“RADICAL”

México ya es un país con un ideario especificado en el fatalismo porque los ojos y oídos de su gente no pueden evitar llenarse de todo aquello que su sistema político y eclesiástico declina a otorgarle en materia de seguridad, sustentabilidad económica, soberanía identitaria y, a colación de la película “Radical” que se encuentra en cartelera, educación. La verdadera historia de un grupo de 6º año de primaria en una escuela de bajos recursos (tan escasos que no pueden costearse siquiera una sola computadora para todo el recinto) en la ciudad tamaulipeca de Matamoros que transmuta de la ignominia por considerarse uno de los peores por su mediocre desempeño académico a nivel nacional a un rango colegial de excelencia proverbial mediante la guía heterodoxa de un maestro llamado Sergio Juárez adquiere magnitud esperanzadora por el contexto sociopolítico de nuestro país, donde no se privilegia la formación de una infancia que en este caso desarrolla su cotidiano entre asesinatos públicos a cargo de los cárteles y pobreza sistemática angustiosamente normalizados. Este marco provee suficiente materia de inspiración para que en cine se contara dicha historia y “Radical” es el –esperemos primer- resultado al respecto, filme detonado por un artículo en la revista “Wired” adaptado en guion por el también director Christopher Zalla con el auspicio en pantalla y producción de Eugenio Derbez, quien da vida al profesor Sergio Juárez acompañado de un reparto infantil ecléctico, pero de histrionismo inconsistente.

La acción transcurre en el 2011, poco después de la caída del líder del Cartel del Golfo, cuando Matamoros estaba sumida en una entropía de inseguridad y desbalance económico, detalles reflejados en la trama cuando vemos a varios chiquillos subsistir en entornos precarios, destacando tres de ellos: Paloma (Jennifer Trejo), hija de un pepenador habitando una casucha en medio del tiradero municipal que sueña con ser diseñadora aeronáutica; Nico (Danilo Guardiola), joven cuyo hermano forma parte de una banda callejera; y Lupe (Mía Fernanda Solís), una pequeña a quien se le adjudica la responsabilidad de cuidar a sus dos hermanos menores pero con muchas inquietudes filosóficas. Sus destinos cruzan camino con el profesor Sergio (Derbez), suplente en la escuela “José Urbina López”, que les enseñará no lo que invocan los planes de estudio oficiales sino sobre el pensamiento independiente y crítico que, según él, les dará las herramientas para ser alguien en la vida. El director del liceo, Chucho (Daniel Haddad), al inicio cuestiona sus métodos, pero no sólo termina por aceptarlos sino incluso defenderlo cuando la autoridad educativa pretende suspenderlo, dando pie a una amistad entrañable y a un proceso formativo que beneficiará a los niños de ese salón.

Una historia con estas aristas desde las entrañas populares del país es importante, pues es innegable lo provocativo e inspirador de una anécdota con estos ingredientes en una atmósfera derrotista o culturalmente tiranizada como la nuestra, requiriendo un foro mediático como el cine para divulgar su mensaje. Pero malhaya que fuera Derbez quien la encontrara y promulgara su transmutación a un filme porque lo que tenemos es una película más del montón al canon del “buen maestro” cinematográfico que mediante una estructura conocidísima con un tránsito narrativo muy familiar nos cuenta lo mismo de siempre de la manera acostumbrada, con cada nota en su lugar y los bemoles en su sitio. Christopher Zalla dirige con un innegable entusiasmo y estilo, designando a Matamoros como un personaje más, dándole una puesta en escena característica y una identidad plástica propia. Más un armazón de calidad no suple la ineficacia narrativa de esta cinta que mama de demasiadas ubres fílmicas consumiendo sus posibilidades dramáticas hasta abandonarnos como audiencia en la yerma tierra del cliché. Por supuesto, flaco favor le hace Derbez al proyecto con su inerte trabajo actoral carente de matices o fondo, recitando sus diálogos sintéticamente, coaccionando al público a estar de su lado sólo con posturas ya revisadas desde “El Maestro” con Cantinflas hasta “La Sociedad de los Poetas Muertos” o “Con Ganas de Triunfar”. A la vez que el guion va minando el entusiasmo del espectador con el descarado desfilar de situaciones trilladas que alternan con momentos crudos que deberían darle integridad dramática al asunto, pero sin lograrlo por el desproporcionado desequilibrio a favor de lo trivial. La película, ganadora del Premio del Público en el Festival de Sundance (un filme sin mayor pretensión que agradar no merece menos), quisiera ser “Radical”, pero irónicamente queda varada en el convencionalismo más burdo y desalentador, pues la historia merece un trato más ecuánime y mejor desarrollado.

“EXTRAÑA FORMA DE VIDA” (“STRANGE WAY OF LIFE”) – MUBI

Anteriormente a “Secreto en la Montaña”, poco se había explorado sobre la tensión homoerótica entre dos vaqueros producto de sus solitarias vidas en las praderas o los confinamientos existenciales de carácter bucólico que solicitan a gritos acallados su detonar mediante hoscas pero apasionadas muestras de amor prohibido. Es curioso, pero ésa cinta estuvo a punto de ser dirigida por Pedro Almodóvar, quien terminó rechazándola porque deseaba examinar tal acercamiento homosexual entre cowboys de cepa dura y no, según él, entre pastores. Y ya tenemos el resultado de sus románticas cavilaciones campiranas en la plataforma MUBI con su mediometraje “Extraña Forma de Vida”, título burlón al evidente hecho de lo irónico que resulta adentrarse en uno de los géneros más dominados por las fantasías testosterónicas de la cultura occidental y gringa, con el antitético amorío entre dos hombres, en este caso, un sheriff de nombre Jake (Ethan Hawke) quien recibe la visita de su amante Silva (Pedro Pascal), a quien no había visto desde hace 25 años. Una vez dado el reencuentro con júbilo, vino y ardoroso sexo, se revela la verdadera causa de la llegada de Silva, lo que fragmenta su relación y provoca un enfrentamiento donde la vida y la muerte a punta de pistola decidirá el curso de su destino.

Almodóvar mesura su idiolecto prefiriendo adentrarse en el espectro emocional de los personajes en lugar del carnal, musitando sobre la nostalgia y el dolor que el pasado inflige en los protagonistas, extrayendo ciertos niveles de introspección a Pascal y Hawke, convenciéndonos de su profundo afecto. Mientras que el desarrollo de ciertos tropos característicos del western contextualizan correctamente la necesidad del cineasta manchego, por lo que parece era una espina en su ser creativo desde hace tiempo, al grado de desear que expandiera el resultado, porque las actuaciones de Pascal y Hawke, así como su química, son espléndidas. Y el ojo escenográfico de Almodóvar crea interesantes composiciones y mise-en-scène de la época. Un western atípico, muy de Almodóvar, donde hay besos, bromas y balazos.

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