el Estilita (390-459 d.C.), que vivió 37 años trepado en lo alto de una columna, los demás seres humanos necesitamos comunicarnos constantemente con nuestros semejantes. Hoy, cuando nos recomiendan enfática y cotidianamente que no salgamos de casa, evadimos el bloqueo sin delinquir mediante la extraordinaria tecnología informática.
Varias escuelas y universidades han visto en ello la oportunidad de no interrumpir sus actividades. Algunas han hecho un esfuerzo considerable para “migrar” (¡sin moverse, que está prohibido!), a esta forma de impartir clases mediante teleconferencias. Como por ensalmo y con olímpico entusiasmo, grupos de apóstoles de lo virtual se han dado a la tarea de evangelizar a los viejos docentes analógicos. Y hacen votos para que esta situación se prolongue per saecula saeculorum.
Que se me perdone el desacuerdo, que seguramente refleja los estragos que la vida inflige a un cerebro añoso como el mío, pero no hay nada mejor que disertar en persona frente a quienes desean aprender lo poco que uno les pueda enseñar.

Comentarios a : cartujo81@gmail.com