Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Belmondo yace de espaldas en las húmedas calles de París sometido por las balas que un policía ha incrustado en su espalda mientras huía de la ley. A su lado y de pie, Jean Seberg interpreta las moribundas muecas que él produce como los signos que delatan su amor a ella, culminando con el roce de su pulgar a los labios que sellan un idilio producto de la mente y del cuerpo más que del corazón. Una imagen ya tatuada en el colectivo cinéfilo que embotella el sentir y vivir de una generación y época incapaces de encontrar reproducción hoy día, donde el proceder iconoclasta era norma y una necesidad ante el conformismo cultural, y Jean-Paul Belmondo logró insertarse como uno de sus rostros favoritos al ingresar en tiempo y forma correctos dentro de aquel zeitgeist denominado “Nueva Ola Francesa” que le enseñó al mundo para qué era el cine y cómo debía usarse.

Y con respecto a esa faz, una que se moldeó en la horma del arte y el ring pugilístico (fue hijo del famoso escultor Paul Belmondo mientras que su juventud la dedicó a propinar golpes enguantados en los cuadriláteros pensando que su destino sería el box profesional), jamás se ha podido igualar ese mutualismo entre rudeza, fealdad y galanura europea que convivían en perfecta armonía con cada sonrisa destellante y una mirada cuyas pupilas asomaban una disimulada melancolía. Sus rasgos sólo fueron troquelándose aún más con cada riesgo que tomaba interpretando a los paroxistas personajes de Godard como “Pierrot El loco” (1965), abundante bebedero de la ideología marxista–filosófica del entonces vanguardista director, o considerando a su cuerpo como una herramienta más en su andar histriónico realizando sus propias escenas de riesgo en sus subsecuentes comedias o cintas de acción por las que alcanzaría un estatus de mito dentro de la cinematografía gala, dando batalla incluso a un galán por antonomasia y de vieja escuela como Alain Delon, su eterno compinche/enemigo cuya relación amor-odio sólo fundamentaría más la leyenda de Belmondo como actor con ribetes erotizantes.

Su carrera fue desigual, pero con cada papel que aceptaba lograba darle identidad a la industria fílmica de su nación a la vez que adoptaba los modelos ya diseñados en la cinematografía extranjera para configurarlos a su ritmo y tono abonándole a la cinefilia películas complejas y redondas no sólo llevadas sobre sus hombros como protagonista, también producidas y ocasionalmente escritas por él mismo expresando la idea de cuánto le significaba el cine, al punto que un ambicioso thriller como “El Profesional” (1981) donde, curiosamente, su personaje alcanza un fin similar al de su icónico rol en “Sin Aliento” (1960) o una comedia como “El As de Ases” (1982), brava e inteligente comedia histórica donde Belmondo interpreta a un ex aviador de la 1ª Guerra Mundial para entrenar al equipo de boxeo francés en las Olimpiadas de Berlín en 1936, cinta que además fue la primera vista en cine de su servidor con él de protagonista, por lo que le guardo especial afecto.

Con la partida de Bébel (el afectuoso mote con el que se le conocía) el cine perdió a una genuina estrella, una que circuló por firmamentos reservado tan sólo a Monstruos Sagrados como él quien no conoció limítrofes para su talento, encabezando filmes diseñados a medida como “El Marginal” (1983) que traza una fina línea entre la nobleza y el antiheroísmo o engalanando repartos múltiples en producciones ambiciosas como “¿Arde París?” (1966) donde la mano del Realista Poeta francés René Clement tuvo a bien encajar su distintivo rostro con los de Kirk Douglas, Orson Welles, Leslie Caron y Gert Frobe, entre otros. Ahora nos quedamos sin esa sonrisa mortecina que expiraba en las calles parisinas en el alba de los 60’s al momento de rendirle todo a su amada en un mundo monocromático cuyo color sólo se percibía mediante la presencia de Jean-Paul Belmondo y su actuar. Descanse en paz.

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