Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Con este claro apotegma el director Stuart Gordon planteó en algún momento no sólo las sangrientas veredas trazadas por su idiolecto, también una clara síntesis del estado en que encontraba el cine de horror fílmico durante la turbulenta década de los 80’s, dominada (otros dirían “sojuzgada”) por un ansia tremendista instituido por la vieja escuela de producción donde la espectacularidad visual relegaba al vasallaje argumental a la coherencia y sobriedad narrativa. El yugo aplicado al cine por la denominada “realidad de goma”, aquella que fundamentaba su mise-en-scéne en todo lo conjurable por el látex y gomaespuma (v.g. la saga de “Pesadilla en la Calle del Infierno”), era ineludible, incluso para un director con abierto amor al cine serie “B” como lo fue Gordon, pero para este director nacido en Chicago, Illinois, las nuevas aplicaciones en maquillaje y efectos especiales fueron tan sólo una herramienta lúdica capaz de producir un apareamiento válido entre la sátira y lo mórbido, mostrando las grotescas facetas de la condición humana mediante historias y personajes que llevaron al espectador a rincones macabros y sardónicos de la lectura terrorífica muy remota a la fauna sobrenatural e incluso demoníaca aún en boga y cercana a rarezas psicosexuales enlazadas con horrores primigenios como la vida enfrentada a la muerte y otros derivados de una cosmogonía heredera del escritor H. P. Lovecraft, de quien el director no sólo era un adorador confeso sino también uno de sus principales adaptadores cinematográficos.

El gusto de Gordon por subvertir e incluso provocar a su audiencia se manifestó desde joven, trabajando primero en teatro con su Compañía Orgánica, la cual canalizó los trabajos de creadores a la postre indispensables en las tablas neoyorquinas como David Mamet hasta que unificó esfuerzos con dos productores / directores igualmente inquietos llamados Brian Yuzna y Charles Band (nombres por demás conocidos en el mundillo del horror independiente norteamericano) para trabajar en una adaptación a los relatos cortos de Lovecraft titulados “Herbert West: Re-Animator”, dando como resultado uno de los filmes del género más elocuentes, sagaces y francamente divertidos estrenados en 1985 y ahora todo un clásico de culto. “Re-Animator” (“Resurrección Satánica” en México y como dato de trivia se estrenó en nuestra ciudad en el extinto Cine Aguascalientes) fue una agradable rareza que acrisolaba un lóbrego humor negro con extravagantes efectos especiales creados a partir del ingenio que sólo el cine independiente puede parir. Su historia sobre un enloquecido científico capaz de resucitar a los muertos con un suero fosforescente inoculó a su vez nueva vida en un cine terrorífico que ya mostraba señales de agotamiento ante el predominio del slasher al contarse con agudeza y relativa inteligencia, por lo que no es sorpresa que su siguiente trabajo en la silla del director también estuviera circunscrito en los anales lovecraftianos: “From Beyond” (”El Perfil del Diablo”) de 1986, una versión demasiado literal de su texto fuente que no logró concretar lo que la cinta previa prometía en cuanto a alcances narrativos, pero permitió que Gordon trabajara en proyectos posteriores de alcances oscilantes, como “Dolls” (“Muñecos Malditos” – 1987), bizarra pero fresca variante de los sobados juguetes homicidas; “La Fosa y el Péndulo” (1991), su libre versión cercana al exploitation de Roger Corman basándose en Edgar Allan Poe o “La Fortaleza” (1992), futuro distópico donde la tecnología una vez más cumple su función de deshumanizarnos.

Sus manos lograron alternar el bañarlas en sangre con proyectos de esta naturaleza o conduciendo cual director de orquesta ejercicios notables marinados en el suspenso y desmenuce psicológico más intrincado con filmes que pasaron injustamente de largo por el radar de la crítica en su momento como “Asesino Por Naturaleza” (2003), “Edmond” (2005), donde unió su nombre al de Mamet una vez más para casi cerrar un círculo creativo y “Stuck” (2007), todas ellas perversas, oscuras y muy logradas.

Stuart Gordon no suele figurar en el Olimpo de los grandes nombres del horror, pero debería, pues sus aportes legaron algunos de los títulos de culto más valiosos en cuanto a propuesta y honestidad en un género aquejado por el oportunismo y la toxicidad creativa. Ahora que se ha ido, la sangre luce menos carmesí, menos sexual y menos reanimada. Descansa en paz, discípulo de Lovecraft.

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