Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

El cine ha expuesto una faceta escapista casi desde sus inicios, perfeccionando esa veta, conforme el público la adoptaba como su válvula de escape al cotidiano por antonomasia, pero el espectáculo fílmico moderno, con toda su aparatosa parafernalia digital e ilimitados recursos técnicos, encuentra a un hombre en particular como su propulsor y motor inspirador al definir las reglas del juego que seguiría la cinematografía industrial religiosamente los últimos 40 años: Richard Donner, quien esquematizó el lenguaje del 7º Arte como entretenimiento sin divorciarlo de calidad, ciertos matices audaces e incluso algunos grados de propuesta, redefiniendo el cariz del sombrío cine setentero para darle forma y cadencia chispeantes durante los 80 y culminar, una década después, con el egregio desparrame mediático de su trabajo, pues, durante ese tiempo, muchos buscaron imitar o mimetizar su labor en pantallas de todo tamaño, sin igualar lo que él lograba: un divertimento noble que nos prodigaba una sensación plena por haber visto una película que añadía algo de misticismo al rito cinéfilo popular sin atavíos de petulancia o arranques autorales, sólo un producto artesanal que reflejaba su amor al cine empleando todas sus herramientas. Y como a todo director, el mejor homenaje que se le puede rendir es rememorando aquel trayecto que lo condujo a la inmortalidad que sólo otorga la memoria de quien se rinde a las particularidades de su obra, una que, a regañadientes del paladar académico, logró enclavarse en la cultura masiva para alojarse como una de sus referencias más socorridas y, definitivamente, más logradas del siglo pasado. Éste es el Richard Donner que, al igual que su personaje en celuloide más insigne, logró hacernos creer que podía volar junto con nuestra capacidad de asombro, para jamás aterrizar.

“LA PROFECÍA” (1976). La cinta que detonó la obsesión cultural por el Anticristo es también un thriller de primera línea que desenvuelve un fino hilo de suspenso con base en las tribulaciones de un embajador norteamericano (el estupendo Gregory Peck) cuando se percata gradualmente de que su hijo pudiera ser el retoño de Satán. El horror que estriba en la paradójica presencia del mal absoluto en el cuerpo de un inocente niño era suficiente para que este filme pasara a la historia, pero el imponente “Ave Satani” de Jery Goldsmmith (el único tema musical ganador del Oscar no entonado en inglés en la historia), las convincentes actuaciones y las creativas muertes, que pueden o no ser obra de Lucifer, consolidan un impacto sensorial que perdura hasta nuestros días.

“SUPERMAN” (1978). La ambiciosa producción que catalizara la fascinación por la figura superheróica en pantalla grande y, sin lugar a dudas, una de las mejores incluso hoy día en la era cinematográfica Marvel. El ícono de la DC fue llevado con éxito al cine gracias a la seriedad con que Donner se toma a la fantástica fuente impresa para imprimirle a la historia sobre el último hijo de Kryptón (encarnado con engañosa sencillez por el inigualable Christopher Reeve) cualidades eminentemente fílmicas, separándolo de sus ingenuas predecesoras de serial o televisiva. Un reparto inigualable (Marlon Brando como Jor-El, Gene Hackmanen en el rol de Lex Luthor, Margot Kidder, irrepetible como Lois Lane, etc.) que legitimaba la fastuosa puesta en escena y algunos recursos dramáticos maduros y sofisticados que humanizaban al protagonista (su pasado en Villa Chica, la emotiva relación con sus padres, el clímax que demuestra que incluso un Superman puede llorar) lograron hacer de este trabajo todo un zeitgeist que ahora resulta imprescindible.

“EL HECHIZO DE AQUILA” (1985). Durante el furor ochentero por la fantasía heroica que despertara el éxito de “Conan el Bárbaro” (Milius, E.U., 1982) y “Excalibur” (Boorman, G.B., 1981), Donner consolidó la propuesta más lírica y romántica con esta cinta, un cuento de hadas ominoso y estético sobre un hombre (Rutger Hauer) que se transforma en lobo durante la noche y una mujer (Michelle Pfeiffer) que se convierte en halcón durante el día que se aman apasionadamente, pero sólo pueden verse un fugaz momento al alba debido a la maldición de un malévolo obispo. La comedia que imprime un novicio Matthew Broderick contrapuntea este imaginativo drama que ahora forma parte de los anales del culto.

“LOS GOONIES” (1985). Gracias al auspicio de Steven Spielberg, Donner logró una de las contribuciones más ácidas y elocuentes del cine de aventuras infantiles característico de los ochenta, con este proyecto desbordante de frenesí prepúber donde un grupo de chiquillos y adolescentes, cada uno con rasgos definidos que definen su arquetipo con fines cómicos (uno rollizo y comelón, otro nerd, pero audaz, el malhablado simpático, etc.) deberán encontrar un tesoro pirata para rescatar de la ruina a su amenazado vecindario antes de que una familia de mafiosos lo consiga primero. Delirante en momentos, acelerada y discordante en otros, “Los Goonies” dio pie a toda entelequia juvenil sobre el heroísmo pueril para quienes la vimos a la edad apropiada en pantalla grande.

“ARMA MORTAL 1-4” (1989 – 1998). Aun cuando Walter Hill ya había explorado en su estupenda comedia de acción “48 Horas” (1982) las posibilidades de una pareja dispareja interracial, Donner logró perfeccionar esta fórmula con su serie “Arma Mortal”, la cual se despega del filme de Hill gracias a las sólidas caracterizaciones de Mel Gibson como un policía desquiciado y suicida que media la seriedad y profesionalismo de su pareja, un Danny Glover maduro, pero amoroso hombre de familia. La tónica suele repetirse a lo largo de las cuatro cintas, pero la innegable química de esta dupla, junto a la firme dirección de Richard Donner, que muestra amplia destreza en el manejo de secuencias dinámicas, ya las han instituido como clásicos del género.

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