En alguna ocasión, Morricone dijo: “Trabajar en el cine ha sido para mí una experiencia preciosa, porque me da la oportunidad de experimentar con mis ideas y escucharlas representadas por una orquesta, para luego usarlas con un objetivo preciso”.
Un verdadero autor jamás hace referencia a su trabajo bajo la penumbra de la falsa modestia, y el ahora desaparecido EnnioMorricone, compositor de algunos de los temas más exactos en cuanto a su actividad mimética con las imágenes en movimiento y genuino arquitecto de la revolución discursiva cinematográfica durante los tumultuosos 60’s, no solo logró consolidar su labor en los anales de la genuina autoría cinematográficacon la dedicada y delicada constitución melódica de sus partituras diseñadas con la precisión que el señalaba para cada personaje y filme con los que trabajó, también produjo los aportes necesarios para que la actividad de quien conjura temas de películas alcanzara una revalidación en su aporte dentro de la actividad fílmica, pues mientras varios músicos consideran que su ejercicio corresponde tan solo al atavío acústico o concordancia sonora de las escenas que forman la película, Morriconeaportaba, creaba e incluso superaba en peroración y retórica la historia que sus notas acompañaban, inmortalizando sus esfuerzos la misma cultura y sociedad global que incorporó a su mente colectiva varias de las armonías con que el Maestro. Tal era su brillantez eurítmica y por ello siempre será el instrumentista y creador de la banda sonora de nuestras cinéfilas vidas, presente consciente o inconscientemente en cada momento que invariablemente silbamos el tema de “El Bueno, El Malo y El Feo” en un océano de contextos.
Su música, al igual que la de compositores iconoclastas como Bernard Herrman, MiklósRosza o Philip Glass, tejía sus armonías mediante herramientas rítmicas y eufónicas a modo de clave prosódica que unificaba ideas y sonidos de forma magistral y epopéyica, como el continuo ostinato que circulaba ciertas notas como un tren que recorre su partitura en un riel circular, o la tríada constante apoyada en la vocalización de Eddadell’Orso, quien proveyó de todo silbido, exclamación y grito que caracterizó la banda sonora de sus inolvidables spaghetti westerns (sería necio recapitular al respecto, baste decir que sus composiciones reconfiguraron y ahondaron en la naturaleza narrativa de uno de los géneros más añejos del cine) y diversas producciones europeas que abordaron todo tipo de temas e historias, desde los incipientes pero potentes giallos de Dario Argento hasta los esotéricos dramas dirigidos por Pasolini o de corte histórico firmados por Bertolucci.
Su rica gama filarmónica inspiró no solo a incontables melómanos, también a otros creadores ajenos a sus fronteras mediterráneas (Morricone jamás trabajó más allá de su domicilio en Roma, resistiéndose a las tentadoras ofertas de productores en Hollywood por instalarlo en lujosas villas californianas o su reticencia a aprender el idioma inglés, algo de lo que se mostraba particularmente orgulloso) elucubrando temas que han traspasado la barrera del tiempo para instalarse como genuinos clásicos en producciones anglosajonas y televisivas, avivando su fama y leyenda que alcanzara cierto cenit mediático con su Oscar honorífico en el 2006, entregado por las veteranas manos de Clint Eastwood, su putativo hijo en celuloide al darle cariz y forma a sus Hombres Sin Nombre tan solo con música, poderoso componente de las piezas sucias y orgánicas que filmara ese gran aliado del artista musical. Sergio Leone.
Quedamos, pues, en la orfandad fílmica, una vez que este gigante orquestal nos ha dejado. Nos quedamos con un legado de 519 temas que parecen pocos para lo que parecía un eterno e incalculable pozo de creatividad musical. Todo un autor que narraba mejor con música.

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