Por J. Jesús López García

Al igual que un rostro humano, la ciudad posee rasgos que van derivando de su origen, del devenir del tiempo, de factores climáticos o eventos que van surcando con sus marcas los efectos de toda clase de sucesos. Una cara sin arrugas, sin manchas o imperfecciones es, o bien de alguien muy joven, o producto de alguna intervención correctiva que elimina esa manera que tiene el pasar de los años al dejar su huella. De igual manera la ciudad va dando cuenta con su arquitectura, sus calles y sus espacios abiertos en general, de una serie de factores que se van presentando y se prolongan en la fisonomía general de la mancha urbana o particular en algun sitio recóndito, pero que es un elemento importante dentro de la urbe.

Las calles se ensanchan, se reducen, se peatonalizan, cambian de pavimento, se llenan o vacían de árboles; los comercios se multiplican o decrecen, la vivienda que se refugia en los edificios que bien pueden sucumbir a los embates de los establecimientos que encuentran la ocasión de prosperar en diferentes momentos urbanos. Los materiales se ensucian, se erosionan o se cambian; las perspectivas se alteran o refuerzan, los accesos se clausuran o se amplían.

Sin embargo en toda la gama de posibles intervenciones la demolición es la más radical; la fisonomía se transforma por completo. A veces queda una cicatriz -como en el caso del Muro de Berlín-; en otras ocasiones un vacío -como en la Zona Cero, donde estuviesen las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York-, y en algunas circunstancias sólo queda la indiferencia.

Quien deambula frecuentemente por ciertos sectores de la ciudad aguascalentense está al pendiente, consciente o inconscientemente, de esos cambios sutiles o drásticos; en ocasiones son bien recibidos, en otros momentos duramente criticados, pero difícilmente pasan inadvertidos, aunque con el tiempo de nuevo, el desinterés termina por asentarse como la opción cercana a la resignación.

Quienes apreciamos la arquitectura, por ser arquitectos, por ser vecinos de los lugares transformados o por acompañar con imágenes de la ciudad los recuerdos que la vida va acumulando, experimentamos en algunas ocasiones la pérdida de ese fragmento de recuerdo que la imagen de un edificio puede propiciar. A aquellos que compartimos el gusto por la arquitectura -seamos arquitectos o no-, algunas intervenciones las percibimos de modo más determinante pues hay edificios que poseen un valor testimonial o plástico que se borra sin más del paisaje urbano, como si se retirase un tubo de albañal colapsado o un tramo de guarnición desportillada.

Cuando lo anterior ocurre, ese sentir o una pérdida no se desvanecen fácilmente. No obstante la comprensión de que los inmuebles tienen propietarios, están sujetos a usos cambiantes y su modificación o completa sustitución es una condición a la que cualquier edificio puede ser acreedor. Así que solamente permanecen para la posteridad algunas líneas y una representación gráfica a manera de testimonio de los fragmentos de ciudad que, tras convivir por más de cincuenta o más años con nosotros, quedan registrados aún por breve tiempo en las fotos del «street view» de Google Maps antes de esfumarse por última vez.

En múltiples ocasiones a través de la utilización de esa herramienta digital hemos sido testigos de las múltiples desapariciones de inmuebles que en momentos determinados aún existían. En el caso que nos ocupa, la finca en la calle Gral. Ignacio Zaragoza número 210 ha sido finalmente destrozada hace poco tiempo.

Esta casa correspondía a la codificación expresiva formal denominada «colonial californiano» o «neobarroco» de mediados del siglo pasado, aunque es probable por su alineamiento y la disposición vertical de sus vanos, que fuese una intervención a un edificio un poco más antiguo.

De remate mixtilíneo sustituyendo a un entablamento tradicional, la fachada estaba partida en dos calles, la más reducida albergaba al acceso principal enmarcado con un relieve sinuoso bajo una pequeña hornacina con la Virgen de Guadalupe sobre su sencilla peana, coronado todo por un remate de mayor altura. El tezontle rojo aplicado en esa franja era una constante de aquel entonces, emulando un poco al recubrimiento de la misma piedra utilizado en edificios icónicos del nacionalismo arquitectónico mexicano, común al periodo inmediato posterior a la Revolución. Sobre los otros vanos, originalmente correspondientes a ventanas, sencillos listones ondulantes de metal, como ondulante también el dibujo del pequeño guardapolvo inferior, y las pilastras rematadas a su vez por piezas piramidales a manera de trofeos.

Todo caduca y la vida de los edificios no es ninguna excepción, sólo esperemos que la vivienda demolida sea reemplazada por una mejor, capaz de soportar al menos un análisis breve y simple como el que se realizó en el párrafo anterior.

La ciudad cambia de forma, el rostro va adquiriendo una expresión particular a la variación que produce el tiempo. El recuerdo que queda en ambos puede ser alegre, sobrio, irónico, triste, cómico. Como sea, cualquier adjetivo que pueda pensarse es mejor a conceder que con tanto cambio, no quede recuerdo alguno.