Juan Pablo Martínez Zúñiga

Cada rostro escribe un mapa de su tiempo. O por lo menos eso me parecía cuando niño mientras observaba con cierto detenimiento cómo cada generación poseía una faz que sobrepasaba la especificidad, pues la angulación, geometría y arquitectura de una cara suele apresar los rasgos que definen su momento histórico, como si algunas facciones representaran un zeitgeist que toma forma a base de piel, cavidades y voz. Cada etapa generacional tenía pues, para un servidor, un semblante concreto y preciso que incubaba todas las posibilidades para su progenie cultural que la sucedería. Tal vez por ello los afilados detalles faciales de Mary Pickford simplemente no podrían subsistir en las pantallas de hoy en día o Arturo de Córdova vería anacrónicos en la actualidad sus cincelados pómulos y barbilla. Sólo basta mirar hacia atrás y cotejar con el presente la identidad sociocultural que se funde en una aleación de rostros, donde cada uno relata su época con visajes y expresiones de finita vida cronológica. Y una de estas fachadas generacionales ya ha cesado su crónica, pues Roger Moore ha muerto, y con él una senda de historia cinematográfica que combina lo memorable con lo inenarrable, habiendo participado de fragmentos ilustres en su devenir hollywoodense y también coquetear con sus más ominosos abismos fílmicos, incrustando en la memoria cinéfila su porte en la construcción de personajes indispensables de la ficción cultural. Pero en realidad, una carrera tan paradójica sólo pudo alcanzar notoriedad gracias a una presencia que destilaba mando y serenidad, danzando impúdicamente entre los bandos del bien y el mal únicamente para amasar una cuantiosa filmografía que lo ubican como una de las quintaesencias del aplomo y virilidad a la vieja usanza. Y ese rostro, uno digno de aquella generación belicosa y transformista que ya ha acallado su estertóreo grito a la par que este singular actor.
Destinado a la heroicidad fílmica, Roger George Moore tuvo primero que sortear algunos obstáculos antes de consagrar sus labradas facciones y abisal mirada albiceleste en la pantalla grande. Nacido en Stockwell, una provincia de Londres, tuvo que abandonar su hogar y evacuar junto con su familia diversos domicilios debido a la Segunda Guerra Mundial. En su adolescencia tuvo oportunidad de participar en el movimiento armado y llegó a asumir el mando de pelotones con el rango de capitanía durante varias incursiones en la Alemania nazi, adquiriendo hábito en cuanto a mando y pericia en cuanto al manejo de armas, habilidades que requeriría años después cuando reciba una licencia para matar al Servicio Secreto de su Majestad. Terminado el conflicto bélico, regresó a Inglaterra donde trabajó como asistente de animación hasta que fue despedido tras cometer un error con algunas celdas de dibujo. La vida opera misteriosamente, pues tal equivocación fue el equivalente a una carrera para el joven Moore, ya que a raíz de su destitución, pudo ingresar a la industria cinematográfica como extra en algunas modestas producciones británicas análogamente a su labor como modelo, lo que comenzó a dispersar en el colectivo aquel cerámico rostro que rehusaba a marcharse.
Después de varios trabajos insignificantes, Moore fue acogido por la televisión, donde protagonizó varios proyectos ahora pie de nota en el medio como “Ivanhoe” (1958-1959), “Aventuras en Alaska” (1959-1960) y “Maverick” (1960-1961), hasta que Simon Templar, gallardo y truculento personaje creado literariamente por Leslie Charteris, llegó para mimetizarse momentáneamente con Moore en la clásica serie “El Santo” (1962-1969), brindándole el anhelado estrellato y fogueando su imagen y habilidades histriónicas a la de aquel otro gallardo y truculento sujeto de nombre también memorable.
La suerte estaba echada, y Roger Moore sólo requirió el retiro de un actor (en este caso, Sean Connery) a una saga en marcha a causa del tedio para hacer historia. En 1972 el productor Albert R. Broccoli, detentor de los derechos de las novelas escritas por Sir Ian Fleming sobre el inmortal Agente 007, alias James Bond, y arquitecto primario del mito sobre el espía supremo en su versión cinematográfica, se aproximó a Moore con el fin de que sustituyera a Connery después que George Lazenby declinara a perpetuar el papel después de estelarizar aquella magnífica cinta titulada “Al Servicio Secreto de su Majestad” (1969). El resto es historia: las cintas protagonizadas por Moore revitalizaron al personaje a la vez que le dotó de un incremento en su magnetismo animal y subtexto erótico mientras que los villanos se tornaban cada vez más inverosímiles y exóticos. La década de los 70’s vio aniquilada la inocencia del espectador una vez que Watergate, la guerra de Vietnam, las desapariciones y masacres de estudiantes en todo el globo y el cine de explotación con proporciones narrativas y visuales más duras, grotescas y potentes, cobraron cuota en la sensibilidad de una audiencia cada vez más alejada de las fantasías pueriles inspiradas en la Guerra Fría plasmadas en la era de Connery y más cercana al crudo realismo y dramatismo de las imágenes proyectadas en los televisores de la masacre de Da-Nang y de “La Masacre en Texas” (1974). Roger Moore debió sortear esta transición mediante la inestable mano que guiaba la franquicia Bond durante esta turbulenta época por lo que su desempeño, siempre comprometido y veraz según lo planteado por Fleming en sus textos en cuanto a la humanidad, socarronería y blindaje emocional característicos del personaje no bastó para que algunas de las cintas sobre el 007 fueran rotundos fracasos en taquilla o para la crítica, la cual comenzaba a ver como un vestigio anacrónico al espía ávido de sexo, golpes y vodkatinis. Curiosamente fueron 7 las cintas que integran su filmografía al respecto, tan dispersa y dispareja que algunas son meras curiosidades mientras otras son claras en su avalúo escapista, como “Vive y Deja Morir” (1972), el debut de Moore en los elegantes trajes del agente, “El Hombre Del Revólver de Oro” (1974) con su extravagante sino camp, producto de la cultura de la época y un antagonista de lujo en la forma del siempre temible Sir Christopher Lee y “Octopussy: 007 Contra Las Chicas Mortales” (1983), título de antología tomado directamente de una de las novelas y proyección macro de la testosterona de su protagonista ante el avasallante ataque estrogénico de las villanas titulares. Del resto (“La Espía que me Amó”, “Moonraker: Misión Espacial”, “Solo Para Tus Ojos” y “007 En La Mira de los Asesinos”) no hay mucho de qué hablar -en particular de “Moonraker”, tal vez la más penosa de la serie por su empecinamiento en depredar la moda impuesta por “La Guerra de las Galaxias” en cuanto al espacio sideral traído de vuelta a la pantalla grande- salvo que sus valores de producción y su factor de entretenimiento cumplían al mínimo, pero se mantenían a flote gracias a ese rostro objeto del deseo osculatorio de incontables damas (y seguramente, alguno que otro caballero).
Sus contribuciones a incontables series de televisión y películas serie “B” fungieron de catalizador para su reconocimiento en décadas venideras (y, cabe mencionar, como objeto de adoración para cultistas), y si bien ese rostro ya ha dejado de existir, forma parte de ese imaginario cinematográfico donde su profunda mirada, esculpida quijada y tersa vocalización inglesa; educa y fascina sobre una generación ya extraviada en los corredores multimedia de la actualidad pero, para el inquisitivo cinéfilo que así desee constatarlo, aún cautiva con ese rostro que sólo pudo pertenecer a una generación. Aquella que dio a luz a Moore, Roger Moore. Descanse en paz.

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