Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Siempre aspiraba ser director general del Instituto de Educación. Gracias a un padrino político que lo recomendó, empezó siendo director de una de las áreas del propio organismo y cuando inició la campaña política para elegir al nuevo gobernador, nuestro personaje dedicó varios días tratando de hacerse presente en la campaña y con la intención de saludar, personalmente, al candidato que tenía mayores posibilidades de ganar. Finalmente, un día logró saludarlo y provechó para, rápidamente, decirle: “Señor, represento a un grupo importante de las maestras y los maestros más destacados del estado; nosotros estamos haciendo proselitismo para asegurarle miles de votos a su favor; y, también, estamos elaborando un plan educativo, el cual, una vez terminado, pondríamos a su consideración. “El candidato interrumpió al maestro, diciéndole: “Consigan todos los votos que puedan y ya habrá oportunidad para conocer su plan educativo”. El maestro sintió que la Dirección General casi ya estaba en sus manos.

En las elecciones ganó el candidato de nuestro personaje; pero a partir de entonces ya fue difícil entrevistar al gobernador electo, por lo que las aspiraciones para llegar a la Dirección General del Instituto parecían desvanecerse para el maestro en cuestión. Al estarse conformando el gabinete del nuevo Gobierno Estatal, el gobernador electo, inicialmente, le propuso el cargo de director general del Instituto de Educación a un destacado universitario, pero éste lo rechazó, argumentando que su situación estaba en proceso de jubilación y que él deseaba ya retirarse del servicio educativo, por lo que agradeció la deferencia. Entonces, le propuso el puesto a uno de los amigos más cercanos, por cierto maestro; pero éste, ante el ofrecimiento comentó: “Trataré de hacer un buen papel; y ahora sí me la van a pagar todos los funcionarios del Instituto que me hicieron la vida de cuadritos”. El gobernador electo frunció el ceño, como diciendo, éste me va a crear muchos problemas, mejor no; y como los días para conformar el gabinete se agotaban, el gobernador electo, ya un poco desesperado, se acordó de aquel maestro que en campaña le manifestó estar elaborando un plan educativo. Ordenó a uno de sus colaboradores que lo buscara para, provisionalmente, nombrarlo director general del Instituto mientras encontraba a la persona idónea para el cargo. De esta manera, nuestro personaje llegó a la Dirección General del Instituto de Educación.

En la segunda semana de la posesión del cargo, una de las colaboradoras más entusiastas pidió audiencia al director general del Instituto de Educación para presentarle, muy emocionada, un proyecto de mejora educativa: “Maestro -le dijo-, ya tengo un diagnóstico de cómo están las cosas en la educación básica y, también, le tengo propuestas, muy novedosas, para cambiar las cosas…”. El director general, muy serio y con voz grave, le interrumpe para preguntarle: “¿Quieres durar los 6 años en esta administración?”, -“Sí, maestro”_ contesta la colaboradora. “Entonces -dice el director- olvídate de tu diagnóstico y de tus propuestas novedosas. No quiero que hagas ruido, no molestes a nadie, las cosas están bien y así van a seguir. La cuestión es no generar problemas en el ambiente magisterial”. En otras palabra, para durar 6 años en el cargo, cuidando la silla, sólo había que simular, dejar hacer y dejar pasar, nadar de muertito. ¿Para esto soñaba tanto, nuestro personaje, en ser director general del Instituto de Educación?

Y a propósito, ¿qué pasó con el plan educativo que maestros destacados del estado, elaboraban durante la campaña política? Nadie lo conoció y, seguramente, ya no se sabrá, porque nuestro personaje ya está en otro cargo fuera del sector educativo. Qué cosas pasan cuando no hay verdadera vocación de servicio.

¿Qué sello distintivo tendrá la nueva administración del Instituto de Educación?

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