Moshé Leher

Decir el Kadish, habla literalmente del panegírico que se recita los 30 días posteriores al deceso de un hermano (once meses si se trata del padre) y ahora, en mi duelo, me ha dado por preguntarme quién dirá el Kadish cuando me llegue la hora.

Respecto a estos asuntos del más allá, que para mí más bien es lo que está adelante de Tepatitlán (no puedo imaginar nada como un mundo ultraterreno), suelo asumir lo que en su día dijo Sartre sobre la inmortalidad: no es que la negara, sino que, decía el ya caduco pensador galo, era un asunto que veía con el rabillo del ojo.

Entretenido como estoy, como he estado, tratando de (sobre) vivir la vida que tengo, me preocupo poco, por no decir nada, de esos asuntos de la posteridad, que me vienen a la cabeza ahora que estoy en el trance de despedir a un amigo querido, suponiendo que, como sea, ya he estado en este mundo más años, muchos más que los que me quedan.

Volviendo a mi Kadish, esta es una cuestión peliaguda que me pone a pensar que, judío entre tanto gentil, con un hijo que también es un ‘goy’, no habrá quien recite por mí el Kadish, lo que tampoco es un drama por dos motivos, el primero: yo ya no estaré en este valle lacrimoso para enterarme, y, dos: tampoco es que haya mucho que decir sobre mis pasos por estos lares.

Escribo esto, de no creerse, afuera de un templo católico donde se celebra una de las misas del novenario por mi amigo; afuera porque me apetece lo mismo entrar a estas celebraciones, como a usted se le antojara, por razones obvias, entrar a un oficio en un templo metodista o a una ceremonia en un templo sintoísta.

Por razones que no vienen a cuento, una de las pocas preocupaciones que me dan la certeza de que un día tengo que irme, es la posibilidad de que algún alma piadosa, bien intencionada pero errada, quiera meterme a un funeral cristiano, asunto asaz preocupante para el que he dado instrucciones claras: a mí me meten a un templo y yo me salgo a medio oficio del templo y me salgo a fumar.

Pues aunque he querido estar acompañando a los familiares de mi querido arquitecto, amigos igual de queridos, me apetece tanto un funeral al uso en estas tierras, que lo que le apetece a mi tía Herminia que cuando muera, que no tarda, la lleven a la sinagoga.

Dicho lo anterior, encargados los detalles de mi funeral a mi zarévich, al que, con perdón se asistirá por invitación (me revientan los metiches de funeraria), me marcho, que es tarde y esto se acaba, y no se trata de quedarme aquí escribiendo en una computadora portátil en el atrio de un templo; no vayan a pensar que además de excéntrico estoy completamente orate.

Y perdón por la brevedad, pero la verdad es que tampoco estoy en estas horas como para hacer tratados que pueden dar, en mejores circunstancias, para contener toda la herejía arriana y su refutación.

Seguramente la semana entrante, que así será, estaré mejor de ánimos y un poco más claro de ideas, si eso se puede. No se trata, tampoco, de andarle pidiendo al pobre olmo que dé rosas de Castilla, ni tan siquiera humildes peras, que es lo mismo que decir que no hay que pedirle guayabas al nopal.

¡Shalom!

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