Josemaría León Lara Díaz Torre

Solamente puedo llegar a imaginar el sentimiento de ser un autor publicado, el hecho de entrar a una librería y ver tu nombre en los estantes, debe de significar un profundo orgullo; pues la escritura sin importar el tema, creo que es una forma de expresión tan personal que va más allá de compartir un concepto o una idea, es compartir con el resto del mundo algo que es propio.
El hábito por la lectura no es algo que identifique a nivel estereotípico al pueblo mexicano, aunque esto es claramente un mal entendido. Pues aunque la medición comparativa internacional se basa en los libros leídos por persona al año, en este país no necesariamente leemos libros, pero sí otras formas de expresión escrita; podemos hablar del periódico, de las revistas y hasta del cuento vaquero, pues no importa que sea lo que leamos, al final del día estamos leyendo.
Y es que la lectura significa un cambio significativo a nivel individual como con la colectividad, pues el romper esquemas y conocer más allá de la tradición e idiosincrasia, permite que el panorama se abra y el paradigma se rompa. La lectura nos puede transportar a mundos inimaginables, para redescubrir aquello que nos hace sentirnos como humanos; como es el caso del romanticismo de Víctor Hugo, a quien ya en otra ocasión dediqué este espacio junto a su hermosa obra Los Miserables.
Precisamente es en ese factor tan humano de la literatura, donde podemos encontrar algo que es propio de la condición humana racional, el engaño. Son pocas las cosas tan bajas que pueden existir, como es tomar el crédito de una idea que originalmente no es propia; aunque se pudiera llegar a debatir, el caso de que se presentara una transacción de carácter monetaria para publicar a nombre propio, algo que de origen no lo es.
Es por ello que en este mundo existen personas que escriben para otros, mismos que son mundialmente conocidos como ghostwriters o en español, escritores fantasma, aunque la traducción real es “negro”; pero para fines de esta columna nos quedaremos con el término escritor fantasma, pues no creo que a nadie le guste ser llamado el negro de alguien, además que la intolerancia producto del ser políticamente correcto, lo consideraría ofensivo.
Un escritor fantasma suele ser contratado para escribir prácticamente lo que sea, desde novelas de terror (¿Stephen King?), hasta “autobiografías” de políticos (por más extraño que parezca, el presidente Peña Nieto tiene un libro publicado a su nombre); lamentablemente el esfuerzo y la inteligencia se ven opacados por el dinero y se pierden el prestigio, el crédito y la realización personal.
Y lo que resulta obvio de todo esto, es el preguntarnos sobre las consecuencias que tendría la forma de hacer política a nivel internacional sin la presencia de los escritores fantasma. A manera de ejemplo, tenemos al eterno libertador de México, el señor López Obrador que tiene en su haber 16 libros, mismos que se puede sospechar, suponer y tal vez hasta afirmar que no los ha escrito él, sino un escritor fantasma.
Sin duda alguna, la falta histórica de escritores fantasma nos habría privado de mucho de lo que como civilización somos ahora; desde Alejandro Dumas padre hasta quien podría ser un Shakespeare, se especulará por siempre que ellos no son los verdaderos autores de sus obras, pero aun así forman parte del colectivo cultural universal.

@ChemaLeonLara
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