Moshé Leher

La Real Academia de la Lengua Española, por si no lo saben y, mejor, por si alguno está interesado, fue fundada por el Marqués de Vilena en 1713, o sea hace la friolera cantidad de 308 años, año del lema de ‘limpia, fija y da esplendor’, que no es lema de la publicidad de un detergente, sino se refiere al cuidado, la reforma y el brillo de esa chulada que es la lengua española, una lengua que, para nuestra mala fortuna, hablan ya muy pocas personas en el mundo.

Y es que eso de ir por la vida ‘chateando’, ‘entrando en la friend zone’, dando ‘likes’, ‘dejando en visto’, trabajando en ‘marketing’, o ‘viviendo como millennials’, o usando términos crípticos como ‘Aoc’, no es hablar castellano; de hecho dudo mucho que se trate siquiera de hablar, lo que sea.

México y todos los países de habla hispana, tienen sus academias correspondientes, la nuestra tan vetusta como que se fundó en 1835, apenas conseguida la independencia, y según entiendo, para evitar malos entendidos y resentimientos, ahora la RAE y las academias americanas, trabajan en conjunto, tratando de hacer legible el idioma común, que según supongo, que yo soy mucho de suponer, ahora sólo le es común a los académicos y a una secta de bichos raros que se empeñan en seguir tratando de comunicarse, sin éxito, en la lengua castellana, una lengua que fue latín vulgar, luego ladino y luego la lengua que trajeron los conquistadores -que no los colonizadores.

Que a qué viene todo esto, se preguntarán: pues a puro aburrimiento; una vez que ya se terminó la Janucá, o me pongo a buscarme entretenimientos mentales, o a quejarme de la Navidad, que según entiendo es una posición impopular en esta tierra de paganos supersticiosos que, eso sí, son fanáticos del Santa Claus de la Coca Cola, el oso de felpa de Tous, y de esas bonitas costumbres que se celebran en estos días, pasando, obviamente, por el fervor guadalupano.

La otra es ponerme a ver series, pero mejor me hago una cama de clavos y me vuelvo faquir.

Pero como soy un ocioso creativo me pondré, y por eso hablo de RAE, a hacer un viejo entretenimiento mío, que es el de rescatar palabras en desuso, que barrunto que si no me desahogo caeré en estado estuporoso y me puedo poner medio estulto.

No es idea mía y tampoco me voy a poner pesado, ni plomizo con esto; de hecho se trata de una iniciativa vieja, de la prensa española, que creo que coincide con la primera edición de Diccionario del Español Actual de don Manuel Seco, hará unos 22 años que invitaba a los hablantes, todavía no víctimas de las redes sociales y el asaetamiento del lenguaje, a rescatar una palabra en desuso: un día decir que un tipo nos observa ojizaino o que la parienta de uno se comporta con evidente oligofrenia.

Como entretenimiento diría yo, es divertido; de hecho en mis tiempos de estudiante me agencié una vieja edición del Diccionario de la RAE y en tiempos perdidos, unos compañeros míos nos divertíamos de los lindo llamándonos so pringado, o diciendo que la familia de Tal era una ringla de asnos, aunque estamos hablando de los tiempos en que muchos mexicanos pensaban que ver Siempre en Domingo era una forma de esparcimiento.

Pero me dejó de mandangas, que cada cual se entretiene como quiere, y parece que ahora todos quieren el Facebook, el Netflix y el Tik Tok, que parece que es un concurso para ver quién de entre los humanos ya perdió lo que de antaño se llamaba el miedo al ridículo, o sea el pudor, una palabra que ya también cayó en desuso.

Cierro con la historia de una novia que tuve y que era ligera de dientes, por no decir que era la versión rubia de un pelafustán, y que para más infiel padecía de hastío, de tal manera que a casi todas las propuestas que recibía contestaba con un ‘uy, que hu…’; yo que soy gente de urbanidad exquisita, intentaba convencerla de algún refinamiento: puedes decir, le sugería, ‘qué pereza’, lo que en sus labios era ya una ufanía.

En una solución de compromiso un día le sugería que usara la interjección ‘qué muermo’, que le gustó y fue su grito de batalla en lo sucesivo, para decirle al mundo que había nacido ahíta, hasta que un día el que le dio muermo fui yo y me dejó en la incuria, por andar de purista.

¡Shalom!

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