Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Nuestro cine siempre fue espléndido en cuanto al cincelado en pantalla grande de los íconos, hombres y mujeres, que le dieron identidad y una faz concreta a nuestra casta. Muchos de ellos legaron mediante el artificio del cine los utensilios culturales y lingüísticos con los que toda una etnia encontró un locus invariable que le dio sentido, pertenencia y una idea de lo que trata la mexicanidad a través de charros cantores, madres abnegadas, peladitos irreverentes, rumberas fatales y galanes y diosas capaces de inocular veneno lascivo en la mente más casta, porque ése es el efecto perenne que tienen las imágenes en movimiento, sobre todo aquellas que parten de nosotros y nuestro entorno. Pero hay excepciones, figuras que no logran enclavarse en modelos concretos al desarrollar una voz propia mediante personajes que transitan los distintos estados del ente nacional, siempre en movimiento mas no necesariamente hacia adelante. Este fue Héctor Suárez, nacido el 21 de octubre de 1938 y fallecido hace pocos días, quien casi como si fuera su meta iconoclasta supo encontrar la adoración popular por roles que criticaban severamente la condición del mexicano promedio sin que éste se percatara, produciendo observaciones a veces profundas y en otras meramente guarras sobre lo que significa vivir en el país más surrealista y bizarro del planeta. En una carrera variada y cocinada por la autoexpresión –y ocasionalmente aderezada por cierta estulticia característica de quien se sabe venerado- podemos localizar los elementos clave del desarrollo del cine patrio durante su etapa más experimental, para aterrizar en la más abyecta complacencia y luego sorprendernos con histrionismo de buen calibre. Ámenlo u ódienlo, pero Héctor Suárez logró la dilución de una estampa producto de sus ahora valorados personajes como el Flanagan y el “No Hay” –que igual lograron ser sometidos al escrutinio de los sociólogos de aquel entonces para cuestionar y tal vez alabar sus propiedades discursivas en plena dictadura priista- para lograr llamarlo como lo que siempre fue: un actor, con todo y sus estridencias, un rostro poco agraciado pero de inolvidable rúbrica amostachada y su severo sentido del humor. Y aunque en su filmografía encontramos esas piezas de arrabal que hicieron la delicia de los cinéfilos “piojito” (incluyéndome) como las sexi comedias tituladas “La Pulquería” y filmes melodramáticos que guiñan y le suspiran melancólicamente a las barriadas defeñas como “Lagunilla” para crearles una mística propia, también hubo cintas que moldearon una nueva mirada, tanto para el espectador como para el creador. Sean éstos trabajos el testamento definitivo de un histrión que parecía exigir el afecto del público de formas algo repelentes, pero igual se lo ganó a pulso:

“DOÑA MACABRA” (1972) – Roberto Gavaldón conjura con esta producción una de las mejores humoradas negras mexicanas después de “El Esqueleto de la Señora Morales” (1960), con todo y sus toques igualmente macabros y funestos. Suárez interpreta a un marido que no define su matiz de macho o baquetón (y por ende tornándose bastante real) que busca desesperadamente un tesoro junto con su esposa (Carmen Salinas) en la derruida casa de la tía de ésta, la Doña del título (una estupenda Marga López). Entre tétricas jugarretas y un reparto muy sólido que incluye a Carmen Montejo y Pancho Córdova, éste termina siendo un poco valorado ejercicio en acidez argumental.

“MECÁNICA NACIONAL” (1972) – Para este punto, el director Luis Alcoriza ya tenía perfectamente desarrollados y entendidos los componentes de la sátira y la observación sociocultural gracias a sus trabajos anteriores como “Tiburoneros”, “Tlayucan”, “Tarahumara” y “El Oficio Más Antiguo del Mundo”, entre otros. Aquí logra acrisolar tanto personajes como ideas muy claras en cuanto a la exposición de la nueva mexicanidad con diversas líneas temáticas que se conjuntan en una carrera automovilística. Todo el elenco se luce, con un Héctor Suárez despuntando en su papel y una Sara García desacralizando su rol de abuelita nacional mentando la madre.

“LAS FUERZAS VIVAS” (1975) – Alcoriza echa toda la carne al asador con este, un magnum opus narrativo que utiliza la Revolución Mexicana como marco para continuar con su análisis de la sociedad mexicana desde una perspectiva histórica. Suárez se luce como Zapatero, jocoso personaje que con sus bravatas forja perspectiva a otros personajes tan multifacéticos como eclécticos gracias al plural y talentoso elenco (David Reynoso, Héctor Lechuga, Chucho Salinas, Lola Beltrán, Carlos López Moctezuma, et al.).

“NOCHE DE CALIFAS” (1987) –Superando las actividades alimenticias propias de la nefasta administración de Margarita López Portillo y la férrea garra de Televicine sobre la producción cinematográfica comercial en los 80’s (“Las Vedettes”, “El Rey de la Vecindad”, “El Mil Usos” y secuela, etc.), Héctor Suárez encontró un rol que demostraba su rango actoral en esta interesante adaptación al texto de Armando Ramírez (“Chin Chin el Teporocho”), donde el mundo del hampa se retrata sin miramientos o concesiones edulcoradas, gracias a la firme dirección de José Luis García Agraz (“Nocaut”, “Desiertos Mares”). Un retrato casi onírico del universo cabaretil con matices oscuros y dramáticos que no debió pasar desapercibido en su momento.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com