Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Pocas personas han concitado tantas reacciones como Rafael Ladislao Juárez Rodríguez que nos falta desde el pasado 9 de noviembre, justo en la fecha de nacimiento de su padre, el no menos extrañado maestro Ladislao Juárez Ponce. Que Rafael fue muy querido, notable, lo indica todo lo que se ha escrito de él en estos días; lo que se ha dicho sobre este personaje singular. No es para menos, tratándose de uno de los artistas más completos y carismáticos que ha dado esta tierra en años recientes.

Destaco un par de aspectos, como podría hacer notar otros más: ojalá y todos los conductores de noticias tuvieran el nivel de ilustración de que hizo gala, en función de enriquecer su tarea informativa, y ejercer de manera responsable, visionaria, prudente un liderazgo de opinión, tan necesario para normar criterio de quien escucha. En los años noventa, guiado por la mano de José Dávila Rodríguez, Rafael encabezó, junto con Ricardo Chávez, un servicio informativo valioso, que combinaba el ingenio con la reflexión, la crítica. Luego cambió de pareja y de medio, y se fue a Cable Canal, ahora con Beto Bejar, que luego de una pausa reaparecieron en el oficial canal 26.

En segundo lugar habría que destacar su participación con el grupo de música tradicional Son 4 -ahora serían 3…-, con aquella grabación de lo que hoy un clásico en el ámbito de la música tradicional de Aguascalientes. Independientemente de la calidad de la música -a mí me encantan los Versos de la nuera-; de la alegría de piezas como las Mañanas de la presa, el relajo de Las 30 novias, etc., este disco, que inicialmente fue casete, abrió paso a una época de oro en la investigación de la música tradicional de Aguascalientes, que al parecer se agotó. Pero en todo caso, todos los grupos de música tradicional que vinieron después son deudores de esta agrupación.

Porque sí y porque no; por el golpe de su muerte, ahora recuerdo un episodio ocurrido en el contexto del Ferial de 1994, que llevó el título de Aguascalientes, su pueblo y sus canciones, y en el que Son 4 jugó el papel protagónico, acompañado por la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes, nada menos, pero tampoco nada más. La música que se interpretó fue aquella maravillosa del disco que la agrupación había grabado años antes. Una de las piezas a interpretarse fue El barzón, aquel que se reventó y sigue la yunta andando.

Como digo, era 1994, es decir, el último año de la presidencia de Carlos Salinas de Gortari, el ingreso de México al primer mundo, con el Tratado de Libre Comercio, y en contra posición, el recuerdo de la permanencia del país en el tercer mundo, manifestada por el levantamiento, en Chiapas, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Entonces, como se recordará, en algún momento de El barzón, el cantante canta: “Viva la revolución. Muera el supremo gobierno”. Con semejante contexto a cuestas, Rafael aventaba el alma en ese momento, como si de esta forma hermanara aquella revolución que generó el agrarismo barzonista, con esta otra que parecía surgir en Chiapas. En realidad no cantaba; más bien lanzaba una proclama.

En fin, que se fue, se disolvió, se convirtió en luz…

Cambio de persona, pero no de tema, por desgracia… Este sábado 13 de noviembre murió también el músico Álvaro López Cruz, percusionista de la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes. Las honras fúnebres, tan austeras como íntimas, fueron animadas por un ensamble musical de cuerdas, formado al llamado de la muerte del amigo; del compañero de profesión. Terminadas estas, Álvaro fue despedido como se debe; como procede en estos casos, con música, porque escrito está, y si no, ahora mismo lo escribo: con música, las cosas que duelen, duelen un poquito menos; un poquito… La música… Luz, alivio, suspiro, cielo abierto, palpitante belleza.

Comenzó este recital excepcional con la interpretación del conjunto de cuerdas de Dios nunca muere. Conozco esta pieza, desde que tengo memoria la he oído, pero señora, señor: escucharla en esta circunstancia, ante la muerte de este hombre que dedicó su vida a la música; ante la desaparición del padre, el marido, el compa… Estos elementos transformaron la pieza de Macedonio Alcalá en un poético clamor por la esperanza, una lamparita que alzamos frente a ese oscuro precipicio en el que más temprano que tarde todos nos sumergiremos; ese abismo que oteábamos en ese momento con la muerte de Álvaro.

A las cuerdas siguió una marimba, esas maderas que cantan con voz de mujer, con piezas que seguían el mismo sendero de la anterior: la Canción Mixteca, La Sandunga, La llorona... Era ese un instrumento tan grande, lo suficiente como para ser tocado por cuatro músicos, ocho manos, 16 baquetas… Como en el caso de Dios nunca muere, hubo en esta otra ejecución algo que la hacía diferente a otras que he escuchado, una fuerza en los golpes a la madera, una contundencia que era al mismo tiempo una súplica dolorosa, porque el recital ahí, al lado del féretro, fue la despedida definitiva de unos amigos a otro. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

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