Eugenio Pérez Molphe Balch

Envejecer es una etapa inevitable del ciclo de vida de todo organismo. Sabemos bien que en los animales, como nosotros, significa un proceso pasivo de deterioro paulatino e irreversible de los tejidos, órganos y sistemas que nos constituyen. Las plantas, al ser seres vivos, también envejecen. Sin embargo, en este caso se trata de un proceso muy diferente al de los animales, por lo que incluso se le da un nombre distinto, se le llama senescencia.

La senescencia no es un proceso pasivo. Se trata del desmantelamiento ordenado de los tejidos viejos, que tiene como finalidad recuperar y reciclar todos los nutrientes contenidos en ellos para llevarlos a las partes jóvenes de la planta. Cuando vemos que las hojas de una planta comienzan a perder su color verde brillante para tornarse amarillas, luego rojas, cafés, y finalmente desprenderse y caer al suelo, estamos siendo testigos de su senescencia. Durante este proceso, que puede durar varios días, todas las substancias valiosas para la planta que estaban contenidas en esas hojas, como azúcares, aminoácidos, minerales y muchas otras, son retiradas de los tejidos que están por morir y llevadas a aquellas partes de la planta que van a permanecer vivas.

Otro aspecto relevante relacionado con la senescencia es el tiempo que puede vivir una planta. En este punto hay diferencias notables dentro del reino vegetal. Muchas especies tienen un período de vida determinado. El maíz, por mencionar un ejemplo, vive solo unos meses desde que la semilla germina, luego la planta se desarrolla, llega a la etapa reproductiva en la que produce su propia semilla y luego, inevitablemente, muere. Sin embargo, antes de morir ocurre la senescencia, y durante este proceso todos los nutrientes contenidos en el cuerpo de la planta se llevan a las semillas con el fin de alimentar a la nuevas plántulas que se generen al germinar estas. Esto hasta que sean capaces de obtener nutrientes del suelo por sí mismas y llevar a cabo la fotosíntesis. Un caso similar es el de los agaves o magueyes, que después de desarrollarse producen flores y semillas una sola vez y luego mueren. La diferencia con el maíz es que requieren de varios años de desarrollo, hasta 25, para acumular los nutrientes necesarios para la floración y producción de semillas.

Existen también las plantas perennes, que son aquellas cuyo período de vida no está determinado y se rigen por ciclos anuales en los que crecen, florecen, producen semillas y luego algunas de sus partes, como las hojas, senescen, pero la planta en sí no muere. Simplemente, al siguiente año el ciclo se repite. En este caso, los nutrientes recuperados de aquellos tejidos que senescen son almacenados en las raíces, tallos, o en las partes jóvenes, y utilizados luego cuando la planta reinicia su crecimiento en el siguiente ciclo anual. Un hecho interesante es que las plantas perennes, al no tener un periodo de vida predeterminado podrían, al menos en teoría, ser inmortales. Cuando una planta de este tipo muere se debe siempre a factores externos como el fuego, deslaves, sequías, agotamiento de los nutrientes del suelo, infecciones, plagas, o desafortunadamente a la mano humana. Es por esto por lo que se tiene registro de árboles cuya edad podría contarse no en años, sino en milenios. Por ejemplo, hay evidencia que indica que un árbol localizado en Chile, de la especie conocida como alerce o lahuán y llamado el Gran Abuelo, podría tener 5400 años de edad. Este árbol seguirá viviendo y creciendo mientras factores externos, como los antes mencionados, no lo maten. Esperemos que llegue el día en que la humanidad pueda ver a estos seres, que han vivido por cientos o miles de años, con el respeto y admiración que merecen, y no solo como una fuente de riqueza temporal para quienes los destruyen.