Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“Si el delincuente está fatalmente impelido a delinquir, la sociedad está fatalmente impelida a defenderse” Rafael Garófalo.

(Debate.- Me dicen que ayer hubo un debate de las candidatas a gobernar Aguascalientes. Supongo que no habría mucho que debatir. La candidata de Morena no se apartaría de lo que ha sido Morena. La candidata de ¡Bah ¿por Aguascalientes?! procuraría no cometer errores graves para aprovechar su inercia. Las tres restantes, pese a sus esfuerzos y cualidades sólo jugarán a restar votos. Es claro que un gobernante no se elige para debatir, pero estos ejercicios pueden hacer cambiar la opinión de los votantes que no conforman voto duro.)

 

En México han sido asesinadas, desde 2019, 132,088 personas y han desaparecido en ese mismo periodo 67,122, según datos oficiales que triunfalísticamente habían presentado en el mes de marzo una aparente tendencia a la baja, que se revirtió ese mismo mes y que ha seguido incrementándose hasta el grado de que ahora en mayo se han presentado los días con más homicidios violentos en ese mismo periodo. No obstante las promesas de López Obrador que aseguró que desde el primer día de su gobierno disminuiría la delincuencia, la violencia de todo tipo e implementaría una política que iría a las raíces de la maldad para transformar México en la Arcadia feliz.

Más pronto cayó López Obrador que un cojo, en los tres años y pico de su gobierno se han incrementado todos los índices de delitos violentos y los únicos que han tenido una baja relativa, tienen relación directa con la pandemia que durante dos años trastocó la vida “normal” de nuestra sociedad. A nadie sorprende que los robos a casa habitación hayan disminuido cuando los hogares permanecieron la mayor parte del tiempo con gente. No causa extrañeza que los asaltos a transeúntes y a transportes se redujeran, cuando es obvio que la gente en la calle bajó ostensiblemente. En números absolutos la incidencia de algunos delitos disminuyó, muy poco, pero relajadas las medidas de confinamiento la delincuencia ha vueltos a adueñarse de los espacios públicos.

A nadie convence, luego de tres años y meses, que se siga queriendo echar la culpa de todos los males en cuanto a delincuencia violenta se refiere al presidente Felipe Calderón que dejó el gobierno hace más de nueve años. Nadie, ni el propio López Obrador se cree esa patraña, pero es una bandera a la que se ha aferrado y se aferra desesperadamente para tratar de tender una cortina de humo sobre los magros, por no decir pésimos resultados de su gestión gubernativa. Sus beneficiarios, viejitos, nininis, (me niego a emplear eufemismos), y una larga lista que comprenden brigadas electorales disfrazadas de promotores del bienestar, burocracia comprometida y clientelismo en el puro estilo aprendido en su militancia priista, son incondicionales por una pitanza, pero su voto cuenta, aunque a la larga, en muchos crecerá la duda de si esa política de limosnas podrá sostenerse en un país que no ha crecido económicamente, que se ha depauperado por las políticas que ahuyentaron el capital y en el que se ha insuflado dólares para mantener el tipo de cambio y subsidios para evitar el alza de la gasolina, cargas adicionales al IMSS para disimular el fracaso de los servicios de salud pública, con un sistema de pensiones al borde del colapso, con una educación en el peor nivel de los últimos años, en fin, un país al borde de la ruina.

El “chou” mañanero del Presidente ha decaído en su audiencia (es tan repetitivo y predecible que se vuelve irremediablemente aburrido) y para contrarrestarlo todos los medios tradicionales y alternativos son saturados con publicidad oficial. La mañanera se repite a lo largo de cada día en todos los noticieros, saturando los espacios con la palabra presidencial, cargada de un optimismo tan vacío como las políticas públicas.

El México de las mañaneras es un constructo ideal: “¡Vamos bien! Aunque les duela a nuestros adversarios”. Hay dos campos, sin embargo, en que la palabra presidencial se estrella con la realidad. Los precios y la seguridad pública. La inflación casi alcanza la de EE.UU. alrededor de un 8%, eso hace sentir bien a la 4T, sólo que ante un crecimiento de poco más del 1 por ciento el efecto es mayor que en EE.UU. que crecerá su PIB más de un 3 por ciento pese a la invasión de Ucrania.

En materia de seguridad pública el discurso oficial se desmorona frente a la cruel realidad de las noticias y las cifras de todos los días. La presencia militar en sus tres versiones: ejército, marina y guardia nacional, no han reducido la violencia en ninguna de las áreas del país en las que supuestamente disminuiría la delincuencia organizada ante la presencia militar disuasiva. El colmo fue la persecución de que fue objeto una partida militar por un grupo de civiles desarmados, según dijo el secretario de la Defensa. El presidente López Obrador tuvo una de las declaraciones más funestas de sus tres años de gobierno, según él, el ejército hizo bien en huir porque hay que proteger sus vidas y las de los delincuentes que también son seres humanos. No fue un desliz, insistió al día siguiente, así pienso.

López Obrador sufre una grave distorsión en la manera que percibe la realidad en un grado que puede ser patológico o bien considera que los mexicanos tenemos un grado de imbecilidad rayano en la oligofrenia. Cuando los medios de comunicación muestran las grabaciones en que se aprecia la huída (¿estratégica?) perseguidos por gente armada, el presidente y el general dicen que eran civiles desarmados, que luego regresaron e incautaron 4 o 5 “laboratorios” en que se cocinaba droga pero no lograron detener a ningún delincuente.

Cuando la presidencia de la República abdica de su función de garantizar la paz y la seguridad de los ciudadanos, cuando el ejército armado y pertrechado como nunca no es capaz de enfrentar a los delincuentes con todas las consecuencias letales que se deriven de un comportamiento antisocial y el enfrentamiento a las fuerzas armadas, cuando los focos de violencia se multiplican en lo que parecen zonas inexpugnables para los militares, cuando la justificación ñoña del presidente es que “son seres humanos”, cuando se olvida que la legítima defensa de la sociedad ante la delincuencia es una responsabilidad de la autoridad, cuando el libre tránsito en el país está amenazado por la delincuencia, etc., etc. uno (pobre y asustado ciudadano) termina por preguntarse ¿Quién gobierna México? ¿Será que somos un narco estado?

 

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