Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Hoy, noche del quince de septiembre, recorren mi ciudad ignominiosamente patrullas de la Guarida Nacional como si estuviéramos en estado de sitio. La plaza de Armas cercada con vallas y vigilada aburridamente por la policía ve pasar unos cuantos despistados. Algunos grupos de jóvenes circulan en vehículos, gritando. La mayoría de la población recluída en sus casas. Los fantasmas de la pandemia, de la catástrofe económica, de la división, el encono, la crispación y de la autocracia se ciernen sobre el país. ¡Ésto es lo que hemos hecho con la libertad!.

Alta traición, de José Emilio Pacheco

No amo mi patria.

 Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (aunque suene mal)

daría la vida

por diez lugares suyos,

cierta gente,

puertos, bosques de pinos,

fortalezas,

una ciudad deshecha,

gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

montañas

 -y tres o cuatro ríos.)

Recuerdo pocos quinces de septiembres tan desangelados como este. Quizás uno hace unos cuarenta años en que cayó un tormentón, después del cual sólo permanecieron en la Plaza de Armas, los integrantes de la banda mugrecipal, los de la banda de guerra, los de la escolta del Décimo Regimiento de Caballería y algún otro despistado cuyo fervor patriótico le hacía desafiar las inclemencias del tiempo con tal de recordar el acto fundacional de nuestra patria independiente.

Algo parecido a lo que sucedió en la Blanca, Zacatecas, pueblo entre Pinos y Ojuelos, que para la conmemoración del Grito de Dolores, la noche de un quince de septiembre la lluvia ahuyentó a los vecinos y no se congregó nadie en la plaza del pueblo. El presidente municipal acongojado por las perdidas en los adornos y la kermesse que se había organizado, reunió a los miembros del cabildo en el salón respectivo y haciendo de tripas corazón les dijo: Con el ánimo de que no decaiga el fervor patrio y atendiendo a las condiciones climatológicas del tiempo, ¿Qué les parece si dejamos el “quince” pa’ otro día?. La propuesta fue aprobada y se acordó “dejar el quince para el dieciocho a mediodía que es menos seguro que nos llueva”.

De ceremonias frustradas recuerdo que mi mamá platicaba que en su pueblo: Mexticacán, población de los Altos, querendona, limpia y ordenada como pocas, con un grave defecto: no tiene cantinas, el presidente municipal a la sazón posiblemente mi tío Cutberto, auxiliado por el maestro de la escuela preparó una esclarecida pieza oratoria adecuada a la magnitud de la ceremonia y previo “al grito” y ya tremolando la bandera empezó a pronunciar con enjundia su discurso: Pueblo sabio de Mexticacán (perdón, creo que no se estilaba lo de sabio) Pueblo heróico de Mexticacán que supo rechazar al francés invasor, que acogió en su seno al Mariscal José González Hermosillo, continuador de la independencia, que se reune en esta ocasión para celebrar enjundiosamente un aniversario más del Grito de Dolores, que el pueblo de México y el de Mexticacán jamás sabrán olvidar: Era Dolores un pueblo arrebujado en la sierra de Guanajuato, era su cura párroco Don Miguel Hidalgo y Costilla, era la noche del quince de septiembre y el sol reververeaba sobre la cabeza del anciano…Ante semejante absurdo alguno de los congregados gritó: Sería la luna, y el presidente muncipal, mosqueado e indignado porque alguien pretendiera echarle a perder su tan elaborado discurso respondió: Sería tu madre, pero reverbereaba.

Y ya mas cercano, cómo no recordar la anécdota del orador oficial de los “dorados” de San José de Gracia, a quien correspondió por antigüedad y por propios méritos pronunciar el discurso alusivo a la gesta heróica del inmarcesible Cura de Dolores. Plagado de lugares comunes propios de estos discursos patrioteros y ciertamente fervorosos, cuando llegó al punto de enumerar los caudillos que acompañaron al Cura en la conspiración y en el inicio de la revolución de independencia. El orador mencionó al Cura, se refirió a la Corregidora, no le faltó Allende y hasta allí llegó. Empezó a balbucear: Aaaaab…al, ab, ab y llevándose la mano a la frente exclamó reprendiéndose por el olvido “¡Que cabeza! ¡Qué cabeza! “ de repente le vino el recurso retórico “¡Qué cabeza la del Cura Hidalgo que imaginó y llevó a cabo el Grito de Independencia!”.

Más allá del innegable valor simbólico que ha tenido la celebración de la Independencia, podemos reflexionar sobre sus orígenes en un ejercicio que trascienda la mítica conspiración y  las consabidas hazañas de los caudillos de la Histeria Patria. En un estupendo libro “La contrarrevolución de independencia. Los españoles en la vida política, social y económica de México”, Romeo Flores Caballero, intelectual, académico, compañero correspondiente del Seminario Mexicano de Cultura en Monterrey, Nuevo León, con una sólida trayectoria e influencia en el pensamiento social, económico y político, estudia la gestación de la independencia y la ubica en la reforma borbónica.

A mediados del siglo dieciocho se agotó al estirpe de los Habsburgo en España y entró a gobernar la familia borbónica y se inició un proceso de ajuste en la administración pública central y de las colonias, incluídos los virreinatos. En la Nueva España con objeto de controlar contribuciones y alcabalas se crearon las intendencias, que rendían directamente a la Corona, e hicieron a un lado a los alcaldes, lo que, desde luego, provocó un serio descontento. Con objeto de fortalecer las arcas exangües de la metrópolis, se inició un proceso de desamortización de bienes de la Iglesia Católica que afectó especialmente al clero regular. Las relaciones con las órdenes religiosas, en particular con los jesuítas, se volvió tan ríspida que fueron expulsados de todos los dominios de España. La ingerencia cada vez mayor en la vida del virreinato y luego, la invasión napoleónica, el secuestro de Fernando VII y la regencia de José Bonaparte (Pepe Botella) terminaron de preparar el caldo de cultivo. Los peninsulares avecindados en la Nueva España, los criollos y desde luego, los mas pudientes de estos lares, con el apoyo ideológico de la masonería y de los enemigos de España, dieron cuerpo al movimiento de “independencia”.

Mas de dos siglos después somos menos independientes que nunca. No le aunque ¡Qué viva México!, mas bien ¡Qué sobreviva México!.

 

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