Juan Pablo Martínez Zúñiga

Los lánguidos cuerpos se trasladan en ominosa procesión bajo premisas misteriosas y fines dantescos. Algunos difícilmente se sostienen, más sus movimientos semejan una pavorosa danza al deslizar con trémula soltura su decadente organismo, mientras otros reptan acometiendo con desesperación la tierra para llegar a su objetivo, uno que hermana colectivamente a estos disímbolos seres que, en vida, nada tenían en común: devorarnos. Una imagen apocalíptica que alimenta las más oscuras fantasías o las más iluminadas pesadillas que permearía la cultura occidental irreversiblemente cuando su detonación, hace ya 50 años, manifestó su aterradora imaginería con fuerza tal que sus ondas de choque las sentimos hoy día. El arquitecto de esta angustia narrativa que redefinió y revitalizó el género de horror a perpetuidad y que insertó en el léxico cinéfilo la palabra “zombi” para conceptualizar una línea específica de la ficción fílmica espeluznante, fue George Andrew Romero, quien con su trabajo como director no sólo legó nuevos motivos para temerle a la oscuridad y lo desconocido, sino que transfiguró las vías del discurso del cine de terror, antaño unidireccional en su búsqueda pragmática de emociones fuertes para el espectador, añadiéndole intertextualidad mediante fuertes dosis de sátira, una pizca de simbolismo sociocultural y un descarado gusto por violentar la corrección política antes de que siquiera el público supiera que eso existía. Tal vez sus películas más notables encontraran sustento en cadáveres que resucitan para consumirnos, pero las historias, sus personajes y la inteligencia de su tratamiento insuflaron de una inesperada vida a un género que fenecía por anemia moral y falta de originalidad, algo que Romero tenía en cuantiosas y necesitadas cantidades.
George A. Romero nació en Nueva York cobijado en un peculiar mestizaje, pues su padre era cubano y su madre era lituana. A pesar de llevar una existencia relativamente ordinaria en el Bronx, haberse graduado de la Universidad Carnegie Mellon en Pittsburgh, sus pasos serían llevados a la creación cinematográfica cuando en 1951 vio por primera vez la melódica y colorida fantasía de Michael Powell y Emeric Pressburger “Los Cuentos de Hoffman”, cinta que lo inspiró a formar, junto con algunas de sus amistades universitarias, una compañía de producción fílmica que a la postre le permitiría desarrollar en 1968 lo que sería tanto su ópera prima como uno de los parteaguas del cine fantástico occidental: “La Noche de los Muertos Vivientes”. Este modesto trabajo independiente montado, fotografiado, escrito, producido y dirigido por Romero (incluso se adjudicó un pequeño pero importante papel como reportero) compensó sus limitaciones financieras con un extraordinario libreto que abordaba diversos aspectos culturales que la idiosincrasia norteamericana aún consideraba tabú, como el contar con un protagonista afroamericano, una elevada dosis de violencia que incluía matricidio o la ingesta a cuadro de supuestos intestinos humanos y una dosificada crítica al sistema político nacional mofándose de la información noticiosa en los medios de comunicación y expresando el descontento ante el resquebrajamiento institucional estadounidense debido a la guerra en Vietnam, la muerte de Kennedy y la brutalidad de la fuerza policial contra la sociedad, todo representado en un contexto minimalista donde la pugna entre muertos vivientes y vivos que mueren lo simbolizan.
La cinta ha recibido el aclamo de la crítica mundial desde entonces y no sólo se considera como una de las mejores cintas de horror de la historia, sino como una prodigiosa cinta norteamericana que colocaría a George Romero en el pedestal de ícono y padre del cine de horror moderno. Esto le permitiría desarrollar otros proyectos como “There’s Always Vanilla” (1971), comedia dramática sobre las incomodidades en las relaciones heterosexuales acentuadas por la diferencia de edad; “Hungry Wives” (1972), sobre una ama de casa aburrida que contrarresta su existencia marital banal mediante una cofradía de brujas suburbana; “The Crazies” (1973), otro adelanto por parte del director en cuanto a la futura moda de epidemias catastróficas pero concentrada metafóricamente en el microcosmos de un pequeño pueblo y “Martin” (1978), un relato sobre la maduración de un joven quien confunde su extravío existencial con el vampirismo, enlazando los cambios de la adolescencia con la necesidad de consumir sangre. Curiosamente, la evolución de Romero como director vendría en 1978 al retomar el universo zombi con la muy celebrada y mordaz “El Amanecer de los Muertos Vivientes”, probablemente una de las mejores cintas de género jamás hecha no sólo por las horrendas –y muy innovadoras– secuencias de antropofagia cortesía de los muertos andantes, sino al puntual e inteligente guión que concentra la acción en un abandonado centro comercial, templo de adoración mercantil y capitalista donde los antagonistas en descomposición se reúnen para un reencuentro con sus norteamericanas vidas. El filme no sólo triunfó en taquilla sino que le abrió a Romero las puertas de la consideración autoral por parte de la crítica mundial, aun si la continuación de su saga zombi no encontraría la misma respuesta.
George A. Romero no únicamente logró calzar en la sensibilidad cultural de su época gracias a sus osados relatos sobre arrogancia, ambición y humanidad apegada de sí misma que encuentra un triste y sangriento fin en las mandíbulas de aquellos que habían olvidado en sus fríos aposentos sepulcrales, también generó manifiestos ideológicos y una escrupulosa diatriba sobre la condición social e institucional de su país y congéneres disfrazada de película de terror. Por ello será recordado y sus cintas serán las que vivan por él, pues ha muerto y, tristemente, no volverá como sus personajes. Descanse en paz, padre de los zombis.

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