Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Al término de la revolución de 1910 (¿1917, 1920, 1928? ¿Cuándo terminó la revolución?) inició un proceso de transformaciones que abarcaron lo político y económico, y desde luego lo social. Me importa ahora señalar que estas transformaciones, la manera cómo el conflicto armado delineó al país, también se produjeron en el ámbito de la cultura y las artes.

Digo que el conflicto armado delineó al país del siglo XX, la manera cómo fueron desarrollándose los hechos. La revolución maderista primero. Luego el turbulento gobierno del coahuilense, que culminó trágicamente con su asesinato a manos de la contrarrevolución. Después, desde ese mismo estado, el gobernador Venustiano Carranza irrumpió en la Historia para encabezar la resistencia al usurpador… A caballo y en tren, la revolución constitucionalista se abrió paso por los campos de México, por las sierras, vino del norte hasta el corazón de México, hasta echar fuera del país al traidor y tomar la Región más transparente del aire; la Tierra de Volcanes. Pero la violencia no terminó ahí. Siguieron la Convención de Aguascalientes y luego el enfrentamiento final entre carrancistas, villistas y zapatistas en los campos del Bajío, de Celaya a Aguascalientes.

Poco a poco el imaginario colectivo se fue poblando de personajes, actitudes, imágenes y hechos que con el paso del tiempo fueron creados y recreados una y otra vez hasta transformarse en mitos que dieron origen a la música, la danza, el teatro, las novelas, los cuentos, la poesía, las artes plásticas, el cine.

En todo esto se convirtieron las grandes batallas de la revolución y sus personajes, Madero llamando a la insurrección el 20 de noviembre a las 6 de la tarde en punto, la legendaria División del Norte, el general Francisco Villa y sus Dorados, tomando Ciudad Juárez, o Torreón, o Zacatecas, una y otra vez; el general Emiliano Zapata y sus ojos tristes, como de lucha perdida pero ineludible; Madero y Pino Suárez transportados a la Edad de Piedra detrás de la penitenciaría de Lecumberri, y con ellos el país, la extrema solemnidad de Carranza, en todo momento careándose con La Historia, para finalmente huir de los generales golpistas sólo para echarse en brazos de la muerte allá arriba, en la Sierra de Puebla; en Tlaxcalantongo, y Álvaro Obregón, el joven astuto como un capitalista financiero, cuyo brazo cercenado en la Batalla de Celaya fue encontrado gracias a que alguien arrojó al aire un peso de oro, que impulsó a la extremidad a salir de entre los arbustos como si se tratara de un cangrejo, en busca del metal áureo, y en medio de ellos; de todos ellos, los grandes personajes y una pléyade de figuras y figurantes…Digo que en medio de todos, el gran protagonista de esta historia, esa entelequia denominada El Pueblo, ninguneado durante el porfiriato, emergente en los campos de batalla pero debidamente conducido -controlado- por los Gobiernos Emanados de la Revolución. En efecto, El Pueblo se convierte en el gran protagonista de la épica revolucionaria, o al menos eso le hacen creer.

Entonces, desde el oficialismo se despreciaron las artes tan queridas en el antiguo régimen o, mínimamente, se hicieron a un lado (como ocurrió con Jesús F. Contreras, dada su asociación empresarial con el general Porfirio Díaz), y se eligió e impulsó todo aquello que glorificara al Pueblo; lo popular, y que cantara las glorias de la Nueva Patria, la Patria Revolucionaria; la Patria popular, de todos, y no de unos cuantos, tal y como ocurría antes, o al menos eso nos hicieron creer.

Aquí es donde Ramón López Velarde se convirtió en El poeta nacional. 2021 no es sólo el año del centenario de la muerte del zacatecano. Es también el año del centenario de dos textos fundacionales de la visión literaria, popular de la revolución, esta visión que el régimen se apropió y propagó hasta convertirlos en evocación obligada de lo que era -es- la Patria de la posrevolución. Me refiero a La suave Patria, y a Novedad de la Patria, textos canónicos que son como evangelios cívicos. ¡Hermanos: he aquí la buena nueva que nos trae la revolución en boca de Ramón López Velarde: La Patria es impecable y diamantina!, y esto debemos proclamarlo con épica sordina porque señoras y señores: la Patria que el porfiriato nos expropió nos ha sido devuelta, esa Patria que “es tan grande, que el tren va por la vía/como aguinaldo de juguetería. Y en el barullo de las estaciones/con tu mirada de mestiza pones/la inmensidad sobre los corazones”.

De esta forma López Velarde nos definió, nos dotó de un rostro que es color “café con leche”, este rostro mestizo con el que hemos afrontado nuestra circunstancia de vida y asistido los lunes a los Honores a la Bandera; el rostro con el que celebramos el 15 de septiembre a los Héroes que nos dieron Patria, y afrontamos las crisis y las devaluaciones; la pobreza y la violencia. No importa que no seamos conscientes de esto; que nunca hayamos leído y/o escuchado La suave Patria. Nada de eso importa porque a final de cuentas “Cuando nacemos, nos regalas notas, /después, un paraíso de compotas, /Y luego te regalas toda entera, /suave Patria, alacena y pajarera.

En verdad no importa que no hayamos leído tan luminosos textos -aún hay tiempo. ¡apresúrese!- ni que no sepamos quién los escribió. Nada de eso importa, porque a final de cuentas de todos modos la Suave Patria se nos ha colado por todas partes, en los libros de lectura de la primaria, en los festivales escolares de fin de cursos, en los niños bigotones de los jardines de niños, con sus cananas de cartón al pecho y sus sombreros de piloncillo, que alrededor del 20 de noviembre salen a dar la vuelta a la Plaza de la Patria, y las Adelitas que los acompañan, todos agitando banderitas mexicanas…

Y sin embargo un día todo esto se rompió; poco a poco fue degradándose, en la nueva expropiación de la Patria; ahora la revolucionaria. Se fue envileciendo gracias a las “medidas dolorosas pero necesarias”, hasta que saltó todo en pedazos en… ¿Cuándo ocurrió esto, en 1968, con la represión a los estudiantes, entre 1970 y 1976, con la guerra sucia, en 1988, con la caída del sistema, o en 2000? ¿Cuándo?

Desde luego muchas cosas sobrevivieron a la debacle revolucionaria, y entre ellas, la obra de Ramón López Velarde, afortunadamente… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).