Moshé Leher

Tres de enero, lunes; hace frío. Un sol tibio y mustio se asoma por la ventana y un vientecillo helado se cuela por los quicios.

No sé cómo le fue a los escuincles, que esta mañana gélida volvieron a clases, o a los y las burócratas y oficinistas que hoy regresaron a trabajar, pero no por nada llaman a este día, el primer día hábil de cada año que inicia, el ‘blue monday’, que es el día, dicen algunos, más triste del año.

Hay discusión sobre si el ‘blue monday’ es el primero, segundo, generalmente el tercero o hasta el cuarto lunes de este aciago mes, aunque lo más probable que se trate de los cuatro días que más pesadumbre causan en el año, ergo: habría que liquidar enero completo.

De reciente cuño, y de invención inglesa, para calcular el ‘blue monday hay hasta una ecuación que involucra los siguientes factores: W, tiempo atmosférico; D, deudas; D, sueldo mensual; T, tiempo transcurrido desde navidad; Q, período medio en que se desiste de los propósitos de año nuevo; M, bajos niveles de motivación; Na, necesidad de hacer algo.

Dejando de lado cuestiones algebraicas que para mí son un arcano, volvamos a la noción, generalmente aceptada, de que estamos en un mes horrible; cuando Eliot escribió ‘Abril es el mes más cruel (engendra/ lilas de la tierra muerta, mezcla/ recuerdos y anhelos, despierta…), seguro que hablaba por experiencia propia (un desamor, la muerte de un ser querido, alguna pequeña tragedia personal), pero seguro que no tuvo en cuenta: el frío, la resaca navideña, el pago del predial, el pago del control vehicular, los estados de cuenta de las tarjetas con los gastos de diciembre, etcétera.

Por allí leo que la mentada ‘cuesta de enero’ de este año, que primero se circunscribía a los 31 días este mes dedicado a Jano (dios al que los romanos invocaban al iniciar una guerra y al que se le atribuye, nada menos, que la invención del cochino dinero), y que progresivamente va mordisqueando el calendario, ahora se dejará sentir hasta junio (de Juno, diosa rencorosa donde las haya, mejor ni hablamos), por cuestiones del todo sabidas, y que ni voy a mentar aquí pues ya estoy lo suficientemente depresivo.

En fin, que no es que quiera ponerme las barbas del profeta, ni, como aquel iluminado de aquel Antonio Conselheiro de la novela de Vargas Llosa, armar camorra y provocar masacres (aquí ya sobran los mesiánicos milenaristas y también las matanzas), pero así como aquellos, los de Canudos, protestaron hasta contra el sistema métrico decimal, yo me declaro enemigo jurado de enero e insisto, como casi todos los años, en que deberíamos, de una buena vez, acabar con este mes, que más que un mes es una infamia.

Razones para hacerlo, sobran; aquí algunas al volapié: hace un frío horrible, suben las gasolinas, suben los cigarrillos, crecen los decesos de personas mayores (como dice el dicho, terriblemente políticamente incorrecto que habla de ‘desviejadero’), hay que pagar los excesos de diciembre, hay que ponerse a mano con los prediales, el control vehicular, a veces las tenencias y el replaqueo, hay que ponerse a hacerse cada cual propósitos que en síntesis es el reconocimiento de que el año pasado los gastamos en vano, y una larga lista de situaciones desagradables, no siendo la menor de ellas saber que este mes tocan como 28 ‘mañaneras’, ni el saber que en dos segundos empiezan las campañas para las elecciones de este año, y la bobada esa de la revocación del mandato.

Sólo dos o tres cosas medianamente positivas pasan en enero, lo que no obsta para que decidamos conservarlo en el calendario: los playoffs de la NFL -que se pueden trasladar a febrero sin que eso sea una tragedia-, y la fiesta esa, de segundo orden, de la Epifanía, que aquí se celebra poco y cuyo centro consiste en meterse otra vez en la tripa una rosca insípida y llena de calorías.

Espero comprensión y apoyo, y que la ONU, o a quien corresponda atienda mis ruegos, so riesgo de que me tire al monte a reclamar a la mala mi derecho a vivir sin enero -cosa que de cualquier manera no haré, pues si aquí hace frío, seguro en el monte debe estar helando.

¡Shavua Tov!

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