Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Concluía un siglo cuando en la primavera del año 1999 un servidor cubría la Muestra de Cine Mexicano en Guadalajara (mejor conocido hoy en día como el Festival Internacional de Cine en Guadalajara) para un programa de radio (sobre cine, por supuesto) que conducía y producía para la ahora extinta Coordinación de Radio y Tele del Instituto Cultural de Aguascalientes. Entre las figuras que circundaron los recintos de exhibición obsequiándome sus apreciaciones sobre el cine mexicano incluían a Blanca Guerra, Arturo Ripstein y Carlos Carrera, pero de forma modesta, circulando entre los rincones de forma casi clandestina, se encontraba una esbelta figura barbada que degustaba una copa de algún licor amarillento y que inmediatamente se podía identificar como Gabriel Retes, quien recién presentaba su cinta “Un Dulce Olor a Muerte”. El director de “Chin Chin El Teporocho”, su ópera prima iconoclasta basada en la ídem obra literaria setentera de Armando Ramírez que me marcó al poder apreciarla en una temprana sesión de cine club en la Universidad Autónoma de Aguascalientes por su idilio entre nihilismo y nacionalismo, se mostró sencillo, agradable e inesperadamente modesto (estamos hablando de uno de los directores que contribuyó a la proyección internacional y festivalera de nuestra cinematografía en sexenios duros y complejos) cuando me aproximé a solicitarle una entrevista. Su mirada trazada por cierta melancolía contrastaba con su vivaracha elocuencia, enunciando con entusiasmo sus reflexiones y optimistas pronósticos sobre la producción fílmica nacional, convencido de que el fenómeno entonces y aún denominado “Nuevo Cine Mexicano” encontraría la reconciliación entre la aceptación masiva, su recuperación económica y los modelos de distribución necesarios para canalizarlo adecuadamente. Tal vaticinio tardaría algo en cumplirse -si acaso se ha materializado correctamente-, pero encuentro grato el pensar que el maestro del discurso neo-nacionalista vivió para verlo, aunque tal vez no como deseaba exactamente (hubiera refunfuñado, como solía hacerlo en varias ocasiones cuando encontraba algo que denostara el cariz de su amado cine, ante los matices anodinos y plagiarios de los éxitos taquilleros patrios). Y si alguien sabía cómo debía funcionar un proceso de recepción adecuado en las salas cinematográficas que amalgamara calidad con taquilla era él, pues se le debe no solo algunos de los títulos más importantes en la historia del cine mexicano, también logró que varios de ellos fueran económicamente viables, ganándose la atención del público y su fidelidad mientras confeccionaba un idiolecto con puntales de propuesta, complejidad psicológica y algo de violencia, tanto mental como física. Era el retratista de la nueva mexicanidad, una que surge a raíz de un sistema político que cambió los patrones sociales y culturales hacia rumbos funestos.
Su filmografía incluía producciones diversas y frescas con películas como “Nuevo Mundo” (1978), controvertido relato que explora a fondo el mito guadalupano; “La Ciudad al Desnudo” (1989), drama urbano focalizado en la tragedia de una familia; “La Muerte de un Paletero” (1989), expansión a su cortometraje filmado años atrás y, por supuesto, “El Bulto” (1992) y “Bienvenido-Welcome” (1994), sus dos mejores filmes en cuanto a desarrollo narrativo, manejo de un metadiscurso que apela a una sensibilidad netamente autoral y un discurso honesto y genuino sobre los avatares que circundan los procesos de identidad nacionales en la marejada sociocultural.
Entre su labor como cineasta y actor (estelarizó o coprotagonizó varios proyectos tanto propios como ajenos destacando “Fin de Fiesta”, “La Bestia Acorralada”, ”El Infierno de Todos tan Temido” y “El Cometa”, entre muchos otros), el nombre de Gabriel Retes logró transfigurar su esencia de director radical y subversivo al de indispensable por su innegable compromiso a la evolución del discurso fílmico en su país y todo un privilegio el haber conocido, aunque fuera unos momentos durante una entrevista. Descanse en paz, don Gabriel Retes.

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