Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Cuando el cine mexicano aún cantaba rancheras, un hombre sumergió a la industria fílmica nacional en un necesitado baño de sombras.

Felipe Francisco Enrique Cazals Siena, mejor recordado por el resumido nombre de Felipe Cazals, sometió el modelo cinematográfico de narrativa y producción nacional al potro de tortura de la madurez para lograr que su discurso, lengua y narrativa por fin lograran ese urgente estirón que requería para que la industria fílmica de nuestro país gradualmente se librara de aquellos demonios pueriles como Capulina, cantantes de moda y las comedias silvestres que la aquejaban. La fórmula parecía simple: adaptar relatos de la vida real que nutrían la nota roja de la época en textos de celuloide que penetraran el amarillismo del acontecimiento para desenterrar sus motivos, forma y contextos, pero se requirió de una visión forjada en el cine documental como la de Cazals para que las historias conformaran tanto un tapiz valiente y analítico de las viscerales y malformadas estructuras de la cultura mexicana o su gente adscritas a ellas como un planteamiento iconoclasta, autoral y casi vanguardista sobre cómo retratar la mexicanidad en un cine cuya audiencia ya era presa de las infantiloides y banales fauces de Televisa ¿Lo insólito en esta historia digna de cualquier “Alarma”? Que lo logró.

Felipe Cazals, formado en su quehacer creativo en el Institut des Hautes Études Cinématographiques de París, jamás permitió que la bestia de la hipocresía clasista lo poseyera, pugnando por la libertad expresiva y la disección de los componentes que daban identidad y cariz a la nación desde trincheras sociales, políticas y religiosas y desarrollando una estructura de producción de cine independiente donde logró estratégicas alianzas con el Gobierno para que el capital jamás fallara, permitiéndole la gestación de tres proyectos esenciales en el lapso de dos años: “Canoa”, “Las Poquianchis” y “El Apando”, todas estrenadas entre 1976 y 1977. Esta trilogía rebasó los cánones temáticos de la producción patria al examinar con sabiduría argumental y propuesta narrativa (apoyado por el crítico y guionista Tomás Pérez Turrent, indiscutible entendido de la lingüística fílmica) los entretelones de una sociedad como la nuestra, donde las muletas dogmáticas, la pudrición sociocultural producto de las nacientes crisis por gobiernos monomaniacos y el extravío existencial proyectaban una prolongada umbría que no se sentía pero se sabía, ahora retratada con maestría y una técnica maciza que aproximó a sus cintas a los festivales internacionales que vieron con agrado y asombro la progresión del relato mexicano a nuevos terrenos de discurso.

La carrera de Cazals jamás renqueó en cuanto a su idiolecto, procreando obras de sumo interés como “El Año de la Peste” (1978), modesto apocalipsis urbano pletórico en denuncia política, “Los Motivos de Luz” (1986), la mejor interpretación de Patricia Reyes Espíndola como la madre desacralizada que se pone bajo la lente a modo microscopio del director para precisar las bacterias psicológicas que conducen a una mujer al filicidio o “El Tres de Copas” (1986), excelente estudio sobre la codicia tomando como punto de partida a dos amigos (Humberto Zurita y Alejandro Camacho) y su relación fracturada por el deseo hacia una misma mujer.

Ahora Felipe Cazals nos ha dejado, pero las sombras que arrojó en el cine nacional habrán de perdurar para que inspiren y cobijen a quienes buscan zanjar una nueva ruta para un cine demasiado lacerado por la búsqueda incesante del mero favor popular.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

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